Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

sábado, 21 de noviembre de 2020

70. Agnogénesis

 


Arbol del coral (Erythrina caffra)


En ocasiones anteriores hemos escrito sobre el conocimiento y sobre la importancia de diferenciar conocimiento de opinión. De hecho, hay toda una disciplina, la epistemología, que se encarga de estudiar la teoría y fundamentos del conocimiento científico.

La ignorancia es la falta de conocimiento y, tradicionalmente, esta se ha atribuido a la falta de interés o incapacidad de la persona para aprender lo que puede y debe saberse. 

Sin embargo, en los últimos tiempos ha surgido un nuevo tipo de ignorancia, que es aquella inducida culturalmente. Sería un desconocimiento o duda que se provoca artificialmente. No es que el individuo no acceda al conocimiento, sino que su entorno —su ambiente cultural— siembra dudas generalizadas sobre el conocimiento científico, publicando trabajos científicos —pagados o rechazados como erróneos por la comunidad científica— que ponen en duda lo afirmado por la ciencia, con la idea de que el ciudadano le de la misma credibilidad a todo.

El tema es de tal trascendencia que se ha acuñado un término para designarlo: agnotología —también agnatología—. Este concepto —contrario a la epistemología— define al estudio de la ignorancia o duda inducida culturalmente, en especial a la provocada por la publicación de datos científicos erróneos, inexactos o engañosos.

El concepto fue utilizado por primera vez en 1995 por el profesor Proctor de la Universidad de Stanford (USA). En las décadas precedentes la investigación científica había demostrada fehacientemente que el tabaco era el causante de numerosas enfermedades, especialmente el cáncer de pulmón. La industria tabaquera estadounidense, al ver el peligro que corría su negocio, pagó a algunos científicos para que realizaran estudios que demostraran que el tabaco no era dañino para la salud. La publicación de esos estudios sembró la duda entre muchos ciudadanos, generando un desconocimiento que ha durado hasta los años finales del siglo XX. Esto dio motivo al profesor norteamericano para estudiar el fenómeno y acuñar el término.

Según Proctor, esta ignorancia se origina de forma activa en la sociedad a través de fuentes con intereses particulares, que de forma deliberada contribuyen al desprestigio del conocimiento científico. Estas actuaciones generan desconocimiento, a pesar de la abundancia de información.

A esta tecnología de la desinformación, a la generación de ignorancia inducida, es a lo que se ha llamado agnogénesis. Esta técnica permite la persistencia de creencias tales como la falsedad de la teoría de la evolución o la duda sobre la forma de la tierra, por poner dos ejemplos simples. Estas actividades persiguen negar la credibilidad de las fuentes científicas —por muy solventes que sean—, e incluso negar los propios hechos.

Esta generación intencionada de ignorancia, promovida muchas veces por corporaciones o políticos, necesita la colaboración de expertos en comunicación, periodistas y medios de comunicación que, de forma voluntaria o comprados, consiguen confundir a los ciudadanos.

Ya hemos comentado en alguna ocasión que un ciudadano ignorante es fácilmente manipulable. Siempre se dijo que la información era poder. Pero parece que los poderosos de todo tipo han aprendido que la ignorancia de los ciudadanos también es poder para ellos. Y por ello invierten gran cantidad de recursos en la agnogénesis, o sea, en la creación de ignorancia.