Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 21 de octubre de 2021

83. Felicidad y dicha

 


Acacia (Acacia farnesiana)

Desde Aristóteles hasta nuestros días pocos conceptos han ocupado más páginas en las obras filosóficas y literarias que la felicidad, cuya consecución se ha considerado como el único fin de la existencia humana. Ser feliz ha sido el deseo de todos los hombres de todas las épocas. 

Para los filósofos clásicos la felicidad requería de tales condiciones que, prácticamente, alcanzarla era una utopía imposible de conseguir. La llegada del cristianismo supuso una explicación a esta imposibilidad. Según la religión cristiana —“mi reino no es de este mundo”— el hombre debía esperar a la otra vida para alcanzar la felicidad.

El Renacimiento, como es sabido, puso al hombre en el centro. Los filósofos de la época la definían como un deleite del cuerpo y el alma que se busca continuamente pero que, como concepto absoluto, era prácticamente inalcanzable.

A mediados del siglo XVIII los filósofos de la Ilustración redefinieron el concepto de felicidad, planteándola como un derecho individual, alcanzable en este mundo como consecuencia de la practica de la libertad individual, con el único limite de la libertad de los demás hombres. Según este enfoque, la consecución de la felicidad sería una obligación de los Estados para con sus ciudadanos. 

A pesar de la progresiva instauración de medidas encaminadas a su consecución, las encuestas demuestran que el grado de insatisfacción de la ciudadanía es muy alto. Y como muestra de ello véase la inmensa producción de cursos, seminarios y libros cuya pretensión es enseñar a los seres humanos a ser felices.

En la inmensa mayoría de estas propuestas formativas subyace una redefinición del concepto. Ahora se nos plantea la felicidad no como un concepto absoluto, sino relacionado con nuestra vida real. Se trata de lo que se ha venido en llamar “la felicidad de las pequeñas cosas”.

Esta aparentemente novedosa propuesta ya fue planteada hace más de 400 años. Girolamo Cardano, médico, filósofo y enciclopedista del siglo XVI, también estudio el concepto de felicidad. Entre sus numerosos libros destaca uno titulado Mi vida, una especie de autobiografía en la que expresó lo que él deseaba para su vida. Ante la imposibilidad de conseguir el absoluto que es la felicidad, optó por proponer un concepto relativo, al que denominó dicha, entendida ésta como el fruto de vivir la vida gozosa y libremente.  

En su libro describió algunos de los componentes de lo que, para él, constituían la dicha: "El reposo, la tranquilidad, la templanza, el orden, la risa, los espectáculos, el trato con los demás, la contención, el sueño, los paseos, la meditación, la crianza de los hijos, el cariño de la familia, el matrimonio, la memoria bien ordenada de nuestro pasado, las audiciones musicales, el recreo de la mirada, la libertad, el dominio de sí, los perrillos, la práctica de alguna habilidad que dominamos bien; y elegir un lugar para vivir, porque las tierras cobijan hombres dichosos, no los hacen".

“Nihil novum sub sole” —nada nuevo bajo el sol—, que parece que dijo Ptolomeo.