Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 3 de noviembre de 2016

19. Un intruso innecesario


 Albejana (Lathirus latifolius)

    A y B han quedado a tomar un café. Llevan tiempo sin verse y les apetece charlar un rato. A ya está sentado en la terraza. B llega unos minutos después y, tras dejar su móvil sobre la mesa, saluda efusivamente a A. Tras los saludos de rigor, B comienza a contarle a su amigo por donde se anda.

    Nada más empezar A oye unos silbidos que surgen del móvil de B. Éste desvía la mirada unos segundos, durante los cuales enmudece, y luego vuelve a hablar y a mirar a A. “¿Qué tal te va?” pregunta B. A está preocupado: “En nuestra empresa han empezado los despidos, el otro día largaron a García: ¿te acuerdas de García?”. “Si hombre” responde B, mientras su mano derecha coge el teléfono y desliza con maestría varias veces su dedo pulgar sobre la pantalla. “El otro día me lo encontré” dice B mostrando a su amigo la pantalla del móvil. A conoce a B y a García y no ve la necesidad de contemplar sus caras en una foto. A pesar de todo sonríe: “estáis muy favorecidos”, musita.

A reanuda su parlamento. El teléfono de B emite un rotundo clarín taurino. Este mira la pantalla y gruñe: “que pesada…”. Se lo lleva al oído y durante unos minutos comentan no sé qué de una talla de una camisa. Finalizada la llamada B explica: “perdona, era mi hermana, que me quiere comprar una camisa para Navidad y no recordaba mi talla”. ”¿Decías?” pregunta a A.

A reinicia su charla. Está preocupado porque le pueden despedir también a él y los niños aún no han dejado el nido. Ahora es un agradable arpegio el que reclama la atención de B. Mira el móvil unos segundos y, ante la mirada interrogante de A, aclara: “del banco, que ya me han ingresado la nómina”.

A tiene la sensación —el diría que la certeza— de que B quizás le oye, pero no le está escuchando. Siguen charlando entre silbidos y miradas de soslayo al móvil por parte de B. Finalmente se despiden, quedando en verse de nuevo uno de estos días.

A está convencido de que el móvil facilita la comunicación entre las personas. Pero considera que en su encuentro con B no ha sido así. En este caso el móvil ha sido un intruso innecesario.

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