Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

viernes, 1 de diciembre de 2017

36. Reencuentro

 


                                                                        Cigúeña

Las pocas dudas que tenía sobre si le fallaría el recuerdo quedaron despejadas cuando traspuso la esquina de la iglesia y vio la nube de hombres que se congregaban a la exigua sombra que proyectaban, a esa hora inmisericorde, las casas de la calle.

Creyó vislumbrar alguna cara conocida entre las de los varones, casi todos destocados, que se alineaban pegados a la pared para evitar el sol de mediodía de aquel agosto serrano. Dudó por un instante si acercarse a uno de ellos, que le miro con más atención que los demás, en cuya cara una fina línea separaba el moreno intenso del rostro y la blancura casi lechosa de la amplia frente. Su cara le resultaba vagamente familiar. Volvió a dudarlo mientras continuaba su andar pausado, sabiéndose observado por las mujeres que, desde el interior de las casas, descorrían tenuemente los visillos para verlo pasar. Pero desistió. Se conformó con esbozar una tenue sonrisa, casi una mueca y dirigió su mirada a la persiana de chapas de cerveza dobladas que ocultaba la entrada de la casa.

Separó las cuerdas de la persiana, que le dio paso con un ruido metálico, y franqueó la puerta. La intensa luz exterior se desvaneció y, de repente, se hizo la noche. La oscuridad interior le impidió, durante unos segundos que se le hicieron eternos, ver nada ni a nadie. 

—Entra hijo, dijo una voz vieja.

Sus ojos fueron poco a poco percibiendo el interior. La intensificación de las imágenes reavivó el recuerdo. La mesa donde tantas veces había comido con su tío había sido separada del centro y arrinconada junto a la chimenea. Todas las sillas de la estancia, más algunas que sin duda habían traído las vecinas, se alineaban pegadas a la pared, para dejar más espacio. Sobre la mesa se amontonaban tabletas de chocolate y varias botellas de coñac y anís.

Ahora ya veía bien la escena. Mujeres enlutadas ocupaban todas las sillas y algunas incluso se sentaban en la cantarera del rincón, junto a las vasijas que tantas veces había traído llenas de agua de la fuente.

Al recuperar la visión también recupero el oído. Desde la puerta que daba paso a la habitación —si es que a aquella estancia bajo la escalera se le podía llamar así— llegaba el sordo rumor de los lamentos. Se sintió incómodo. Allí en medio, rodeado de mujeres desconocidas de las que solo alguna cara le era familiar, se vio extraño. Aquella sala en la que tantos momentos felices había pasado en su infancia, le parecía de pronto ajena.

Quisiera haber podido escapar, pero sus pasos le encaminaron al dormitorio de su tío, donde suponía que estaría su familia. Dio unos pasos y percibió los inconfundibles pies del difunto en la cama. Sus zapatos —quizás los mismos que él conoció de niño— habían sido horadados en la punta para poder dar salida a esos dedos montados que, aunque nunca le habían impedido trabajar, si le imposibilitaban calzar zapatos cerrados.

Dos pasos más y tuvo a la vista toda la estancia. Al igual que en la sala, las sillas se habían colocado a ambos lados de la cama, dejando la zona de los pies libres. La tía estaba a la cabecera mirando fijamente a la cara del que había sido su marido. La sombra que proyectó al perfilarse sobre el quicio de la puerta debió alertarla de que alguien entraba. Giro su anciano y querido rostro y la vio mil años más vieja. Sus grandes ojos negros, siempre llenos de vida, se habían sepultado en el fondo de las cuencas y estaban rojos por el llanto. 

Cuando lo vio un grito escapo de sus labios. Él ya había visto antes esta escena, cuando de niño iba con su tía a otros velatorios. Pero ahora era el suyo. Su tía le tendió la mano a la par que se dirigía al difunto para anunciarle, con voz desgarrada, su visita.

— ¡Ay que dolor!, Antonio. ¡Mira quién ha venido a verte! Tu sobrino—gritó la mujer. 

Como si la expresión de la tía fuera la señal concertada, el coro de mujeres que estaban a la cabecera rompió a llorar y a exclamar en voz alta las virtudes del difunto. Unas y otras, entre sollozos, competían en resaltar su bondad, generosidad, alegría y todas aquellas virtudes que se supone deben adornar a un buen hombre.

Se acercó a la anciana, cogió su mano tendida y atrayéndola hacía sí, la besó con dulzura en las mejillas. Aquella piel, tan familiar en su niñez, conservaba la misma suavidad y olor que percibía cuando, sentado en su regazo, ella lo abrazaba a su regreso a casa, disgustado por alguna riña infantil. Su vestido negro resaltaba su marcada delgadez, que el paso de los años no había suavizado.

Cogido de la mano de su tía pasó un largo rato contemplando el cadáver de su tío Antonio. Su afilada cara ya no mostraba los hermosos ojos grises que la caracterizaban, ocultos tras los cerrados parpados. Vestía el mismo traje que él conoció y que solo usaba una vez al año, en las fiestas patronales, para acompañar al santo en su procesión. Después, tanto el traje como los zapatos horadados, eran guardados hasta el siguiente año. Nunca fue amigo de asistir a bodas ni bautizos, por lo que no tenía necesidad de usarlos más que en las fiestas del pueblo.

La visión del cuerpo se hizo borrosa mientras su mente se fue quince o veinte años atrás, cuando pasaba los veranos en el pueblo, durante los que acompañaba a su tío en las faenas del campo. Por aquel tiempo la pareja ya vivía sola —los hijos, ya todos casados, vivían cada uno en su casa—, por lo que su presencia alegró la vida de aquella casa campesina. 

Estaba en estas reflexiones cuando de pronto la vio. Era una sombra más entre las que había a los pies de la cama, pegada a la pared, pero su inconfundible imagen lo iluminó como un rayo. Ella levantó la mirada y sus ojos se encontraron. El corazón le empezó a latir deprisa y notó que a su cara afluía la sangre con fuerza. Soltó la mano de la tía y se dirigió lentamente hacia donde estaba ella.

Tuvo miedo de que notara su agitación, pero la penumbra del cuarto fue su aliada. Ella, al verlo venir, también adelanto un paso y eso la hizo entrar en una zona algo más iluminada. 

No pudo evitar que los ojos se le humedecieran. Sentimientos encontrados emergían de su interior. Alegría y tristeza del recuerdo. Estaba igual que hacía quince años. Habían pasado quince años y seguía igual de hermosa. El perfecto ovalo de su cara enmarcaba los profundos ojos negros, que irradiaban sensualidad. Su sedoso pelo negro, recogido en un recatado moño, enmarcaba el color claro de su rostro. Su cuerpo, a pesar de estar enfundado en un negro y largo vestido, dejaba adivinar las bellas formas que iluminaron sus fantasías infantiles.

— Hola— apenas murmuró al llegar ante ella.

— Hola – respondió aquella cálida voz que tanto había añorado.

No sabía qué hacer. Aunque mantenía la exterior compostura, todo su ser temblaba por dentro ante aquella presencia. Habían sido tantas y tantas horas viéndola a ella, soñando con ella, fantaseando con ella, que ahora, después de tantos años, no sabía qué hacer.

— ¿No vas a besar a tu prima? – vino la voz de la tía a socorrerlo.

Él se acercó e inclinó levemente la cabeza. Ella alzó ligeramente la cara, mirándolo fijamente. Sus labios rozaron tenuemente la mejilla de aquella bella mujer, haciéndolo estremecer. Se sentía torpe, paralizado y a la vez ansioso. Tantas escenas como había imaginado para el reencuentro, pero ninguna se asemejaba a la que estaba viviendo en esos momentos.

La llegada de los empleados de la funeraria rompió el hechizo. Su discreta y rutinaria labor alteró el escenario y a los actores, entre los que se encontraba. Los acontecimientos se precipitaron. La salida del féretro, la llegada del marido de su prima, los saludos, la formación del cortejo, todo ello le impidió seguir viviendo la nostalgia. 

Tras las exequias hubo una desbandada general. Antes de que pudiera acercarse a ella, su marido la llevó al coche y salieron en dirección a su ciudad. Él mismo, sin saber qué otra cosa hacer, se despidió de su tía y demás familia y enfiló el camino de vuelta.

Sus ojos llenos de añoranza se inundaron. Quiso frenar y volver atrás, seguirlos y verla de nuevo. Pero sabía que era inútil. Siempre quedaría en su recuerdo aquella mujer, su prima que, aunque ocho años mayor que él, ocupó su mente durante largos años, y los seguiría llenando hasta que el tiempo y la edad la fueran desdibujando.

lunes, 20 de noviembre de 2017

35. Navidad en el siglo XXI


Crepúsculo 

La Navidad es una fiesta típicamente cristiana que se ha venido celebrando en los países occidentales desde hace varios siglos. Los historiadores nos informan de que había una fiesta pagana por esas fechas, que la Iglesia sacralizó convirtiéndola en la conmemoración del nacimiento de Jesucristo, que para las concepciones cristianas es el hijo de Dios.

La conmemoración tuvo siempre un doble componente. Por un lado, había actos religiosos vinculados a la fecha, y por otro se celebraba una fiesta, primero privada —familiar—, y luego pública, de formato diverso según los países, pero siempre de claro contenido lúdico

En Occidente, el aspecto religioso de la celebración ha ido perdiendo peso a favor del componente festivo. Parece evidente que el mundo occidental viene experimentando un lento proceso de laicización, donde el significado original de la Navidad se va diluyendo, cuando no deliberadamente ignorando.

A la par que se produce este proceso, y fruto de la globalización, algunos pueblos de otras culturas —chinos, japoneses, algunos países africanos, por no mencionar más que algunos—están incorporando la fiesta de la Navidad, aunque sin el componente religioso que lo sustenta. Así, en estos días, muchas de sus calles se adornan con luces, se hacen regalos, e incluso incorporan al aséptico —y publicitario—señor de rojo llamado Papá Noel.

Nuestro país no es ajeno a este proceso. A la inercia secularizadora —pasiva—, se ha unido en los últimos años un activo proceso por parte de algunas instancias. Centros en los que no se autoriza a montar un belén, ayuntamientos que ya no instalan portales, sustitución de las imágenes alegóricas en los adornos navideños por motivos geométricos, etc., son algunas muestras de esta tendencia. Incluso hay algún movimiento ciudadano que directamente propone cambiar el nombre a la festividad y sustituirla por otro laico, tal como Fiesta del Solsticio de Invierno.

No sabemos cómo esta aparente contradicción —celebrar el nacimiento de Jesús sin Jesús— acabará resolviéndose. La tendencia es al sincretismo. Probablemente Navidad sin Natividad será la propuesta ganadora. 

jueves, 2 de noviembre de 2017

34. Persuasion en política

 


Amapola (Papaver unbonatum)


Una de las actividades más importantes de los que se dedican a la política es intentar convencer a los ciudadanos —persuadirlos— de que él y su programa de actuación son las mejores opciones y que, por lo tanto, merecen su voto.

Tradicionalmente, y de acuerdo con la ciencia de la retórica aristotélica, la persuasión se basaba en tres pilares: la autoridad moral del que hablaba (el ethos); las evidencias que constituían el sustento material de los argumentos que se exponían (el logos), y el pathos, que era la emoción que se daba al discurso para llegar a los sentimientos de la audiencia.

Hasta no hace mucho los políticos, para persuadir a sus conciudadanos, solían hacer uso de estos tres pilares, que existían en mayor o menor medida en éllos y en su discurso, con los que pretendían ganar el favor de los votantes.

En los tiempos que corren estos pilares han sido ampliamente subvertidos, suprimiendo unos y potenciando otros. Los que hablan, con frecuencia, carecen de autoridad moral para hacerlo: están sujetos a la sospecha de actividades ilícitas o claramente implicados en ellas. La evidencia ha sido sustituida en numerosas ocasiones por mentiras —postverdad la llaman algunos, fakenews otros— que se propagan por los modernos sistemas de comunicación con tal rapidez e intensidad que se hace difícil diferenciarlas de la verdad. El recurso a las emociones, al pathos, que aparece en último lugar como refuerzo de los dos primeros pilares, se ha convertido en la única fuente de legitimidad.

En toda Europa ganan terreno los populismos, los que no se basan en el ethos ni en el logos, sino solo en el sentimiento, en la emoción, en el pathos. Los ciudadanos están más predispuestos a la pasión que al análisis, y aceptan entusiasmados las mentiras que les cuentan. Abrazan emocionados las promesas que saben que no es posible cumplir, o que en caso de que se cumplan acarrearán males mayores que los que se trata de corregir.

Adquirir autoridad moral es difícil, y mantenerla aún más. Utilizar argumentos sólidos, basados en la verdad, es cada vez más escaso y —al parecer— innecesario. Parece que la actividad política va a quedar reducida solo a estimular emociones. Y éstas, si bien son necesarias, constituyen la faceta más manipulable del proceso de persuasión. 


jueves, 21 de septiembre de 2017

33. Matices

 


Geranio (Geranium)


Los seres humanos, y sus acciones no suelen ser categorías absolutas. Aunque se pueden utilizar —y de hecho es lo que se hace habitualmente— palabras que expresan conceptos absolutos, la realidad nos demuestra que perdemos precisión si no adjetivamos esos vocablos.

Decir hombre, bueno, inmoral, corrupto, etc. con frecuencia no refleja toda la complejidad de esa persona o situación. Casi nadie y casi nada es absoluto en sí mismo y para comprenderlos en su integridad se hace necesario matizar.

Un matiz es, entre otras cosas, un rasgo poco perceptible que da a algo o a alguien un carácter determinado. Por tanto, para referirnos a ese algo o alguien hay que mencionar no solo la categoría absoluta, sino añadir los matices que permiten a ese algo o alguien ser diferente a otros. 

Lo que nos determina son los matices, no la categoría absoluta. Un hombre o una situación expresan poco, si no lo acompañamos de esos rasgos singulares que van a permitir establecer su individualidad con respecto a otros hombres o situaciones. Necesitamos expresar los rasgos distintivos que nos permitan aprehender su peculiaridad. Si nos quedamos en lo nominal, sin matizar, no estamos expresando la completa realidad de ese ser.

Pero matizar requiere tiempo y conocimiento de las palabras adecuadas para perfilar la realidad que se nos ofrece. Con respecto a lo primero, vivimos en un mundo apresurado donde el tiempo se ha convertido en el gran dictador. Tienen prisa hasta los que no tendrían ningún motivo para tenerla. Incluso se ve mal al individuo que no participa de esa norma general. Y en esta situación de aceleramiento hasta las palabras parecen sobrar, porque nos hacen perder tiempo. 

Una consecuencia —parece que inevitable— es que el lenguaje se reduce y el lenguaje sincopado se extiende. Estas dos características hacen especialmente difícil encontrar las palabras adecuadas para perfeccionar la comprensión de nuestro entorno.

Quizás sea el momento de plantearnos si nuestra manera de manejar el lenguaje enriquece o empobrece las relaciones interpersonales, así como la comprensión de otras realidades ajenas a nosotros.

jueves, 7 de septiembre de 2017

32. Delincuentes


Gaviota

Aunque no sea estrictamente necesario, quizás sea oportuno recordar que delincuente es el que comete delitos, y que delito es el quebrantamiento de la ley. En un estado de derecho solo se debe considerar delincuente a aquel que ha sido juzgado y condenado en firme por la violación de la ley.

Es evidente que no todos los delitos tienen la misma gravedad y, en consecuencia, no todos reciben el mismo trato penal ni —por parte de la sociedad— el mismo grado de rechazo social. En la mente de todos están aquellos delitos que despiertan en la ciudadanía el más alto grado de escándalo, por lo que no consideramos necesarios abundar en ellos.

Es cierto que la sensibilidad social no siempre va pareja a la intensidad del delito ni al rigor que aplica la ley. En ocasiones la pena impuesta por la justicia se considera insuficiente para el tipo de delito cometido, siendo muy infrecuente que se opine lo contrario.

Pero hay un área donde la sensibilidad social parece ser escasa y ésta es la de los delitos económicos. Si exceptuamos los casos de corrupción de algunos políticos —que sí escandalizan, y mucho, con toda la razón—, los delitos cometidos en esta área por particulares gozan de poca atención y menor repercusión. Empresarios, banqueros, constructores, etc., son condenados por cohecho, soborno, estafa, etc., sin que la sociedad exprese de forma clara su preocupación por ello. 

Pero si hay un tipo de delito económico que parece gozar de bula social es el delito fiscal, el que se produce contra toda la comunidad, ya que somos todos los afectados. Artistas, cantantes, deportistas, etc. condenados en firme por delito fiscal —es decir delincuentes— continúan gozando del favor —y a veces del fervor— del público, sin que perciban en ningún momento el rechazo que la sociedad debería expresarles. 

Quizás tendríamos que reflexionar sobre este tema, dado que la sociedad de la que hablamos la constituimos usted y yo, entre otros. 

jueves, 20 de julio de 2017

31. Adquirir conocimiento

    


 Coleus canina (Plectranthus caninus)

    Hace unas semanas hablaba en el blog del valor de la lectura para adquirir conocimientos. Recientemente —en un simposio internacional sobre educación en general— se ha hecho énfasis en que para la adquisición de conocimientos es necesario practicar la lectura comprensiva, la expresión oral o escrita, el cálculo y el razonamiento. A estas actividades se las establece como recursos instrumentales necesarios para la incorporación de las aptitudes, competencias y capacidades que definimos como educación.

    La sociedad gasta enormes recursos en formar a los jóvenes intentando capacitarlos para el mercado laboral. Sin embargo, está formación —que antaño se planteaba como definitiva— se ha revelado como transitoria. Hay una general creencia en que los conocimientos adquiridos hoy probablemente no serán útiles para el ejercicio profesional de mañana. Y por ello se insiste en que una de las facetas de la enseñanza debe ser “aprender a aprender”. La denostada y manoseada, pero no menos necesaria, formación continuada. Y muchas veces no en el área de conocimiento elegida inicialmente, sino en áreas de las que no sabemos nada.

    Esto no solo se aplica a los jóvenes, sino que —se dice— afecta a la inmensa mayoría de los empleados de hoy, que deberán “reinventarse” periódicamente desde el punto de vista laboral. Habrán de enfrentarse al reto continuo de adquirir nuevos conocimientos que les puedan ser útiles en un mercado laboral cambiante. Tendrán varias ocupaciones a lo largo de su vida, para las que parte —o todas— las herramientas adquiridas no les servirán, y tendrán que utilizar unas nuevas.

    Como parece, la adquisición de nuevos conocimientos va a ser un continuo en nuestras vidas. Conocimientos para tener capacidad de razonamiento, de entender y discernir el mundo social y material que nos ha tocado vivir. Se hace necesario conocer los códigos de la comunicación con los que se expresa y transmite la cultura. Entender lo que se lee y explicar lo que se quiere decir, entender lo que se oye y razonar sobre lo que queremos saber. En definitiva, se necesita una alfabetización critica de los ciudadanos.

    Los expertos ya nos han dicho —ver el principio— cuáles son los recursos instrumentales necesarios para adquirir estos conocimientos. De la sociedad —o sea, de cualquiera de nosotros en nuestro ámbito— depende que se utilicen o no. 


jueves, 18 de mayo de 2017

29. Adanismo


Echeveria pilosa (Echeveria setosa)

Llamamos adanismo al hábito que tienen algunos de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente. Esta forma de pensar afecta a cualquier área de la actividad humana: ciencias, artes, política, etc. se ven afectadas por esta concepción con la misma intensidad. 

Se ha dicho numerosas veces que es necesario conocer la propia historia, porque los que la ignoran se ven obligados a repetirla. Y aunque esto no es del todo cierto —la historia no se repite, se repiten las actuaciones— es evidente que quien no sabe —o no valora—lo sucedido en el pasado, corre el riesgo de repetir propuestas.

El adanismo conduce a algunos a descubrir numerosas veces la misma “Roma” o el mismo “Mediterráneo”. Esta manera de actuar traduce habitualmente ignorancia. Saber lo realizado anteriormente por otros supone esfuerzo por conocerlo y generosidad para aceptar que otros ya hicieron aportaciones al tema antes que ellos. Con frecuencia sus propuestas aburren a los conocedores y solo llaman la atención a los que son más incultos que ellos.

Esta actitud está muy vinculada al narcisismo. Hacer propuestas o realizaciones que —según ellos— jamás se han hecho, o que nunca se hicieron de la forma que ellos proponen, les hace sentir más importantes. 

La tendencia a actuar prescindiendo de lo ya existente, o de lo hecho antes por otros, afectaba en el pasado casi exclusivamente a los jóvenes. Su descubrimiento del mundo les impulsaba a probarlo casi todo, sin atender a las experiencias previas. Pero en los últimos años se viene practicando por adultos de todo el espectro social, incluido el campo de la actividad política.

En esta última actividad se dan otras formas de adanismo menos frecuentes. Son aquellos que, aunque conocen el pasado, lo desmerecen por ser eso, pasado, sin reconocer lo que de meritorio pueda haber en él. Su desprestigio del pasado les permite presumir de lo nuevo, de lo bueno que ellos, sus ideas y propuestas, representan.

Sería bueno recordar que, antes que nosotros, hubo otros muchos que aportaron ideas, propuestas y realizaciones que deberían ser tenidas en cuenta, no para sacralizarlas, sino para construir sobre ellas el mundo mejor al que todos aspiramos. 

jueves, 4 de mayo de 2017

28. Retrotopía


 Acanto (Acantus mollis)

Tomás Moro escribió en 1516 su obra Utopía. En ella describía una isla —llamada Utopía—en la que existía una sociedad ideal. Las dificultades de la realidad que él estaba viviendo le hicieron concebir este futuro en el que las terribles e injustas condiciones que conformaban su época serían superadas.

A lo largo del tiempo el concepto ha evolucionado y hoy en día se lo utiliza como sinónimo de perfección, como un objetivo inalcanzable. La utopía es una entidad que siempre se sitúa en el futuro, como un fin que creemos inalcanzable, y dado que la suponemos perfecta, es una aspiración a la que deberíamos tender.

En nuestro esquema clásico de pensamiento el futuro era algo no hecho y por tanto modificable, maleable. Con nuestras acciones podíamos conformarlo de acuerdo a nuestras aspiraciones. Sin embargo, el pasado se mostraba como algo ya hecho, solido, y por tanto inamovible, sobre lo que no podíamos incidir.

Así ha sido en el pasado, pero en los últimos años se está produciendo una situación en la que el futuro aparece como si hubiera dejado de ser sinónimo de esperanza y progreso para convertirse en un lugar donde proyectamos nuestras aprensiones y miedos. Y por ello tendemos a situar la utopía no en un futuro incierto, sino en un pasado idealizado, en el que las cosas nos parecían/eran mejores. Es lo que Zygmunt Bauman ha bautizado como retrotopía.

Ahora parece como si pasado y futuro hubieran intercambiado sus actitudes. El futuro se nos antoja poco modificable. Estamos convencidos de que en el porvenir los empleos no serán estables, que nuestros hijos tendrán una vida más precaria que la que hemos vivido nosotros, que las capacidades laborales serán cambiantes, si no sustituidas por robots, etc. Tenemos miedo de que todo aquello que considerábamos sólido —como ha escrito algún autor— se hubiera vuelto liquido —en palabra de Bauman—.

Parece como si nos hubieran/hubiéramos convencido de que la realidad es inevitable y que no tiene sentido luchar para cambiarla. En esta situación de miedo se está instalando una visión de que lo importante no es conseguir una sociedad mejor sino buscar la mejor posición individual en este mundo que se nos aparece peor e inmodificable.

Quizás deberíamos reflexionar, ante esta realidad presente y el futuro intuido, si tiene sentido la lucha solitaria o solo seremos capaces de modificarlos —si ello es posible— unidos.


jueves, 6 de abril de 2017

27. La banalidad del mal

 


Membrillo (Chaenomeles japonica)


En occidente, durante siglos, la moral —la ética en un sentido más amplio— se ha esforzado en hacernos conocer, y por tanto diferenciar, lo que es bueno y lo que es malo. En los sistemas educativos se especificaba lo que era el Bien y el Mal, y se instaba a los educandos a practicar el primero y rechazar el segundo.

Aunque no siempre fuera así, en general estas opciones se ofrecían claramente diferenciadas, de tal manera que para el observador fuera evidente que actuaciones eran correctas —buenas— y cuales no —malas—. El Bien se expresaba dotado de elementos que lo hicieran atractivo y el Mal se presentaba como carente de cualidades que pudieran ser apetecibles.

En los últimos años asistimos a un progresivo difuminado de los límites que separan estas dos opciones éticas. A diario los medios de comunicación nos familiarizan con las actuaciones más abyectas —violaciones, decapitaciones, etc.—, convirtiéndose estos hechos en algo cotidiano. Muchas de las opciones lúdicas —videojuegos, películas, series de televisión, etc.—se encargan de ofrecernos episodios frecuentes de todo tipo de actuaciones —robos, asesinatos, estafas, etc.— en las que los que practican el Mal no solo no sufren ninguna condena, sino que incluso resultan simpáticos y atractivos.

Esta aparente normalidad del Mal ya fue denunciada, entre otros, por la filósofa H. Arendt. Hace casi 60 años esta autora, en su libro titulado “Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal”, nos advirtió del terrible peligro de banalizar el Mal. En su trabajo explicaba cómo algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema en el que están incardinados sin reflexionar sobre la bondad o maldad de sus actos. Son personas en apariencia normales —incluso a veces con aspecto bondadoso— que son capaces de realizar los más tremendos crímenes porque así está establecido o así se les ha ordenado.

Pero no debemos confundirnos. Hemos de estar vigilantes. El Mal existe, aunque con frecuencia adopta formas en apariencia inocentes.


jueves, 9 de marzo de 2017

26. Dictacracias o Demoduras


Adelfa (Nerium oleander)

En lo que denominamos Occidente entendemos que las formas de gobernarse los pueblos son básicamente dos: democracia y dictadura. Y aceptamos que estos son conceptos antitéticos. La democracia es la forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos, que lo hacen bien directamente, bien por medio de sus representantes. En las sociedades democráticas la soberanía reside en el pueblo, sus miembros pueden y deben participar en la toma de decisiones y en ellas hay igualdad en los derechos, cuya relación sería largo enumerar aquí. Por el contrario, dictadura es el régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales.

La democracia se hace efectiva a través de una serie de acciones, que adoptan unas determinadas formas. Así se realizan elecciones para elegir a los gobernantes, se constituyen parlamentos que controlan la acción gubernamental, los ciudadanos pueden ejercer sus derechos en libertad, etc. El fundamento democrático —ejercicio del poder por los ciudadanos— se expresa en actos formales, que son su soporte. En democracia, las pulsiones de los gobernantes por controlar a los ciudadanos tienen el oportuno contrapeso en las actuaciones de estos para la defensa de su libertad.

En las últimas décadas han aparecido numerosos regímenes —Rusia, Turquía, Venezuela, Irán, por citar solo a algunos— que adoptan la forma democrática, pero cuyo comportamiento no se ajusta al fundamento democrático. Se mantienen determinadas formas —elecciones, parlamentos, etc.— pero se altera gravemente el ejercicio de la libertad de los ciudadanos para gobernarse. Así, se coarta la libertad de prensa y expresión, se encarcela a opositores —cuando no se les elimina físicamente—, se amañan elecciones, etc. Son estados cuyos políticos —que siguen ganando elecciones— mantienen la ficción de la democracia, pero han manipulado de tal manera el juego que el adversario nunca puede ganar. 

Esto puede confundir a algunos ciudadanos. Estos países no son democracias, a pesar de que mantengan parte de las formas democráticas. El poder real no lo ostentan sus ciudadanos, fundamento del sistema democrático. Son dictacracias o demoduras, pero no democracias.

Es difícil explicar por qué los votantes de esos países continúan eligiendo a políticos cuyas actuaciones merman sus posibilidades de gobernarse por sí mismos. Quizás la clave esté en que —cada vez más— el voto lo dirige la emoción y no la razón. Es lo que persigue la posverdad que comentábamos en anterior artículo. 

jueves, 23 de febrero de 2017

25. Intimidad y privacidad


Anemona arbustiva (Carpenteria Californica)

Intimidad hace referencia a un espacio espiritual de la persona que está reservada a ella sola. Privacidad nos habla de aquel ámbito de la vida privada que se tiene derecho a proteger de cualquier intromisión. O sea, dos esferas marcadas por su pertenencia al individuo y a nadie más, que deben ser preservadas y defendidas de posibles invasiones o violaciones.

Durante siglos, la inmensa mayoría de los seres humanos aspiraron a que estas esferas fueran respetadas, pero no lo pudieron conseguir. Los poderosos de cualquier laya o condición —señores, gobernantes, reyes, etc. —se sentían con el derecho de violar estos espacios, impidiendo a las personas preservarlos.

No ha sido hasta el siglo XX que el derecho a la intimidad y privacidad fue reconocido en las leyes. Esto facilitó un lento y progresivo proceso que permitió que aquellos que lo querían pudieran preservar estos ámbitos de su persona. La inviolabilidad del domicilio y de la correspondencia, la preservación del honor y el respeto a la intimidad y privacidad se convirtieron en derechos, y aquel que los violaba era considerado delincuente.

En los últimos años estos derechos han ido siendo cedidos progresivamente, muchas veces de forma voluntaria, por las personas. Primero fueron los famosos, que, en aras de su fama, aceptaron perder parcelas de su intimidad y privacidad. Más tarde se sumaron gentes normales, que aspiraban a sus 10 minutos de gloria y acudían a las televisiones a contar sus interioridades.

Ya en este siglo llegó la eclosión digital: teléfonos inteligentes, redes sociales y todo un universo alrededor de la tecnología que nos ha facilitado enormemente la existencia. Ante estos avances, de una forma inocente o por la aceptación de lo que creemos inevitable, hemos ido cediendo —cedemos a cada clic— de forma masiva parcelas cada vez más amplias de nuestra intimidad y privacidad. 

Las compañías de telefonía, los fabricantes de aplicaciones, las redes sociales, etc., saben cada vez más de nosotros, sin que seamos plenamente conscientes de ello. Hay una gran avidez por parte de todos en conocer de nosotros cuantos más datos mejor.

Las empresas quieren saber —y lo consiguen en gran medida— quiénes somos, donde vivimos, cómo nos encontramos, a donde vamos y con quien salimos, cuales son nuestros hábitos, cuanto gastamos y en qué, cuales son nuestros conocidos y un largo etcétera que haría esta lista interminable. Y nosotros, sin que con frecuencia sea estrictamente necesario para poder usar el servicio que necesitamos, permitimos que las aplicaciones accedan a toda la información que quieran —es tan rápido y cómodo el clic aceptador—, sin sopesar antes la necesidad o no de proporcionar esos datos.

Han sido siglos de lucha para conseguir preservar nuestra intimidad y privacidad, y ahora estos derechos se nos escurren entre los dedos cada vez que clicamos en permitir o en me gusta. Para este viaje no se necesitaban aquellas alforjas.  

jueves, 9 de febrero de 2017

24. Posverdad

 


Margarita persa (Tanacetum coccineum)

Siempre entendimos la verdad como opuesta a la mentira. Si aceptábamos que la verdad era la conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente, la adecuación de lo que se dice con lo que se siente o se piensa, el juicio o proposición que no se puede negar racionalmente, la mentira era la expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente, la no verdad.

A la hora de posicionarnos ante algo, o de tomar una decisión, solíamos analizar lo que se correspondía con la verdad, buscando hechos objetivos que la soportaran, con objeto de que nuestras posiciones o decisiones fueran correctas, cercanas a la verdad —realidad— y lejos de la mentira. Y cuando, por alguna razón, nos sentíamos abocados a mentir, lo hacíamos con la convicción de que lo que hacíamos no se ajustaba a la verdad, de que era mentira, aunque las circunstancias nos hubiesen llevado a tomar esa posición o decisión.

En los últimos tiempos la frontera entre estos conceptos antagónicos se está diluyendo. Recibimos continuamente mensajes que nos incitan a adherirnos a personas, productos o situaciones, argumentando razones que no tienen que ajustarse a la verdad, que pueden ser mentiras evidentes, pero que se consideran válidas con tal de que promuevan nuestra aceptación de lo que se nos propone.

Tal es así que los ingleses —siempre tan prestos a incorporar neologismos— han acuñado el término post-truth —posverdad— para referirse a aquellas situaciones en que “los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal". Lo que importa es que el mensaje promueva adhesiones, no la veracidad del mensaje.

Han ocurrido hechos —Brexit, triunfo de Trump, etc.— donde una buena parte de la sociedad estima que ha habido una relevancia excesiva de las cuestiones emocionales, donde se ha votado más con el instinto que con la razón o la lógica. 

Parece existir un gran espacio entre la verdad objetiva y la verdad sentida. Y una gran parte de la ciudadanía empieza a sentir más confianza en afirmaciones que se sienten verdad, aunque no se apoyen en la realidad.

La posverdad puede ser una mentira asumida como verdad o incluso una mentira asumida como mentira, pero reforzada como creencia, como hecho compartido en una sociedad. Y parece que la posverdad ya no es solo un arma a disposición de la clase política, sino un poderoso y descontrolado recurso a disposición de los ciudadanos.

jueves, 26 de enero de 2017

23. Un buen médico



Azucena de porcelana (Alpinia zerumbet)


Desde la década de los sesenta del pasado siglo, y en lo que llevamos de este, la medicina ha alcanzado unos niveles de eficacia desconocidos anteriormente. Los médicos, cada vez más, basan sus decisiones en datos refrendados por la investigación científica, mediante complejos ensayos clínicos que —aunque aún con un cierto nivel de incertidumbre— conceden una fiabilidad a las decisiones médicas nunca alcanzada hasta ahora.

De las tres facetas que tiene el quehacer médico —asistencial, docente e investigadora—, esta última ha crecido exponencialmente, especialmente en los hospitales, alterando a veces el delicado equilibrio con las dos primeras. Esto ha sido reconocido por los pacientes que, en las sucesivas encuestas, alaban el nivel de la calidad de la asistencia sanitaria que reciben, pero se quejan de un cierto alejamiento del profesional, de no recibir a veces la atención humana que desearían.

Este déficit, que para algún lector pudiera parecer una añoranza de tiempos pasados, ha sido reconocido por una prestigiosa sociedad científica española que ha convocado entre sus asociados unos “Premios al Médico-Médico”.

La referida sociedad, de largo recorrido en su apoyo a la investigación y docencia, ha querido estimular la faceta clínica —asistencial—de sus miembros. Para ello, en su convocatoria, especifica las características que se valorarán para la concesión del citado galardón. Sin querer ser exhaustivos —son más de 20 las cualidades que se enumeran— mencionamos las siguientes: médicos que  aprecien  positivamente  el  contacto  con  el individuo enfermo, que hayan visitado personalmente a un número importante de pacientes (decenas o centenas de miles) a lo largo de su carrera profesional, que sepan responsabilizarse a conciencia a la hora de encargarse de intentar solucionar la patología de cada enfermo, que tengan un trato profesional y amable con los pacientes, que sean queridos y bien considerados profesionalmente por éstos, que generen una gran confianza a sus pacientes, que tengan paciencia y constancia durante la visita médica, que posean una buena capacidad diagnóstica, que tengan una dedicación horaria a la labor asistencial lo más completa posible, que sean reconocidos como clínicos excelentes por los compañeros del servicio y por los otros médicos de su centro, que sean requeridos con alguna frecuencia para visitar a otros compañeros médicos, así como que sean apreciados por los residentes y compañeros de trabajo por su buen hacer asistencial.

Es evidente que esta sociedad considera conveniente potenciar la faceta asistencial de sus miembros, sin detrimento de las otras dos, para seguir manteniendo el delicado y necesario equilibrio entre las tres facetas que definen al médico. 

jueves, 12 de enero de 2017

22. Inteligencia e inteligente

 


Rayito de sol (Delosperma coopera)


Aunque el concepto inteligencia tiene varias acepciones, prácticamente todas hacen referencia a la capacidad de entender o comprender, de resolver problemas. Así pues, según este criterio, las personas serían más o menos inteligentes en función de su capacidad de comprender y resolver determinadas cuestiones. Y para medir esta capacidad se idearon los test de inteligencia que, con mayor o menor fortuna, se siguen aplicando para evaluar la inteligencia de las personas.

Durante mucho tiempo entendimos que la inteligencia solo se podía dar en determinados contextos. Así se decía que inteligencia eran las habilidades necesarias que permitían a la persona tener éxito académico. Este criterio reduccionista negaba la posibilidad de ser inteligente a personas que no tuviesen estudios. Posteriormente se aceptó que la inteligencia como capacidad de procesar información y resolver problemas se podía encontrar en distintos marcos culturales. Dicho en otras palabras, que un pastor podía ser inteligente, al igual que un profesor universitario.

En 1983 un profesor de Harvard, Howard Gardner, formuló su teoría de las inteligencias múltiples. Según esta teoría la inteligencia no sería un concepto unitario, sino una red de conjuntos autónomos, relativamente interrelacionados entre sí. Así habría una inteligencia lingüístico-verbal, lógico-matemática, viso-espacial, musical, corpóreo-cinestésica, intrapersonal, interpersonal y naturalista, y otras más que se han descrito —inteligencia emocional— o están a punto de describirse.

Según este profesor habría individuos muy inteligentes en unos aspectos —por ejemplo, lógico-matemático— que podían ser muy torpes en su relación con las personas, tener dificultades para captar lo que ven, o ser incapaces de orientarse.

Esta teoría ha sido criticada, y no está generalmente aceptada, ya que algunos autores piensan que lo que Gardner llama inteligencias son en realidad habilidades, expresivas de una única inteligencia global.

De una forma u otra, lo cierto es que la teoría de Gardner nos podría ayudar a entender como algunas personas, que la mayoría consideramos de escasa inteligencia, llegan a ocupar cargos relevantes en la sociedad.