Azucena de porcelana (Alpinia zerumbet)
En febrero de 2021 escribíamos sobre Algoritmos y finalizábamos la entrada, refiriéndonos a los ingenieros que los diseñaban, con la siguiente frase: «Tremendo el poder que algunas personas han logrado alcanzar. Nunca tan pocos controlaron a tantos, y de forma tan intensa».
En aquel momento los algoritmos eran programas informáticos diseñados por ingenieros, a los que humanos proporcionaban datos para que con ellos las máquinas tomaran o nos propusieran decisiones.
En apenas tres años las cosas han cambiado radicalmente. Además de este tipo de algoritmos, los informáticos han diseñado otros que han enseñado a las maquinas a buscar los datos, analizarlos y, con ellos, elaborar propuestas que someter a nuestra consideración. O sea, con ellos, las maquinas han aprendido a aprender.
Dotados de este poder, los ordenadores buscan en la inmensidad de internet y aprenden de lo que otros humanos han realizado anteriormente. Y con este conocimiento, dándoles unas instrucciones elementales, nos pueden hacer un libro, diseñar un producto, escribir poemas, etc. O sea, hacer una buena parte de las tareas que hasta hoy solo realizaban los humanos. A esta nueva tecnología hemos dado en llamar Inteligencia Artificial (IA).
Está tecnología aporta unas enormes posibilidades a la humanidad, que sin duda contribuirán a mejorar nuestras vidas. Pero tal poder también tiene sus problemas.
No vamos a hablar hoy de los efectos sociales que esta tecnología puede provocar, como por ejemplo perdidas de empleo. Tiempo habrá para ello. Pero su desarrollo ha empezado a generar problemas que deben ser solucionados.
Uno de los primeros problemas detectados es la ausencia de transparencia. No sabemos en base a que criterios y principios toma sus decisiones la IA. Es más, salvo sus creadores, ni siquiera muchos expertos son capaces de averiguarlo. Y este desconocimiento no es una cuestión baladí.
Google, uno de los fabricantes de esta tecnología, ha encargado a la brasileña Fernanda Viegas y su equipo la tarea de auditar sus algoritmos y detectar sesgos. Según sus manifestaciones, pretenden que las decisiones de los algoritmos sean justas, y este vocablo, justicia, aparece por primera vez en esta nueva jerga.
Meredith Broussard, científica de datos y profesora asociada de la Universidad de Nueva York (EE UU) manifiesta que algunos algoritmos están siendo discriminatorios y que, consecuentemente, si vamos a tomar decisiones sociales basadas en los algoritmos, hay que aplicarles a estos criterios éticos.
Incorporar a las matemáticas, a las miles y miles de líneas de código de los programas informáticos, criterios tales como justicia, equidad, igualdad, veracidad, en definitiva, ética, parece una tarea imposible. Pero hemos de hacerlo si no queremos sucumbir a sus dictados.
Al final tendremos que concluir, como dice el historiador Noah Harari: «Los humanos somos muy buenos generando conocimientos, pero no tanto aplicándolos»