Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 13 de febrero de 2020

68. Mil doscientas palabras


 Cardillo (Scolymus hispanicus)

El español es un idioma muy rico, pero parece que cada vez se usan menos vocablos. Nos cuentan los estudiosos del tema que la mayor parte de los menores de 30 años solo utilizan habitualmente más que 1.200 palabras. Y hay también algunos que mantienen que esas son suficientes para relacionarse en el mundo actual.

Las palabras nos sirven para describir la realidad. Y la realidad tiene muchos matices que han de ser detallados para entenderla. El mundo de los hechos, y no digamos el de las emociones, necesitan términos que lo expresen. Y el pensamiento, complejo per se, reclama palabras para expresar su riqueza. Y parece difícil comunicar todas estas cosas con tan pocas palabras.

Algún autor ha planteado que las nuevas generaciones se están quedando sin léxico —sin palabras— con las que expresarse correctamente, con las que transmitir adecuadamente su realidad, con las que narrar sus posibilidades y apetencias, que le sirvan para expresar su actitud ante el mundo.

En los últimos años ha habido un cierto descredito del aprendizaje y la memoria. Se nos ha repetido que no es necesario retener nada, que todo estaba en los libros y ahora en internet. Por ello, se concluye, no es necesario prestar atención; cuando se necesita la información es suficiente con recurrir a medios externos. Por ello se considera suficiente retener cuatro ideas en la cabeza. Pero es necesario tener claves con las que entender lo que nos llega por estos nuevos medios, y para ello hay que recordar y entender determinados términos, en definitiva, usar palabras.

Los estudiosos del fenómeno apuntan la posibilidad de que quizás contribuya a este desinterés por el aprendizaje el hecho de que la cultura y la educación han dejado de ser ascensores sociales, es decir, que contribuyen poco a la mejora del nivel del individuo en la sociedad.

Sin embargo, seguimos necesitando palabras que nos permitan designar sentimientos, roles laborales o apetencias personales o profesionales. Aprender nuevas palabras ensancha nuestra visión del mundo y nos permite comprender conceptos con los que convivimos a diario. Necesitamos poder realizar la adecuada combinación de términos para iluminar y enriquecer nuestras mentes.

Sin duda es difícil progresar en la sociedad actual. Pero aún lo es más para aquellos que no saben expresarse adecuadamente.