Sin embargo, escuchar es cosa muy distinta. Según la academia escuchar es “prestar atención a lo que se oye”. Vemos pues que no se trata ya de un automatismo, de algo que ocurra sin nuestra colaboración, Se necesita el concurso de nuestra voluntad, se hace necesario realizar un esfuerzo para dirigir nuestra atención hacia aquello que estamos oyendo. Esta activación de la atención permite convertir lo meramente fisiológico —la audición— en una actividad del intelecto que permite aprehender el significado de lo oído.
Esto, que en principio es aplicable a todos los sonidos, es especialmente relevante en lo que hace referencia al lenguaje, la forma más completa de comunicación entre seres humanos. Para comunicarse mediante el lenguaje la audición es condición necesaria, pero no suficiente. No basta con oír —con ser oyente—, hay que escuchar al que habla, es decir, prestar atención a lo que se oye, a lo que nuestro interlocutor está diciendo. Y este prestar atención supone una actitud determinada —la de escuchante—, una disposición a entender lo que estamos oyendo.
La comunicación requiere una actitud activa por nuestra parte, que nos esforcemos en dirigir nuestra atención hacia el que nos habla. Otra cosa es que estemos dispuestos a realizar ese pequeño esfuerzo.

