Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

martes, 17 de mayo de 2016

1. Sinceridad


Amapola (Papaver roheas)

    Ser sincero es decir lo que se piensa o se siente. En nuestra sociedad la sinceridad es una cualidad que se considera como una virtud. Ser sincero es un valor positivo y su opuesto —ser insincero o, en cierto modo, mentiroso— es un valor negativo y, como tal, rechazado como virtud.
    Esto, que como principio general es válido, no siempre es así. Hay ocasiones en que ser sincero puede ser cruel. En situaciones excepcionales la sociedad acepta la denominada mentira piadosa como un hecho positivo. Pero no es necesario recurrir a situaciones límite. En la vida cotidiana hay también muchas ocasiones en las que decir toda la verdad —¡ay, la verdad! —puede ser inconveniente. Entre otras cosas porque a veces la verdad del que habla no es la verdad del que escucha.
    En el ejercicio de la sinceridad hay, como mínimo, dos interlocutores. Uno es la persona que está dispuesta a sincerarse y el otro es la que escucha las confesiones. Uno puede estar dispuesto a decir todo lo que piensa, pero no sabemos si el otro está preparado para oír todo lo que le digamos.
    En estas situaciones, por muy buenas que sean nuestras intenciones, la sinceridad puede contribuir más al alejamiento que al acercamiento. La noble intención de ayudar al otro con nuestras confesiones puede abrir una brecha entre los dos en vez de acercarnos a él.
    Como decía André Maurois, quizás ser sincero no sea decir todo lo que pensamos, sino no decir nunca lo contrario de lo que pensamos. La sinceridad solo puede ser entendida como virtud desde una perspectiva interpersonal, es decir, debe implicar la valoración del posible impacto en el otro de nuestras palabras, teniendo en cuenta hasta dónde podemos llegar sin herir a la otra persona.

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