Corona de Cristo (Euphorbia milii)
No menor en importancia que las dos anteriores fue la sífilis, que alcanzó una gran importancia en el siglo XVI y ha sido frecuente hasta mediados del siglo XX. Como ustedes saben es una enfermedad de transmisión sexual, que ha afectado a millones de personas, ricos y pobres — incluidos algunos papas—, provocando miles de muertos.
Como era una enfermedad aparentemente nueva, nadie quería cargar con el muerto de ser el causante de su origen. Así que recibió los nombres de morbo hispano, morbo itálico, morbo gálico o morbo germánico, entre otros.
Como con todos los males incurables, los curanderos se hicieron de oro con el tratamiento de estos pacientes.
Además de los recursos habituales, es decir, las sangrías, los baños de vapor y los purgantes, los médicos utilizaron con profusión el mercurio, que se administraba de diversas formas. El mercurio tiene una alta toxicidad y sus efectos eran muy espectaculares: tras su ingestión el enfermo rompía a sudar y salivaba en grandes cantidades, llegando a producir hasta un litro de saliva.
Calculen ustedes que ahora se desaconseja la toma de atún y pez de espada por los niños y embarazadas por su contenido en mercurio, y la cantidad máxima detectada en estos peces es 100 veces inferior a la dosis que se solía administrar a los enfermos de sífilis.
Entre los sifilíticos ilustres recientes les citaré, entre otros, al compositor Donizetti, al pintor Van Gogh y el mafioso Al Capone. El mercurio para la sífilis se estuvo utilizando hasta mediados del siglo XX, en que Fleming descubre la penicilina.
Ya más cerca de nuestro tiempo, en el siglo XVII se hizo muy frecuente una enfermedad que provocaba unas fiebres cada tres o cuatro días, las llamadas fiebres tercianas, cuartanas o fiebres intermitentes, que con frecuencia acababan en la muerte. Hablamos del paludismo o malaria.
Imagino que ustedes ya saben cómo se trataba esta enfermedad… ¿No lo saben? … Pues como siempre, con sangrías y purgantes.
En 1638 Felipe IV envió como virrey del Perú al cuarto conde de Chinchón, que hizo el viaje acompañado de su esposa. Al poco de llegar, la condesa contrajo la malaria. El preocupado conde consultó a los más reputados médicos, que no hallaban solución. En esto, el confesor de la duquesa le informó que los indios trataban a sus enfermos de malaria con unos polvos obtenidos de la corteza de un árbol llamado quina.
El conde consiguió los dichos polvos y, por si acaso, los probó antes en unos enfermos de tercianas que había en el hospital. Los enfermos mejoraron y entonces se utilizaron en la condesa, que también mejoró. A su regreso a España el virrey se trajo el producto y su uso se difundió por toda Europa, donde fueron ampliamente prescritos como “los polvos de la condesa”.
El producto se usó también con el papa Inocencio X, enfermo de paludismo a la sazón, que al curar emitió una cédula dando instrucciones para su uso y cediendo el monopolio de su venta a los jesuitas, pasando a llamarse desde entonces “corteza o polvos de los jesuitas”.
Hasta el denostado tabaco no siempre fue rechazado por la Medicina. Desde su llegada de América, el tabaco se difundió por toda Europa y los médicos lo utilizaron para tratar diversas enfermedades, tales como el asma, mordeduras de animales, infecciones urinarias o trastornos intestinales. Por ello, al tabaco se le denominó “hierba santa”.
Sin embargo, esto no debió gustar a la Iglesia, ya que en 1621 el papa Urbano VIII dictó una bula excomulgando a todos aquellos que usasen una substancia, y cito textualmente, “tan degradante para el alma como para el cuerpo”.
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