Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

viernes, 28 de octubre de 2016

17. Inauguraciones y mantenimiento


Matagallo (Phlomis purpurea)


Para dar un adecuado servicio a la ciudadanía las diferentes administraciones dotan construcciones, instalaciones y servicios. Fruto de la evolución económica y de las exigencias de los ciudadanos estas dotaciones han ido creciendo a lo largo de la historia.

En el caso de las construcciones, sea cual sea su tipología y finalidad —y dejando al margen el espinoso asunto de las construcciones innecesarias, motivo de otro artículo— todas tiene un acto inicial, que es la inauguración, que va seguido de un uso y, a plazo más o menos largo, de un deterioro.

El acto inaugural suele ser un momento gozoso, que cuenta con la anuencia de los ciudadanos y la publicidad —más o menos espontánea— de los medios. Es una buena oportunidad para el lucimiento de las personas, los administradores, los partidos, etc. Pasado el tiempo la instalación se irá deteriorando. Necesitará tiempo y dinero —siempre dinero— para seguir siendo útil para el fin creado. Y aquí quizás tengamos algo que aprender.

El mantenimiento —conjunto de operaciones y cuidados necesarios para que instalaciones, edificios, industrias, etc., puedan seguir funcionando adecuadamente— es una actividad que, entre nuestros gobernantes, no suele gozar de gran predicamento. El sostenimiento en buen estado de funcionamiento de las instalaciones es una labor diaria, callada, rutinaria si me apuran, de poco brillo. Todo lo contrario de las inauguraciones.

No vamos a negar que en los últimos años se han dado avances en este tema. Empiezan a aparecer programas de mantenimiento preventivo en ciertas áreas de la actividad de las administraciones, algunos con gran éxito. Pero todavía sigue siendo lamentablemente frecuente que las cosas se dejen ir poco a poco hasta que no sirven —o lo hacen muy mal— para el fin que fueron creadas. Llegados a este punto se hacen grandes planes de reforma integral para los que se necesitarán grandes cantidades de dinero, que acaso no hubieran sido necesarias si la instalación se hubiera mantenido adecuadamente.

Somos un país desarrollado. Quedaron atrás los años en que casi todo estaba por hacer. Ya tenemos muchas instalaciones que dan servicio a la ciudadanía. Serán necesarias todavía algunas más y sustituir las obsoletas. Pero el reto no está ya tanto en las inauguraciones —con su pompa y su brillo— sino en mantener en correcto funcionamiento lo mucho que ya tenemos. Aunque la labor sea menos brillante, nuestras autoridades deberían entenderlo así.

martes, 18 de octubre de 2016

16. Cualidad y cantidad

 


Lirio azul (Iris xiphium)

En su primera acepción, cualidad es el elemento o carácter distintivo de la naturaleza de alguien o algo. En el caso de las personas las cualidades son aquellas características que constituyen nuestro ser, las que nos definen y nos permiten diferenciarnos unos de otros.

Aunque habitualmente la palabra cualidad se vincula a aquellos aspectos que socialmente consideramos positivos, es evidente que las cualidades de una persona pueden ser valoradas como positivas o negativas, sin que por ello dejen de ser cualidades. A título de ejemplo, la generosidad es una cualidad de la persona que consideramos positiva, y la fealdad es una cualidad que solemos considerar negativa.

El número de cualidades que puede poseer una persona es casi infinito, tanto físicas —altura, color de la piel, de los ojos, etc.— como psíquicas —tranquilidad, sociabilidad, inteligencia, etc.—, aunque hoy quisiéramos centrarnos en algunas de las cualidades psíquicas —psicológicas si lo prefieren— más utilizadas para definirnos en las conversaciones habituales. En la mayoría de los casos valoramos las cualidades en sentido absoluto: así decimos que una persona es lista o tonta, generosa o tacaña, comunicativa o insociable, expresando así que son poseedoras, o no, de dicha cualidad. El tonto carecería de inteligencia y el tacaño carecería de generosidad.

Sin embargo, este es un planteamiento erróneo. Las cualidades no se tienen, o se carece de ellas, de forma absoluta. Hay gradaciones, y es la cantidad que poseemos de dichas cualidades lo que mejor nos define. Esto ya fue objeto de estudio hace años en el caso de la inteligencia. Se idearon los test de inteligencia para medir la cantidad de esta cualidad que tenían los individuos. Pero no sucede así con la inmensa mayoría de las cualidades.

La experiencia demuestra que todos podemos exhibir cualquier cualidad, dependiendo de las circunstancias concretas. Una persona amable puede ser grosera en algún momento de su vida, y no por ello deja de ser estimado como amable.

Parece pues que todos tenemos las mismas cualidades, pero lo que nos diferencia es la cantidad de esa cualidad que poseemos. Incluso aquellas cualidades que calificamos de negativas son exhibidas en algún grado por todas las personas. La cantidad de la cualidad es la que nos califica.

Quizás el problema esté en ponernos de acuerdo sobre la cantidad de una cualidad que es necesaria para definirnos de una forma u otra.


martes, 4 de octubre de 2016

15. El Plan Bolonia


 Margarita de la lluvia (Dimorphoteca pluvialis)

 

El denominado Plan Bolonia —Espacio Común Europeo de Educación Superior—surge tras la comparación realizada por las autoridades europeas entre el nivel alcanzado por las universidades anglonorteamericanas y las europeas.

En los diversos rankings que circulan sobre el nivel de calidad de las universidades en el mundo —cuya metodología puede ser discutible pero cuyos resultados son básicamente coincidentes— las universidades europeas, y especialmente las españolas, no salen muy bien paradas, ocupando lugares medios-bajos en las distintas clasificaciones.

Aunque esto no fue siempre así —hasta las Segunda Guerra Mundial las universidades referentes del mundo eran todas europeas—, a partir de los años cincuenta del pasado siglo este equilibrio se inclinó progresivamente hacia el lado inglés y norteamericano de la balanza.

Ante este problema se propuso hace ya más de 10 años un cambio en la formación universitaria europea. Se trataba de acercarla al modelo norteamericano, instituyendo una formación universitaria básica —el grado—, a semejanza de la que se obtiene en los college norteamericanos, de tres o cuatro años de duración, y potenciar los estudios de postgrado. Así los universitarios obtendrían una formación general que les capacitara para enfrentarse al mundo del trabajo —aprender a aprender—, mientras que los estudios de posgrado quedarían reservados a las profesiones clásicamente universitarias.

Pero el cambio en la duración de los estudios no es el único, ni siquiera el más importante, cambio propuesto. El plan modifica el sistema de créditos para las asignaturas y las carreras. La reforma establece una nueva definición del crédito. En lugar de medir las horas de clase, la nueva unidad de medida son las horas de trabajo del alumno, que incluye clases, prácticas, estudio personal, tutorías, exámenes, etc.

La propuesta pone el foco de la enseñanza en el aprendizaje por parte del alumno en lugar de en las horas de clase del profesor. Esto conlleva un profundo cambio en la actividad de los profesores, cuya labor fundamental pasa de dar las clases a evaluar el trabajo del alumno y las capacidades adquiridas por el mismo. Para ello, además de un cambio de mentalidad de buena parte del profesorado, hace falta dinero para dotar al profesorado y reducir el número de alumnos asignado a cada profesor.

Muchos nos tememos que, una vez más, nos vamos a quedar en las hojas —reducir la duración de la formación— y vamos a descuidar el rábano —enseñar a los alumnos a aprender, dar al alumno el protagonismo de su aprendizaje—. Ojalá no sea así.