Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 8 de diciembre de 2016

21. Actuar de oficio

 


Planta de felpa (Echeveria pulvinata)


Supongo que habrán visto y oído muchas veces en la televisión, en los numerosos juicios de ficción que nos ofrecen las series americanas, la frase de, por ejemplo, “El Estado de Nueva York contra Fulanito de tal”. Este pronunciamiento no es solo una pura formalidad. En el mundo anglosajón cuando un individuo comete un delito no solo ofende a la víctima del delito, sino que su acción va en contra de toda la comunidad, comunidad que reacciona de forma clara actuando contra él.

En el mundo latino las cosas también son legalmente así. También el que comete un delito viola una norma que la sociedad se ha dado, pero el énfasis no se pone en la agresión a la comunidad, sino que el protagonismo se le adjudica al ofendido, a la víctima.

A la primera forma de actuar la solemos llamar actuar de oficio, que es cuando toma la iniciativa la autoridad estatal, a diferencia de la segunda forma, que se suele llamar actuar a iniciativa de parte. Y quién toma la iniciativa en la defensa de la ley no es cosa baladí.

Pongamos un ejemplo. Si a las dos de la mañana usted llama a la policía porque sus vecinos están haciendo un ruido tremendo y no le dejan dormir —y la policía acude, aunque ese es otro asunto—, puede que al llegar la autoridad compruebe que, efectivamente, el jaleo es excesivo y que con ello se está incumpliendo la normativa de ruidos de la ciudad. En un caso así lo más probable es que los agentes no denuncien al que está incumpliendo con las normas legales. Si acaso le propondrán a Vd. que, como perjudicado, denuncie al vecino incumplidor. O sea, que se desplace a la comisaría más cercana y presente allí su queja formal. Porque en estos casos —y en otros parecidos— la autoridad no suele actuar de oficio, sino a iniciativa de parte. No bastará con que Vd. informe que se están transgrediendo las normas. No será suficiente con que los agentes comprueben que, efectivamente, se están violando las reglas de convivencia. Será necesario que Vd. se convierta en acusador.

Parece como si en estas situaciones la comunidad no se sintiera ofendida, como si la sociedad no se sintiera concernida. Como si el problema fuera de un particular y no del grupo. Y en estos casos no se considerará necesario actuar de oficio.

Mal asunto que el ciudadano de a pie tenga que esforzarse para que la autoridad haga cumplir las leyes que la propia sociedad se ha dado.

jueves, 24 de noviembre de 2016

20. El poder de las Administraciones Públicas

 


Arbol de jade (Cotyledon orbicular)

Las administraciones públicas españolas gastan el 19% del PIB en la compra de bienes y servicios a empresas privadas. Esto ha supuesto para el conjunto de España y para el año 2015 más de 200.000 millones de euros. 

En el ejercicio legítimo de su interés, las administraciones publicas establecen las normas que deben cumplir las empresas que quieran vender sus productos y servicios a las administraciones públicas. Los concursos que se convocan exigen que las empresas cumplan determinados requisitos legales: estar dadas de alta en el registro correspondiente, estar al corriente del pago de los impuestos, no haber sido sancionadas en los años previos, etc. 

Estas exigencias, que toda empresa sabe que debe cumplir para poder contratar con las administraciones públicas, pueden —dentro de la legalidad— ser modificadas, aumentadas o disminuidas por la administración, y de hecho así ha ido ocurriendo a lo largo de los años. 

Pero hay comportamientos de algunas empresas que no se ajustan a lo que la sociedad considera justo o adecuado. Así, contrataciones temporales repetitivas del mismo trabajador, publicidad engañosa, precios y condiciones abusivas, evasión de capitales, cláusulas suelo, intereses abusivos en los préstamos, despidos de personal en plena rentabilidad de la empresa, abuso de las horas extraordinarias, discriminación de la mujer, etc., son actuaciones realizadas con frecuencia por algunas empresas, que por otro lado cumplen con la legalidad exigida por los concursos públicos.

En estos casos es legítimo preguntarse si las administraciones públicas están haciendo todo lo que pueden —dentro de la legalidad— para estimular a aquellas empresas con mayor compromiso social y desincentivar a aquellas con un comportamiento menos comprometido con el hombre. En los pliegos de condiciones de los contratos pueden —y deben— figurar aquellas condiciones sociales que deben exigirse a las empresas que quieran obtener legítimo beneficio con el dinero público.

La capacidad de contratar por valor de más de 200.000 millones de euros al año parece una razón más que suficiente para que estas administraciones amplíen las exigencias de responsabilidad social a las empresas que quieran acceder a contratos públicos. Estos criterios deben estar en consonancia con lo que se supone que la administración desea: erradicar aquellos comportamientos inadecuados —cuando no claramente ilegales—que trabajan en contra del interés general, es decir del interés de los ciudadanos. 

Esto permitiría demostrar que la acción política puede contraponerse —al menos en parte—a los poderes económicos, y no estar permanentemente subordinada a ellos.

jueves, 3 de noviembre de 2016

19. Un intruso innecesario


 Albejana (Lathirus latifolius)

    A y B han quedado a tomar un café. Llevan tiempo sin verse y les apetece charlar un rato. A ya está sentado en la terraza. B llega unos minutos después y, tras dejar su móvil sobre la mesa, saluda efusivamente a A. Tras los saludos de rigor, B comienza a contarle a su amigo por donde se anda.

    Nada más empezar A oye unos silbidos que surgen del móvil de B. Éste desvía la mirada unos segundos, durante los cuales enmudece, y luego vuelve a hablar y a mirar a A. “¿Qué tal te va?” pregunta B. A está preocupado: “En nuestra empresa han empezado los despidos, el otro día largaron a García: ¿te acuerdas de García?”. “Si hombre” responde B, mientras su mano derecha coge el teléfono y desliza con maestría varias veces su dedo pulgar sobre la pantalla. “El otro día me lo encontré” dice B mostrando a su amigo la pantalla del móvil. A conoce a B y a García y no ve la necesidad de contemplar sus caras en una foto. A pesar de todo sonríe: “estáis muy favorecidos”, musita.

A reanuda su parlamento. El teléfono de B emite un rotundo clarín taurino. Este mira la pantalla y gruñe: “que pesada…”. Se lo lleva al oído y durante unos minutos comentan no sé qué de una talla de una camisa. Finalizada la llamada B explica: “perdona, era mi hermana, que me quiere comprar una camisa para Navidad y no recordaba mi talla”. ”¿Decías?” pregunta a A.

A reinicia su charla. Está preocupado porque le pueden despedir también a él y los niños aún no han dejado el nido. Ahora es un agradable arpegio el que reclama la atención de B. Mira el móvil unos segundos y, ante la mirada interrogante de A, aclara: “del banco, que ya me han ingresado la nómina”.

A tiene la sensación —el diría que la certeza— de que B quizás le oye, pero no le está escuchando. Siguen charlando entre silbidos y miradas de soslayo al móvil por parte de B. Finalmente se despiden, quedando en verse de nuevo uno de estos días.

A está convencido de que el móvil facilita la comunicación entre las personas. Pero considera que en su encuentro con B no ha sido así. En este caso el móvil ha sido un intruso innecesario.

martes, 1 de noviembre de 2016

18. Relato corto

 


Magnolia (Magnolia grandiflora)


    Luís Gómez cogía siempre el autobús a las 7 y 13 de la mañana. Al menos esa era la hora prevista en la lista de la parada, y la hora a la que a Luís Gómez le gustaría que llegara el autobús. Pero esto solo ocurría ocasionalmente, casi al azar. De todos modos, el intervalo horario en que se producía la llegada le permitía, habitualmente, estar en el banco a las 7 y 45, abrir la puerta y ocupar su mesa de Apoderado.

    Llevaba 25 años en la misma sucursal, hecho casi milagroso en los tiempos que corrían, y a sus 43 años no se veía con ganas ni fuerzas para empezar en otro sitio. De todos modos, eso no iba a depender de él, por lo que hacía tiempo que había dejado de preocuparse por ello. Cumplía rutinariamente con su trabajo, pensaba que ya no sabía hacer otra cosa. Aunque formalmente cerraban a las 3, él tomaba alguna tapa en un bar cercano y prologaba la jornada hasta finalizar todo el trabajo del día, lo que solía suceder sobre las 5 de la tarde.

    El regreso no era menos preciso. Hacia las compras en un supermercado que le cogía camino del autobús, previa elaboración minuciosa el día anterior de la lista de cosas que faltaban en casa.

    —Buenas tardes, Don Luís.

    La cajera solía cambiar de vez en cuando, pero el saludo era siempre el mismo. Se preguntaba como sabrían las nuevas cajeras su nombre. En el caso de la que despachaba las verduras o la de la zona de la charcutería se lo explicaba. Eran casi siempre las mismas. Pero las cajeras cambiaban con frecuencia. Tendría que preguntárselo algún día.

    —Tiene usted algún ticket regalo.

    La miró esta vez despacio. No creía haberla visto antes. Era una chica agraciada, pero lo que más le llamo la atención era el generoso escote que dejaba ver, a pesar del delantal donde figuraba el nombre de los supermercados, unos hermosos senos de un intenso color moreno, como toda su piel.

    —Don Luís. ¿Tiene usted algún ticket regalo? — la cajera casi ni le miraba.

    Creyó sonrojarse. Aunque la había oído, no la escuchaba. Ahora sus ojos se dirigieron a las largas piernas que asomaban por la exigua falda, que tampoco acertaba a cubrir el discreto delantal. No sabía si ella se había dado cuenta. Se sintió ridículo mirando aquellos senos y aquellas piernas. Pero no pudo evitarlo. 

    —No. Ya los gasté en la compra de ayer— respondió apresurado.

    Recuperó rápidamente su habitual compostura. Su cara, si es que había cambiado de expresión con la contemplación de aquella muchacha, volvió a ser la de siempre. Una cara agradable pero inexpresiva, que él conocía tan bien.

    —Ahí tiene usted la vuelta. Muchas gracias —. La chica miraba ya al siguiente cliente y empezaba a pasar por el escáner sus productos.

    Guardó las monedas en el monedero y recogió la bolsa con la compra. Salió azarado del supermercado y esta sensación le causaba displacer. No solía sentirse así. Su vida transcurría rutinaria, sin grandes altibajos desde la muerte de su madre ocho años antes y esta sensación le inquietó.

    Por un lado, pensó que era lógico. Encaminó sus pasos a la parada del autobús pensando que era normal que un hombre tuviera esas sensaciones. Pero no eran habituales en él y esto lo desconcertaba. Y menos a su edad. Aunque sabía que no era un viejo pensaba que ya estaba en una edad en que no era propio mirar así a una chica que no rebasaría los 20 años.


    Su madre fue una buena mujer. De eso estaba convencido. Aunque no siempre coincidían y tuvo que discutir con ella en más de una ocasión. Siempre estuvo a su lado y le cuidó cuando lo necesitó. Y siempre le advirtió de los peligros que le acechaban. Como aquella vez que él se empeñó en mantener la relación con aquella enfermera.

    —Esa chica no te conviene hijo. Es muy ligera de cascos. ¿No ves que sigue saliendo con sus amigos anteriores, a pesar de vuestro noviazgo? Si fuera una chica formal habría dejado de salir con otros hombres. Bien esta salir de vez en cuando con alguna amiga, pero no es decente salir con hombres cuando ya tienes novio.

    Él no tenía muy claro el tema. A él le gustaba Susana. Se lo pasaba bien con ella y coincidían en muchas cosas. Y eso que no pasaba de besarla de vez en cuando, tal y como su madre le había advertido. Aunque a veces ella no se conformaba con eso y pedía más. Y él en ocasiones se dejaba llevar y llegaba a tocar donde sabía que no debía 

    —Un hombre decente llega virgen al altar. Por eso, hijo, tienes que vencer las tentaciones y tratar a tu novia como a una virgen. No digo yo que de vez en cuando no os deis un beso. Pero eso que se ve hoy día de irse a la cama antes del matrimonio me parece una indecencia. Así van luego las parejas, que se divorcian a los pocos días de haberse casado. 

    Luís hacía siempre caso a su madre. A pesar de que las pocas veces que se extralimitaba con su novia notaba unas extrañas e intensas sensaciones sumamente agradables, que no sabría describir. No era como la masturbación. Eso lo conocía bien él y las sensaciones eran distintas. 

    En ocasiones así echaba de menos tener un padre. Pensaba que quizás con él podría hablar de otras cosas. Al fin y al cabo, los padres son también hombres. Pero con su madre era distinto. Tenía confianza, sí. Pero no era lo mismo. Había cosas de las que no se debía hablar con una madre. Y éstas eran de las de ese tipo

    Su padre se marchó de casa cuando él apenas tenía 3 años y su recuerdo era muy vago. 

    —Tu padre era un golfo. Siempre se comportó como un libertino. Y nos dejó a los dos con una mano delante y otra detrás.     Y gracias a mi esfuerzo hemos salido adelante.

    Esa era la explicación que le daba su madre cada vez que, de pequeño, preguntaba por él. Aunque en ocasiones tras esta coletilla inicial refería algunos detalles más que le permitieron ir conformando una imagen de lo que había sido —¿era aún? — su padre. Le contó que no tenía hermanos ni otros familiares conocidos y que era del norte. Vino a nuestra ciudad por un tema de trabajo y se conocieron en casa de un amigo común. 

    —Yo me enamoré enseguida, porque guapo lo era con ganas — contaba. —Pero todo lo que tenía de guapo lo tenía de golfo y mujeriego.

    El trabajo de su padre se prolongó más de lo previsto y tras unos primeros escarceos consolidaron un noviazgo corto, que acabo a los once meses en boda.

    —Un golfo y un libertino, ya te lo digo yo — insistía la madre — aún eres niño para entender ciertos temas. Pero tu padre era insaciable y pedía cosas que una mujer decente no puede dar. Por muy enamorada que este.

    El matrimonio duró casi cuatro años. Un buen día dejó de ver a su padre y su madre le explicó que había salido de viaje. No lo volvió a ver. Pasados los primeros años dejo de preguntar por él y su madre no lo volvió a mencionar.

La vida de los dos transcurrió normalmente. Ella en su trabajo administrativo en el Ayuntamiento y él en sus estudios, que finalizó con una Licenciatura en Derecho a los 22 años.

    Un buen día la enfermera le dijo que había conocido a otro hombre y que quería que lo dejaran. El no concebía que algo así pudiera suceder, después de casi dos años. Pero su madre se encargó de aclarárselo.

    —Ya te lo decía yo, hijo. Esa chica no era trigo limpio. El tiempo me ha dado la razón. Una mujer así no te merece. Tú vales mucho más que ella. Esa necesita otra clase de hombre. Y ya verás como tampoco acaba con ese. Esa chica no sabe lo que quiere.

    Lo pasó mal. Echaba de menos su compañía. Y también sus caricias, aunque esto no se pudiera decir en casa. Su madre arregló el tema en su trabajo y le planteo irse dos semanas de vacaciones. Hicieron un viaje a Egipto que les encantó. Al regreso el recuerdo era menos doloroso. Para colmo, en los días siguientes tuvo su primera oferta de trabajo, en el mismo banco en el que continuaba. Y el comienzo a trabajar, con jornadas interminables de las que llegaba sumamente cansado a casa hicieron el resto. Al año había ascendido en el banco y la enfermera era solo un vago recuerdo. 


    Iba llegando a la parada de autobús. Estaba inquieto y disgustado consigo mismo. No acababa de entenderse. La escena del supermercado había sido improcedente y no debía haber ocurrido. La verdad es que llevaba bastante tiempo inquieto, distinto a lo que era en él habitual. Sus rutinas se habían alterado y tenía sensaciones que no recordaba haber tenido, o si las tuvo fue hace ya mucho tiempo.

    —Quizás la culpa sea de la chica del autobús — se dijo de forma imprevista. 

    No recordaba con detalle cuando la vio por vez primera, aunque debió ser por enero. La verdad es que esta precisión la pudo establecer después, cuando se esforzó en hacer memoria. Sí recordaba que cuando subió al autobús, dos paradas después de la de él, le llamo la atención fugazmente el color y tamaño de sus ojos, inmensos, azules claros, tan claros que casi parecían blancos.

    En los días posteriores se reprodujo el encuentro de forma irregular, como si encontrara dificultades para adaptarse a un horario fijo. Pero algunas semanas después cogió su ritmo y sistemáticamente coincidía con ella en el autobús que debía ser el de las 7 y 13, aunque no siempre era así. 

    Al principio venia sola pero pronto empezó a estar acompañada de otra chica, algo más baja y de tez muy morena. La de los ojos claros debía tener como 20 o 22 años y era de estatura media tirando a alta. La tersura de su rostro blanco destacaba por encima de la bufanda de colores vivos que, habitualmente, traía al cuello. Una cara algo redonda quizás, con labios rojos, carnosos, donde los pómulos y un escueto pero rotundo mentón le daban una cierta fuerza, que no se percibía de entrada. Su pelo, de un rubio casi albino, era corto, permitiendo ver unas pequeñas orejas sin agujeros. Pero lo que destacaba realmente eran los ojos. Unos ojos grandes, de una claridad diáfana, ojos que le daban un toque de dulzura a aquel rostro que le pareció en principio algo frío.

    Luís Gómez se asombraba de la nitidez con que la podía describir. Su timidez le impidió mirarla de frente durante semanas. Aun así, pudo percibir que el largo y raído abrigo que usaba al principio fue pronto sustituido por un anorak azul, corto, que dejaba percibir el ajustado vaquero por debajo de la cintura, pantalón que silueteaba un hermoso cuerpo.

Paso semanas observándola a hurtadillas. Adoptaba las posiciones más estúpidas para poder mirarla sin que ella lo percibiera. Los minutos que pasaban en el mismo autobús, hasta que él se bajaba en su parada, le permitieron ir cogiendo confianza. La habitual acompañante era una joven dicharachera, que solía pasarse el camino hablando y riendo. Sin embargo, ella guardaba silencio habitualmente. No obstante, de vez en cuando reía ante algún comentario de su acompañante y entonces su cara se trasfiguraba, arrebolándose sus pómulos y apareciendo una sonrisa tímida que a él le parecía encantadora.

Cuando subía al autobús avanzaba por el pasillo hasta situarse en la plataforma delantera, mientras que ella, — ¿cuál sería su nombre? — cuando lo hacía dos paradas después con su amiga, se quedaba en la trasera o, los días en que estaba menos lleno, a la mitad del pasillo. En más de una ocasión estuvo tentado de quedarse rezagado y así estar cerca de ella cuando subiera. Pero algo le impedía hacerlo. No le parecía lógico, quizás, quedarse en la plataforma trasera cuando el conductor invitaba continuamente a pasar a la plataforma delantera para dejar sitio a los que venían detrás. 

En una ocasión estuvo a punto de acercarse. Fue cuando vio que un cuarentón —¡Dios, un cuarentón, y él tenía cuarenta y tres! — se colocó detrás de ella y empezó a acercarse excesivamente. Pudo ver la cara de disgusto de la chica y las varias miradas de desagrado que le dirigió al hombre que se acercaba demasiado a ella. La sangre se le agolpó en la cara. La ira fue creciendo en su interior. ¡Cómo se atrevía aquel desgraciado! Estaba a punto de hacer algo cuando la joven que la acompañaba habitualmente se ladeó un poco y propino un fuerte codazo en el vientre al hombre. Este estuvo a punto de protestar, pero la actitud de las víctimas y de otras mujeres que estaban a su lado le hizo desistir. Se bajó en la primera parada y la normalidad, la deseada normalidad, volvió para Luís.


Después de la enfermera hubo algunos conatos de relación. La verdad es que se sentía cómodo con su vida, perfectamente medida, donde todo estaba controlado. Por las mañanas al trabajo y a las seis, cuando regresaba a casa, su madre le tenía siempre preparado algún plan. Un día era ir de compras. Otro acompañarla a la modista para arreglarse un vestido. Otros a merendar a Ochoa. Algunas noches la acompañaba al bingo, y otras iban al cine. Los fines de semana, especialmente en el verano —que descansaba los sábados—, iban al pueblo a ver a algunas de las hermanas de su madre.

A pesar de ello inició algunas relaciones. Una de ellas fue con una cajera nueva que llegó a la sucursal donde trabajaba. Era una mujer algo mayor que él, pero no mucho. Quizás tuviera 28 o 30 años. Era morena, con pelo largo, y algo delgada para el gusto de Luís. Pero era una chica agradable y pronto surgió entre ellos una cierta simpatía que acabó cristalizando en una cita. Su madre se alegró de ello.

—Es una buena noticia hijo —le dijo. Un hombre no debe estar solo. Además, por ley de vida, yo algún día faltaré y es mejor que tú estés acompañado. De todos modos, por lo que me cuentas, parece algo mayor para ti. No sé si encajareis. Ya me contarás.

En las sucesivas ocasiones en que salieron la cosa no cuajó. El seguía pensando que era muy delgada y su madre insistiendo en lo que les separaba y evitando lo que les unía. A los pocos meses la compañera fue trasladada de sucursal y al darse el beso de despedida Luís supo que sería la última vez que la vería. Y así fue.

Hubo dos más —¿o quizás fueron tres?—. Ya no lo recordaba. La que no era excesivamente ardiente —en opinión de su madre— era aburrida, o no se amoldaba a su ritmo de vida y quería siempre hacer cosas distintas. Lo cierto es que, tras estas experiencias, a los 30 años, dejo de pensar en las mujeres como algo más que compañeras de trabajo, clientas o empleadas de supermercado que eran, además de su madre, las únicas personas del otro sexo que frecuentaba.

Otras experiencias con mujeres tampoco fueron gratas. Pasados dos años de la muerte de su madre se decidió a acudir a una convención que había organizado el banco para premiar a las sucursales más eficientes. Él fue uno de los afortunados. No le convencía mucho la idea de compartir algo que no fuera el trabajo con personas a las que no conocía, por muy empleados del banco que fueran. Pero sus compañeros de sucursal le insistieron.

—No seas aburrido, Luís —le dijo el director—, todo en la vida no es trabajo. Aprovecha la oportunidad que te brinda la empresa.

—Después de lo de tu madre te vendrán bien unos días relajados. Estas muy encerrado en ti mismo —argumentaba Méndez, el cajero, con el que tenía más confianza— y la vida se va deprisa.

Aceptó la propuesta. El viaje fue agradable y las instalaciones en la costa sur de Tenerife muy acogedoras y dotadas. Al segundo día, tras la cena y copas consiguientes, algunos compañeros de las sucursales de su ciudad se empeñaron en acudir a un cabaret. Luís puso todo tipo de excusas para no ir y volver al hotel, pero la insistencia de los compañeros y la moderada euforia que le provocaban las copas ingeridas, le hicieron aceptar. La juerga se prolongó hasta bien entrada la madrugada. Desde la llegada estuvieron rodeados de mujeres que charlaban y reían, además de beber abundantemente. Las manos de unos y otras estuvieron ligeras y, poco a poco, los compañeros se fueron retirando, cada uno con una mujer, a los reservados. Luís quedó al final sólo, con una chica que le insistía en seguir tomando copas… y en algo más.

—Si quieres podemos pasar a un reservado. Tus compañeros ya lo han hecho. Ya sabes que eso es aparte, pero no es caro. Además, estoy segura de que no te vas a arrepentir.

Luís no estaba muy seguro de lo que quería. El alcohol iba diluyendo progresivamente sus resistencias y las hábiles manos de la chica en su entrepierna hicieron el resto. Pasaron también a un reservado. No recordaba bien lo que pasó aquella noche, pero la experiencia no debió ser atractiva, ya que no la repitió. Sus necesidades sexuales, que las tenía de vez en cuando, se las solventaba solo, sin el auxilio de nadie.

 

El tiempo fue pasando y Luís Gómez se sorprendió a si mismo deseando que llegara el autobús a la parada de ella para verla subir. La inquietud que le atenazaba al despertar, y que a veces le hacía despertarse antes de que sonara el despertador, cesaba cuando ella aparecía. Era como si sus grandes ojos azules tuvieran poderes hipnóticos y lo serenaran. Y eso que solo los atisbaba, ya que no se permitía mirarlos de frente y prolongadamente, como hubiera sido su deseo.

Con el tiempo se dijo que aquello no tenía sentido.

—¿Por qué no voy a poder mirarla? No es necesario hacerlo descaradamente, pero tampoco estar siempre evitándolo —se sorprendió diciéndose, como si fuera su madre.

 Así que se cargó de decisión y un día se permitió mantener la vista, en una de las ocasiones que el azar quiso que sus miradas se cruzaran. Fue una mirada fugaz, breve, pero muy intensa. Luís no se podía permitir —o simplemente no podía— mantener aquella mirada sin azararse. Sin embargo, sí pudo comprobar que la joven era capaz de mantenerla, y sentirse observado por ella hizo que el corazón estuviera a punto de estallarle de puro nerviosismo.

Aquel día trascurrió con una lentitud desesperante. El trabajo parecía no tener fin y Luís se dio cuenta que su cabeza estaba en otro sitio. El cajero pudo comprobar, sorprendido, que el visto bueno al cierre de caja fue casi instantáneo y, tras las firmas imprescindibles, a las 3 de la tarde decidió irse.

—No me encuentro bien, Ángel—dijo al director—si no te importa quisiera irme antes. Mañana terminaré lo que queda.

El director, aún más sorprendido que el cajero, se preocupó.

—¿Qué te pasa? ¿Quieres que te acompañe alguien al médico? Era tan insólita la petición —jamás había llegado tarde o faltado por enfermedad— que su sola formulación le produjo alarma.

—No es nada, no te preocupes. Se me pasará. Esta noche no he dormido bien, eso es todo.

El director insistió de nuevo. Pero Luís fue rotundo. No era necesario nada más. Recogió sus cosas y salió del banco.

El camino hasta casa se le antojó interminable. El caso es que no sabía por qué. Se sentía inquieto, nervioso, pero no encontraba una clara causa. Llego a casa, se duchó y, con ropa cómoda, se sentó en su butaca de orejeras. Encendió la televisión. La locutora intentaba que el entrevistado le explicara si se había acostado o no con la mujer de Arteaga, el actor. —¡Y a mí que me importa! —se oyó decir. De pronto se dio cuenta de que no había comido. En la nevera no había gran cosa. Hoy no había hecho la habitual compra en el supermercado.

—¿Qué me está pasando? — balbuceó—, yo debía haber pasado por el supermercado a hacer la compra. Siempre la hago. ¿Por qué hoy no? Cogió un yogur y lo abrió. Cuando tenía la cuchara en la boca percibió que no había comprobado la fecha de caducidad. ——¡Dios, estoy totalmente alterado! —. Dejó el yogur y se sentó de nuevo. —¡Debo serenarme! — se dijo—¡No puedo seguir así! —.

    De pronto su cabeza se llenó con la imagen de ella. La vio rubia, con sus grandes ojos claros que lo miraban fijamente, con su camiseta ajustada señalando aquellos dos hermosos senos, su vientre liso, sus piernas largas enfundadas en los siempre ajustados vaqueros. Aquella visión pareció serenarlo. Se deleitó en el recuerdo de su imagen, sin temor a que nadie lo sorprendiera entregado a ello. Su menté se pobló de mil y una escenas en las que ella estaba siempre presente. La recordó con todas las ropas que había llevado a lo largo de aquellos seis meses, sonriendo, riendo abiertamente a veces, y enseguida él se vio dentro del ensueño, con ella, hablando con ella —¡Dios, como se llamará! —, paseando con ella, abrazándola, besándola, amándola.


    Decidió que aquello no podía seguir así. Él tenía cuarenta y tres años, pero ella no era menor de edad… o eso parecía al menos. Tenía que hacer algo. La inquietud le devoraba cada mañana y había empezado a dormir mal por las noches. Era evidente que no podía seguir en la misma situación. Así que, a pesar de su timidez, decidió que tenía que acercarse e intentar hablar con ella.

    Como si de una operación militar se tratara, diseñó toda una estrategia. Primero procuraría estar cerca de ella y luego intentaría entablar una conversación. Para cumplir el primer objetivo aquella mañana decidió quedarse en la plataforma trasera, a pesar de las insistentes llamadas del conductor.

    —Pasen a la plataforma delantera señores. Hay sitio libre. 

    —Y un rábano— se dijo Luís como intentando animarse. —Hoy me quedo aquí—. Su corazón latía más deprisa de lo habitual, y acabó desbocándose cuando la vio a través de los cristales, en la parada. Subieron como siempre, ella y su compañera, charlando y riendo. Le pareció entrever que la morena lo miraba con atención, pero fue una sensación fugaz.                      Los viajeros que subían desplazaron a los que ya estaban, y ella quedo frente a él. Estaba atenta a las palabras de su amiga y no lo miro durante un buen rato. Luego sus miradas se encontraron y el creyó ver —¿Dios no puede ser verdad! — un atisbo de sonrisa en sus ojos.

Los días se sucedieron deprisa. Luís se dio cuenta que ya solo vivía para el viaje matinal en autobús, pero no le importaba. Ya sabía porque estaba tan inquieto. Era ella la causa. Y esto, aunque no le tranquilizaba del todo, si le llenaba de una extraña sensación nunca sentida antes.

La cercanía en la plataforma le permitió comprobar que no eran españolas. No le resultaba familiar la lengua que utilizaban por lo que dedujo —sin ninguna base firme— que debían de ser del este de Europa. En la retahíla de palabras que utilizaban no acertaba a distinguir alguna que le sonara a un nombre, por lo que seguía preguntándose cómo se llamaría aquella criatura que había alterado de tal forma su vida.

Pocos días después, la insinuada sonrisa de la chica en respuesta a su mirada se transformó en una sonrisa franca, que compartía con la amiga morena. No daba crédito a lo que veía. ¡Ella le había sonreído! Volvió a sentirse ridículo. Un hombre de su edad nervioso como un chaval porque una chica, de 20 años menos, le había sonreído. Sin duda era simple educación, llevaban coincidiendo en el autobús más de cinco meses.

Pero algo en su interior no quería verlo así. Empezó a pensar que la sonrisa no era solo cortesía, sino que ella también se sentía atraída por él o… al menos no le era indiferente. —Creo que no estoy mal— reflexionó. —No he engordado, el pelo aun lo tengo negro y no creo que mi cara sea especialmente fea— se decía mientras la miraba arrebolado, ya sin precauciones. 

—¿Por qué no puedo resultarle atractivo a una chica de esa edad? A veces les gustan algo mayores.

—¿Por qué no puede ser ella una de esas chicas a las que les gustan algo maduros?

Su imaginación volaba y veía todo tipo de posibilidades. Se veía invitándola a salir, yendo a cenar, al cine… Y besándola. Besando aquella cara de perfecto ovalo, aquellos cabellos rubios, aquellos ojos azules. Y aquellos labios que dejaban entrever aquella sonrisa que tanto le había turbado.


Las mañanas se convirtieron en el mejor momento del día. Cogía el autobús con la ilusión de verla… y la veía. Incluso le sonreía cuando él la miraba y sonreía a su vez. Sintió que tenía que seguir avanzando, que tenía que hacer algo más. Así que un día se decidió y al subir ellas al autobús les dijo.

—Buenos días. 

—Buenos días—, respondieron las dos a coro con un marcado acento extranjero.

Y aquello fue el preludio de la felicidad. Cada día el formal saludo suponía para Luís el momento más placentero del día. Obtener su saludo y lograr su sonrisa se convirtieron en un acto que en sí mismo justificaba una nueva jornada.

—Esto no puede dejar de ocurrir—, se dijo. —Estamos en julio y el mes que viene son las vacaciones. Tendré que dejar de verla—. La sola idea le ponía de mal humor. No estaba dispuesto a consentirlo. Aquel año, por primera vez en su vida, decidió posponer sus vacaciones.

—Las vacaciones de este año me las tomaré en otoño, si no hay inconveniente por parte del banco— le dijo a Ángel, el director.

—Ya sabes que las normas son tomarlas en verano. No sé si te las podrás tomar todas en otoño, Luís. 

—Bueno, si no me las puedo tomar todas en otoño no me importa. Este año no estoy muy animado—, respondió con sinceridad.

 

Los veinte minutos diarios en el autobús, en la plataforma trasera, a veces progresando hacia la delantera conforme se quedaba vacío el autobús, fueron convirtiéndose en un rito deseado. Durante el trayecto empezaron a hacer algún comentario banal, que ellas formulaban con su marcado acento extranjero.

- Este mes de septiembre esta siendo muy caluroso –dijo Luís, haciendo un esfuerzo para vencer su timidez.

- Verdad. Más que agosto –respondía la morena

Otras veces era sobre el autobús

- Hoy parece que vamos algo atrasados

- Si nunca es a su hora- respondía la amiga con su fuerte acento.

Casi nunca respondía ella. Aunque si podía oír su voz de vez en cuando, al responder a su amiga.

No sabía porque nunca le preguntó su nombre. O su nacionalidad. Los días se sucedían y lo único importante era coincidir con ella y poder cruzar unas miradas, unas sonrisas o unas palabras.


Las tardes se fueron haciendo insoportables. Ni la televisión, ni la lectura ni la música conseguían borrar de su mente la omnipresente imagen de ella. Tenía que hacer algo. Tenía que tomar una decisión. Era evidente —al menos eso creía— que a ella no le resultaba indiferente. Ahí estaban las sonrisas y la forma en que lo miraba. Por lo tanto, si a ella no le resultaba indiferente y estaba claro que él estaba muy interesado, tenía que hacer algo. ¿Interesado? ¿Era solo interés? 

Se veía a sí mismo en las largas noches de insomnio. Se veía inquieto como un colegial hasta que la encontraba en al autobús. Incluso había dejado de tener que recurrir a ayudas externas para darse placer en solitario. Todo lo llenaba ella. Era obvio, se repetía, que tenía que hacer algo.

Pero, ¿Qué hacer? Invitarla a salir. Podría. Pero qué sentido tenía salir. Él no quería salir solo por salir. Él quería salir siempre con ella, para siempre. Y es claro que la diferencia de edad iba a hacerlo imposible. Creía gustarle, pero ¿le gustaba de verdad? ¿Aceptaría ella tener una relación con un hombre que le llevaba más de 20 años? Pero bueno, ¿a dónde iba? Primero habría que conseguir que aceptara salir, luego ya se vería si aceptaba una relación estable. Por otro lado, imaginaba que ella tendría unos padres. ¿Qué pensarían esos padres de que su hija saliera con un hombre tan mayor? ¿Qué diría ese padre al ver a un hombre de su edad, que podía ser el padre de la niña, pidiendo su mano? Otra vez estaba disparatando. Ya hablaba de matrimonio y aún no había obtenido el sí para una primera salida.

Recordó a su madre. Ella sin duda habría tenido una respuesta para todas esas preguntas. Pero de pronto pensó que a lo mejor las respuestas no iban a ser de su agrado. No creía que su madre aprobara una relación que ella calificaría de inadecuada. Y lo más curioso era que no le molestaba esa posibilidad. De forma novedosa se vio pensando en su madre y su opinión negativa, que la tendría, le traía sin cuidado. No le importaba en absoluto.

Aquella noche del domingo al lunes no pudo dormir nada. A la ausencia de su visión durante los dos días del fin de semana se unían las preguntas sin respuesta que se sucedían unas tras otras. Se levantó a beber agua y pudo comprobar que tenía una erección. Creyó que aliviar la tensión le tranquilizaría y le permitiría conciliar el sueño. Fue en vano. Una hora después de los últimos jadeos seguía despierto.

—Esta noche podríamos salir de tapas— pensaba que le diría. Repetía hasta la saciedad las supuestas expresiones con diversas entonaciones. Iba seleccionando unas y al poco las descartaba por inapropiadas, sustituyéndolas por otras que a su ver eran eliminadas a continuación.

—¿Dios, que decir! 

Se le ocurrió —Si esta noche no tienes nada que hacer me gustaría invitaros a tomar unas copas.

Pero ¿por qué invitaros? ¿También a la amiga? Decidió que sí, que sería bueno incluir en la oferta a las dos. Así quizás ella se sintiera más segura. ¿Pero a tomar unas copas? ¿O mejor ir al cine?

—Me gustaría que saliéramos un día—, así, sin concreción, le pareció más eficaz. O quizás mejor.

—Dado que llevamos ya tanto tiempo viéndonos me vais a permitir que os invite hoy a salir, si podéis.

El despertador sonó, como siempre, a las seis y media, cuando Luís ya se estaba afeitando, tras la ducha. Se puso la colonia que había comprado la tarde anterior.

—Es muy sugerente—, le había dicho la vendedora.

Terminó de vestirse y salió a la calle sin desayunar. Había tomado una decisión y aquella mañana sería el principio de una nueva era.


Llegó al autobús sin ninguna opción verbal decidida. —Espero que me salga algo, y no me quede callado como un escolar en un examen—. Tras picar el billete se quedó en la plataforma trasera, con disgusto del conductor. Solo eran dos paradas, ¿800 metros?, pero le parecieron interminables. Al llegar a la parada de ella su corazón latía apresuradamente y un pellizco se había instalado en su estómago.

De pronto le dio un vuelco el corazón. En la parada estaba solo la amiga, pero no ella. ¿Estaría enferma? ¿Qué le habría pasado? Nunca había faltado desde que le cogió el ritmo al autobús. Desde luego que tendría que ir a verla. Le preguntaría a la amiga.

La chica morena subió y, como ya iba siendo habitual, le dijo buenos días con su peculiar acento. El autobús arrancó bruscamente y la señora de la bolsa que estaba delante de él le clavo el hombro en el pecho.

—Perdone—, se disculpó.

Luís ni le respondió. Su mente estaba concentrada en la chica morena que hoy había venido sola. Le parecieron estúpidas todas las palabras que traía preparadas. No había previsto esta situación y no sabía qué hacer. Era evidente que tenía que preguntarle por ella.

—¿Y…? — fue capaz de formular. No le salió nada más. 

—Amiga mía, Sonia—dijo la amiga, dando por sentado que él se refería a ella. —Ayer fue a casa. Sus padres llamaron viernes para que regresara y tuvo que irse ayer.

¡Sonia!, por fin. ¡Oh Dios! No daba crédito a lo que estaba oyendo. Se había ido. No podía ser que ella se hubiera ido. ¿Y a dónde? No sabía ahora más que su nombre y que era extranjera. Pero ¿A dónde se había ido? No lo podía creer.

El autobús dio la vuelta en la rotonda y se paró en la parada habitual de ellas. No podía quedarse así. Tenía que saber algo más. Saco fuerzas de flaqueza.

—¿Me permite que me baje con usted y la acompañe? Me gustaría saber algo más de Sonia.

La chica lo miró como incrédula. No esperaba esta propuesta, sin duda.

—Trabajo cerca de aquí— respondió, como si aquello fuera una aceptación.

Bajaron del autobús y empezaron a caminar en dirección a Rosales. Luís se situó a la izquierda de la chica, que tuvo que pasarse el bolso que llevaba a la mano derecha para no tropezar con él.

—Así que su amiga se ha ido.

—Sí, ayer domingo. Sus padres llamaron viernes diciendo que ya estaba todo arreglado y que tenía que volver. La boda dentro de un mes.

Un mazazo en la cabeza de Luís hubiera sido menos eficaz que aquellas palabras. Quedó aturdido. No entendía nada. Hizo un auténtico esfuerzo para que sus palabras sonaran normales.

—¿Boda? No sabía que fuera a casarse—. Una evidente estupidez, él no sabía nada de nada de ella

—Si. Padres acordando matrimonio desde hace tiempo. Ellos no mucho dinero y oferta era buena. 

—¿Oferta? —, dijo Luís que no salía de su asombro. La miró de forma interrogativa. La chica prosiguió.

—Bueno, en Croacia cosas diferentes que aquí. Sonia y sus padres viven montañas. Campesinos. Allí matrimonios muchos son arreglados por padres. Si novio bien de dinero y buen hombre eso bueno para todos.

—¿Quiere decir que Sonia se va a casar con un hombre por dinero? ¿Ella está de acuerdo?

—Ella obedece padres. Ellos quieren bueno para ella y para todos.

Un chaval en una moto pasó al lado, casi rozando el bolso de ella.

—Pero ¿en ese matrimonio va a ser feliz?

—Bueno, eso no lo más importante. Ella no conoce novio, pero padres dicen que es bueno.  Y bien situado. Es alcalde de pueblo y no muy mayor. Solo tiene 50 años.



viernes, 28 de octubre de 2016

17. Inauguraciones y mantenimiento


Matagallo (Phlomis purpurea)


Para dar un adecuado servicio a la ciudadanía las diferentes administraciones dotan construcciones, instalaciones y servicios. Fruto de la evolución económica y de las exigencias de los ciudadanos estas dotaciones han ido creciendo a lo largo de la historia.

En el caso de las construcciones, sea cual sea su tipología y finalidad —y dejando al margen el espinoso asunto de las construcciones innecesarias, motivo de otro artículo— todas tiene un acto inicial, que es la inauguración, que va seguido de un uso y, a plazo más o menos largo, de un deterioro.

El acto inaugural suele ser un momento gozoso, que cuenta con la anuencia de los ciudadanos y la publicidad —más o menos espontánea— de los medios. Es una buena oportunidad para el lucimiento de las personas, los administradores, los partidos, etc. Pasado el tiempo la instalación se irá deteriorando. Necesitará tiempo y dinero —siempre dinero— para seguir siendo útil para el fin creado. Y aquí quizás tengamos algo que aprender.

El mantenimiento —conjunto de operaciones y cuidados necesarios para que instalaciones, edificios, industrias, etc., puedan seguir funcionando adecuadamente— es una actividad que, entre nuestros gobernantes, no suele gozar de gran predicamento. El sostenimiento en buen estado de funcionamiento de las instalaciones es una labor diaria, callada, rutinaria si me apuran, de poco brillo. Todo lo contrario de las inauguraciones.

No vamos a negar que en los últimos años se han dado avances en este tema. Empiezan a aparecer programas de mantenimiento preventivo en ciertas áreas de la actividad de las administraciones, algunos con gran éxito. Pero todavía sigue siendo lamentablemente frecuente que las cosas se dejen ir poco a poco hasta que no sirven —o lo hacen muy mal— para el fin que fueron creadas. Llegados a este punto se hacen grandes planes de reforma integral para los que se necesitarán grandes cantidades de dinero, que acaso no hubieran sido necesarias si la instalación se hubiera mantenido adecuadamente.

Somos un país desarrollado. Quedaron atrás los años en que casi todo estaba por hacer. Ya tenemos muchas instalaciones que dan servicio a la ciudadanía. Serán necesarias todavía algunas más y sustituir las obsoletas. Pero el reto no está ya tanto en las inauguraciones —con su pompa y su brillo— sino en mantener en correcto funcionamiento lo mucho que ya tenemos. Aunque la labor sea menos brillante, nuestras autoridades deberían entenderlo así.

martes, 18 de octubre de 2016

16. Cualidad y cantidad

 


Lirio azul (Iris xiphium)

En su primera acepción, cualidad es el elemento o carácter distintivo de la naturaleza de alguien o algo. En el caso de las personas las cualidades son aquellas características que constituyen nuestro ser, las que nos definen y nos permiten diferenciarnos unos de otros.

Aunque habitualmente la palabra cualidad se vincula a aquellos aspectos que socialmente consideramos positivos, es evidente que las cualidades de una persona pueden ser valoradas como positivas o negativas, sin que por ello dejen de ser cualidades. A título de ejemplo, la generosidad es una cualidad de la persona que consideramos positiva, y la fealdad es una cualidad que solemos considerar negativa.

El número de cualidades que puede poseer una persona es casi infinito, tanto físicas —altura, color de la piel, de los ojos, etc.— como psíquicas —tranquilidad, sociabilidad, inteligencia, etc.—, aunque hoy quisiéramos centrarnos en algunas de las cualidades psíquicas —psicológicas si lo prefieren— más utilizadas para definirnos en las conversaciones habituales. En la mayoría de los casos valoramos las cualidades en sentido absoluto: así decimos que una persona es lista o tonta, generosa o tacaña, comunicativa o insociable, expresando así que son poseedoras, o no, de dicha cualidad. El tonto carecería de inteligencia y el tacaño carecería de generosidad.

Sin embargo, este es un planteamiento erróneo. Las cualidades no se tienen, o se carece de ellas, de forma absoluta. Hay gradaciones, y es la cantidad que poseemos de dichas cualidades lo que mejor nos define. Esto ya fue objeto de estudio hace años en el caso de la inteligencia. Se idearon los test de inteligencia para medir la cantidad de esta cualidad que tenían los individuos. Pero no sucede así con la inmensa mayoría de las cualidades.

La experiencia demuestra que todos podemos exhibir cualquier cualidad, dependiendo de las circunstancias concretas. Una persona amable puede ser grosera en algún momento de su vida, y no por ello deja de ser estimado como amable.

Parece pues que todos tenemos las mismas cualidades, pero lo que nos diferencia es la cantidad de esa cualidad que poseemos. Incluso aquellas cualidades que calificamos de negativas son exhibidas en algún grado por todas las personas. La cantidad de la cualidad es la que nos califica.

Quizás el problema esté en ponernos de acuerdo sobre la cantidad de una cualidad que es necesaria para definirnos de una forma u otra.


martes, 4 de octubre de 2016

15. El Plan Bolonia


 Margarita de la lluvia (Dimorphoteca pluvialis)

 

El denominado Plan Bolonia —Espacio Común Europeo de Educación Superior—surge tras la comparación realizada por las autoridades europeas entre el nivel alcanzado por las universidades anglonorteamericanas y las europeas.

En los diversos rankings que circulan sobre el nivel de calidad de las universidades en el mundo —cuya metodología puede ser discutible pero cuyos resultados son básicamente coincidentes— las universidades europeas, y especialmente las españolas, no salen muy bien paradas, ocupando lugares medios-bajos en las distintas clasificaciones.

Aunque esto no fue siempre así —hasta las Segunda Guerra Mundial las universidades referentes del mundo eran todas europeas—, a partir de los años cincuenta del pasado siglo este equilibrio se inclinó progresivamente hacia el lado inglés y norteamericano de la balanza.

Ante este problema se propuso hace ya más de 10 años un cambio en la formación universitaria europea. Se trataba de acercarla al modelo norteamericano, instituyendo una formación universitaria básica —el grado—, a semejanza de la que se obtiene en los college norteamericanos, de tres o cuatro años de duración, y potenciar los estudios de postgrado. Así los universitarios obtendrían una formación general que les capacitara para enfrentarse al mundo del trabajo —aprender a aprender—, mientras que los estudios de posgrado quedarían reservados a las profesiones clásicamente universitarias.

Pero el cambio en la duración de los estudios no es el único, ni siquiera el más importante, cambio propuesto. El plan modifica el sistema de créditos para las asignaturas y las carreras. La reforma establece una nueva definición del crédito. En lugar de medir las horas de clase, la nueva unidad de medida son las horas de trabajo del alumno, que incluye clases, prácticas, estudio personal, tutorías, exámenes, etc.

La propuesta pone el foco de la enseñanza en el aprendizaje por parte del alumno en lugar de en las horas de clase del profesor. Esto conlleva un profundo cambio en la actividad de los profesores, cuya labor fundamental pasa de dar las clases a evaluar el trabajo del alumno y las capacidades adquiridas por el mismo. Para ello, además de un cambio de mentalidad de buena parte del profesorado, hace falta dinero para dotar al profesorado y reducir el número de alumnos asignado a cada profesor.

Muchos nos tememos que, una vez más, nos vamos a quedar en las hojas —reducir la duración de la formación— y vamos a descuidar el rábano —enseñar a los alumnos a aprender, dar al alumno el protagonismo de su aprendizaje—. Ojalá no sea así.

jueves, 15 de septiembre de 2016

14. La información no es suficiente

 


Acanto. Acanthus mollis


 

Se ha repetido hasta la saciedad que educación e información son las bases para una correcta toma de decisiones. Se piensa que una persona educada e informada elige las mejores opciones de las distintas alternativas que la vida le plantea. 

Hace más de 30 años se intuía que las Interrupciones Voluntarias del Embarazo (IVE) eran muy numerosas, especialmente en el sector más joven de la población. Al ser una actividad ilegal, no era posible conocer con certeza la magnitud del problema.

La autorización de las IVE en determinadas circunstancias, realizada en 1985, afloró una realidad oculta, cuya dimensión preocupó a las autoridades de salud pública, especialmente el elevado número de abortos en adolescentes y mujeres jóvenes. Se hizo evidente que eran necesarias actuaciones encaminadas a mejorar la educación sexual de la población, especialmente de las mujeres en edad fértil, para lo que se pusieron en marcha numerosas campañas cuyo fin era aumentar el conocimiento de la propia sexualidad y mejorar la información sobre los distintos métodos anticonceptivos disponibles, métodos que ya habían sido autorizados previamente. 

Fruto de esta ingente actividad informativa la educación sexual llegó hasta las escuelas, donde se explica con profusión —incluso con cierto escándalo por parte de algunos padres— las distintas formas de ejercitar la sexualidad y los diferentes métodos disponibles para evitar el embarazo, si así se desea.

A pesar de ello la tasa de abortos fue creciendo entre 1985 y 2005, y se mantiene estancada en los últimos 10 años. En la franja de edad de las menores de 19 años, donde las campañas han sido más intensas y reiterativas, la tasa oscila entre 11,48 abortos por mil mujeres en 2005 y 12,23 en 2013, si bien bajó algo en 2014 (9,92 abortos por 1.000 mujeres), siendo del total de ellas más del 64% de nacionalidad española.

Parece evidente que la información es necesaria. Pero lo que vemos en el tema de las IVE nos permite comprobar que disponer de todas las referencias no es suficiente para elegir lo más adecuado. Es claro que —en este aspecto como en tantos otros— en la toma de decisiones pesan otros factores que condicionan, a pesar de tener toda la información disponible.

jueves, 1 de septiembre de 2016

13. Ayudar


Lirios blanco (Iris albicans)

    Es evidente que ayudar es un concepto positivo. Ayudar a alguien supone un posicionamiento favorable hacia una persona, a la que prestamos nuestra colaboración para que consiga lo que se propone. En este sentido parece evidente que aquel que recibe la ayuda le debe agradecimiento al que se la presta. Y habitualmente es así. 
    En línea con lo anterior, para poder ayudar —colaborar para que alguien consiga lo que se propone— es necesario saber sus intenciones, es decir, lo que quiere hacer o conseguir la persona a la que queremos ayudar. Si no conocemos las intenciones o deseos del individuo al que pretendemos echar una mano, mal vamos a poder ayudarle. Por tanto, esta sería una primera condición necesaria para prestar ayuda, y es saber a lo que tenemos que contribuir.
    También debemos saber cómo colaborar en las pretensiones del que va recibir nuestra ayuda. No basta con saber lo que quiere hacer o conseguir. Tenemos que saber en qué va a consistir nuestra actuación colaboradora. Si no sabemos esto, podremos expresar un deseo de ayuda, pero realmente no podremos ayudar. Parece, pues, que tenemos una segunda condición necesaria para poder prestar ayuda, y es saber cómo ayudar.
    Una forma menor de ayuda es la colaboración con alguien que quiere hacer pequeñas cosas: colgar un cuadro, poner la mesa, trasladar un mueble, etc. En estos casos, en ocasiones nos encontramos en nuestro entorno con personas que dicen querer ayudarnos, pero no saben lo que queremos hacer o no saben cómo contribuir a que consigamos lo que queremos, o ambas cosas. Son esas personas que se sitúan a tu lado y repiten insistentemente que te quieren ayudar, pero no hacen nada porque no saben qué hacer ni cómo hacerlo. Pero no se resisten a expresarte reiteradamente sus deseos de ayuda. Cuando esto ocurre, el ofrecimiento no solo no ayuda, sino que se convierte en una dificultad más que tenemos que vencer para alcanzar lo que deseamos.
    Estas situaciones son incomodas. Porque es difícil decirle a una persona que te ofrece su ayuda que no te está ayudando, es más, que está dificultando tu quehacer. Y ya hemos dicho que ayudar tiene buena prensa. Y rechazar a alguien que quiere ayudarte no está bien visto. Aunque en estas ocasiones sea mejor no recibir ayuda.

jueves, 18 de agosto de 2016

12. Eficacia, eficiencia y efectividad

 


Lechera del cabo (Polygala myrtifolia) 

En los cursos de gestión que con profusión se imparten hoy día, hay tres palabras mágicas que se repiten como un mantra: eficacia, eficiencia y efectividad. Aunque las tres tienen la misma raíz, su significado es muy diferente.

De forma simplificada podemos entender como eficacia la capacidad de una acción para conseguir un fin determinado. Por ejemplo, un analgésico será eficaz si cuando lo tomamos desaparece el dolor que nos afecta. La acción —tomar la pastilla— consigue el fin perseguido —que cese el dolor—.

La eficiencia es otra cosa. Valora que cualquier acción tiene un coste —no solo monetario— y este aspecto debe contemplarse al hablar de la eficacia de algo. Si hay varias opciones que pueden conseguir el mismo fin, pero no todas cuestan lo mismo, su eficiencia no será la misma. Siguiendo con el ejemplo anterior, si dos pastillas consiguen quitar el dolor con igual eficacia, consideraremos como más eficiente la que sea más barata.

La efectividad contempla la eficacia y eficiencia de una acción en el contexto en el que se producen las actuaciones, en el mundo real, en la vida corriente. Siguiendo el ejemplo anterior, si el comprimido para aliviar el dolor es eficaz y eficiente, pero necesita de 12 horas de ayuno previas a su toma, es evidente que la mayor parte de los individuos en su vida diaria no van a respetar esta exigencia, por lo que el remedio no será eficaz en la realidad, o sea, no será efectivo.

En la gestión de la cosa pública, en que se administra el dinero de todos, estos tres conceptos se hacen especialmente relevantes, aunque mucho nos tememos que su uso no sea tan frecuente como debiera. Pensemos en los numerosísimos cursos de formación que se han financiado —y se financian— por la administración. Parece evidente que los fines que se persiguen son, sobre todo, dotar a los asistentes a los mismos de herramientas para su mejor inserción en el mercado laboral. Finalizados los cursos, la primera valoración a realizar sería analizar la eficacia de las actividades formativas, o sea, saber si los educandos han adquirido —y en qué grado— los conocimientos impartidos. Después habría que medir la eficiencia de los cursos, conocer si tal formación se ha conseguido con el menor coste para el erario público. Finalmente se tendría que comprobar la efectividad de estos programas de formación, averiguar en qué medida esos conocimientos y habilidades adquiridas han facilitado la consecución de un puesto de trabajo.

A la luz de lo que conocemos, en los numerosos cursos financiados por las administraciones públicas parece que la primera valoración no se ha hecho, o no se ha hecho adecuadamente. Y si no podemos hablar de eficacia de los cursos, piensen ustedes como vamos a valorar la eficiencia o efectividad de los mismos.

jueves, 4 de agosto de 2016

11. Todas las opiniones no son respetables


Falso azafrán (Crocus napolitanus)
  

Con el advenimiento de la democracia se ha generalizado una afirmación que requiere precisiones. Me refiero a la que dice que “todas las opiniones son respetables”. 

La democracia consagra la libertad de expresión, y en ella se incardina esta afirmación, que se acepta como verdad absoluta, sin recordar que el propio principio en que se inspira —la libertad de expresión— encuentra límites en el ordenamiento jurídico que surge de la voluntad democrática de los pueblos. 

Este derecho fundamental garantiza que cualquiera pueda expresar sus opiniones. A nadie se le pone —ni se le debe ni puede poner— una mordaza para que no diga lo que piensa. Pero algunas de esas opiniones no son aceptables por una sociedad democrática y se sanciona su formulación. Todos tienen derecho a hablar, pero lo que dicen no siempre tiene que ser respetado por sus conciudadanos, quienes pueden recurrir a las leyes —emanadas de las instituciones democráticas— para impedir que se sigan realizando determinadas manifestaciones.

Hay numerosos ejemplos en los que la justicia ha condenado a ciudadanos por el hecho de expresar ideas que no son tolerables en democracia. Piénsese en los partidarios del racismo, de la xenofobia, del genocidio, de la pederastia, de la incitación a la violencia —por poner algunos ejemplos—que no pueden expresarse sin caer en el riesgo de ser sancionados, incluso a veces con la privación de la libertad.

La constitución garantiza la libertad de expresar las opiniones, pero no afirma que todas ellas sean respetables. Hay opiniones que no solo no son respetables, sino que son condenables, y para ello la democracia se ha dotado de instituciones tales como el parlamento —que establece mediante las leyes lo que es permisible y lo que no—, y la justicia —que se encarga de aplicar a los trasgresores las leyes que emanan del parlamento—.  

jueves, 21 de julio de 2016

10. El lenguaje como instrumento de libertad


Nenufar (Nymphaea candida)

 

En los tiempos que corren se afirma con frecuencia que el lenguaje se está empobreciendo. Y parece que es así. Las encuestas internacionales sobre los niveles de educación inciden en la dificultad de los alumnos de algunos países —entre los que se encuentra España—para entender lo que leen o escuchan y para expresarse correctamente. Se apuntan múltiples razones entre las que los expertos destacan el escaso nivel de lectura y la incidencia de las nuevas tecnologías, proclives a utilizar pocas palabras y muchas de ellas abreviadas.

El gusto por conocer el significado de las palabras, por usar vocablos que permitan introducir matices en la comunicación, por enriquecer el vocabulario, se considera un divertimento de ociosos, cuando no directamente una forma como otra cualquiera de perder el tiempo.

Sin embargo, el ser humano es un ser sociable que se ve obligado a interactuar con otros seres humanos. Esta relación se produce a través del lenguaje y a lo largo de toda la vida. En el seno familiar, donde el vínculo está tan matizado por el amor, la riqueza del lenguaje no es tan importante. Pero en cuanto salimos a la sociedad la conexión con los otros se intensifica y ya no está tan protegida por el sentimiento. En las relaciones sociales se hace especialmente relevante la necesidad de entender lo que escuchamos y expresar lo que queremos decir. En el contacto con los demás la emoción no siempre juega un papel positivo, muy al contrario, a veces enturbia el mensaje, y el uso de las palabras adecuadas se hace más necesario que nunca.

Conocer con precisión lo que se nos dice y analizar adecuadamente los contenidos que nos llegan nos permitirá tomar decisiones informadas. Y el individuo que toma decisiones informadas goza de mayor libertad que el que actúa solo instintivamente. Poder expresar correctamente nuestras opiniones y decisiones, hacernos entender por nuestros interlocutores, nos ayudará a ser más libres. Por eso no podemos entender la riqueza del lenguaje como ejercicio para diletantes. El conocimiento del lenguaje es un auténtico instrumento de libertad.