Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

miércoles, 25 de mayo de 2016

3. Oir y escuchar


Viborera de canarias (Echium plantagineum)

    Los verbos oír y escuchar suelen usarse como sinónimos. Los dos hacen relación al sentido del oído, pero su significado esconde profundas diferencias. El primer verbo, oír, se define como la capacidad de “percibir con el oído los sonidos”. Implica simplemente que el oído sea capaz de captar las ondas sonoras que le llegan. Salvo en casos extremos de sordera, esta percepción se produce de forma automática: el tímpano vibra y las ondas producidas estimulan los receptores nerviosos correspondientes, produciéndose el fenómeno que denominamos audición. Ésta se produce en ausencia de nuestra voluntad, lo queramos o no. Oímos —si no media sordera— a nuestro pesar, y buena prueba de ello es la incapacidad que a veces sentimos para dejar de oír determinados ruidos molestos que, en ocasiones, dificultan nuestro descanso.
    Sin embargo, escuchar es cosa muy distinta. Según la academia escuchar es “prestar atención a lo que se oye”. Vemos pues que no se trata ya de un automatismo, de algo que ocurra sin nuestra colaboración, Se necesita el concurso de nuestra voluntad, se hace necesario realizar un esfuerzo para dirigir nuestra atención hacia aquello que estamos oyendo. Esta activación de la atención permite convertir lo meramente fisiológico —la audición— en una actividad del intelecto que permite aprehender el significado de lo oído.
    Esto, que en principio es aplicable a todos los sonidos, es especialmente relevante en lo que hace referencia al lenguaje, la forma más completa de comunicación entre seres humanos. Para comunicarse mediante el lenguaje la audición es condición necesaria, pero no suficiente. No basta con oír —con ser oyente—, hay que escuchar al que habla, es decir, prestar atención a lo que se oye, a lo que nuestro interlocutor está diciendo. Y este prestar atención supone una actitud determinada —la de escuchante—, una disposición a entender lo que estamos oyendo.
    La comunicación requiere una actitud activa por nuestra parte, que nos esforcemos en dirigir nuestra atención hacia el que nos habla. Otra cosa es que estemos dispuestos a realizar ese pequeño esfuerzo.

viernes, 20 de mayo de 2016

2. Comisiones de investigación



Ocaso

    En los más de 40 años de democracia hemos asistido a la creación de numerosas comisiones de investigación por parte del parlamento nacional y de los parlamentos autonómicos. Ante la ocurrencia de determinados hechos —considerados lesivos para los ciudadanos—, los partidos políticos consideran necesario poner en marcha una de estas comisiones. En principio la comisión de investigación pretende conocer la realidad de lo ocurrido, analizar las causas por las que ha ocurrido, valorar si los hechos hubieran sido o no evitables y, en caso negativo, estudiar si eran inevitables en sí mismos o lo han sido por la inadecuada aplicación de las actuaciones disponibles necesarias por evitarlos. Tras esto se espera que la comisión proponga medidas que impidan la repetición de los hechos y, si ello no fuera posible, minimizar los efectos negativos observados.

    Esto es lo que pensamos algunos. Pero es evidente que no es esta la forma habitual de actuar. Las comisiones de investigación, propuestas por los partidos políticos y constituidas por políticos de dichos partidos, parecen no pretender estos objetivos. Hemos podido observar hasta la saciedad que, en las distintas sesiones, lo que se pretende es erosionar al adversario político, haciéndolo responsable absoluto de los hechos, con la conocida técnica del “y tú más”. No recordamos a ninguna comisión de investigación que concluyera aclarando a la ciudadanía de forma simple lo realmente ocurrido —nótese que no recurro a la presuntuosa “la verdad”— y exponiendo de forma meridiana las medidas a adoptar en el futuro para evitar la repetición de los hechos. Y mucho menos aún que el informe final sea asumido por consenso de todos los miembros de la misma.

    Viene al recuerdo la comisión de investigación del Parlamento Noruego, constituida por independientes, creada tras el asesinato por parte de un psicópata de más de 60 ciudadanos de ese país, cuya finalidad fue “establecer qué es lo que ha funcionado bien y lo que ha funcionado menos bien». En poco menos de 6 meses la comisión informó de lo sucedido, los fallos de seguridad que había detectado —flagrantes en algunas actuaciones de la policía— y las medidas que, a su juicio, se debían adoptar tanto en el cuidado de determinados enfermos mentales, como en los fallos de seguridad detectados en el funcionamiento de las fuerzas del orden.

    Dada nuestra idiosincrasia, creemos que nuevas comisiones de investigación no tendrán un comportamiento muy diferente de lo visto hasta ahora. Va siendo hora de que dichas comisiones estén compuestas —de forma mayoritaria, si no exclusiva— por personalidades de reconocida independencia, honestidad y solvencia, que inspiren confianza en los ciudadanos y hagan propuestas de mejora. Otra cosa será la capacidad o no de los partidos para ponerse de acuerdo sobre quienes serían estas personalidades. Pero este es otro tema.

martes, 17 de mayo de 2016

1. Sinceridad


Amapola (Papaver roheas)

    Ser sincero es decir lo que se piensa o se siente. En nuestra sociedad la sinceridad es una cualidad que se considera como una virtud. Ser sincero es un valor positivo y su opuesto —ser insincero o, en cierto modo, mentiroso— es un valor negativo y, como tal, rechazado como virtud.
    Esto, que como principio general es válido, no siempre es así. Hay ocasiones en que ser sincero puede ser cruel. En situaciones excepcionales la sociedad acepta la denominada mentira piadosa como un hecho positivo. Pero no es necesario recurrir a situaciones límite. En la vida cotidiana hay también muchas ocasiones en las que decir toda la verdad —¡ay, la verdad! —puede ser inconveniente. Entre otras cosas porque a veces la verdad del que habla no es la verdad del que escucha.
    En el ejercicio de la sinceridad hay, como mínimo, dos interlocutores. Uno es la persona que está dispuesta a sincerarse y el otro es la que escucha las confesiones. Uno puede estar dispuesto a decir todo lo que piensa, pero no sabemos si el otro está preparado para oír todo lo que le digamos.
    En estas situaciones, por muy buenas que sean nuestras intenciones, la sinceridad puede contribuir más al alejamiento que al acercamiento. La noble intención de ayudar al otro con nuestras confesiones puede abrir una brecha entre los dos en vez de acercarnos a él.
    Como decía André Maurois, quizás ser sincero no sea decir todo lo que pensamos, sino no decir nunca lo contrario de lo que pensamos. La sinceridad solo puede ser entendida como virtud desde una perspectiva interpersonal, es decir, debe implicar la valoración del posible impacto en el otro de nuestras palabras, teniendo en cuenta hasta dónde podemos llegar sin herir a la otra persona.