Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 21 de septiembre de 2017

33. Matices

 


Geranio (Geranium)


Los seres humanos, y sus acciones no suelen ser categorías absolutas. Aunque se pueden utilizar —y de hecho es lo que se hace habitualmente— palabras que expresan conceptos absolutos, la realidad nos demuestra que perdemos precisión si no adjetivamos esos vocablos.

Decir hombre, bueno, inmoral, corrupto, etc. con frecuencia no refleja toda la complejidad de esa persona o situación. Casi nadie y casi nada es absoluto en sí mismo y para comprenderlos en su integridad se hace necesario matizar.

Un matiz es, entre otras cosas, un rasgo poco perceptible que da a algo o a alguien un carácter determinado. Por tanto, para referirnos a ese algo o alguien hay que mencionar no solo la categoría absoluta, sino añadir los matices que permiten a ese algo o alguien ser diferente a otros. 

Lo que nos determina son los matices, no la categoría absoluta. Un hombre o una situación expresan poco, si no lo acompañamos de esos rasgos singulares que van a permitir establecer su individualidad con respecto a otros hombres o situaciones. Necesitamos expresar los rasgos distintivos que nos permitan aprehender su peculiaridad. Si nos quedamos en lo nominal, sin matizar, no estamos expresando la completa realidad de ese ser.

Pero matizar requiere tiempo y conocimiento de las palabras adecuadas para perfilar la realidad que se nos ofrece. Con respecto a lo primero, vivimos en un mundo apresurado donde el tiempo se ha convertido en el gran dictador. Tienen prisa hasta los que no tendrían ningún motivo para tenerla. Incluso se ve mal al individuo que no participa de esa norma general. Y en esta situación de aceleramiento hasta las palabras parecen sobrar, porque nos hacen perder tiempo. 

Una consecuencia —parece que inevitable— es que el lenguaje se reduce y el lenguaje sincopado se extiende. Estas dos características hacen especialmente difícil encontrar las palabras adecuadas para perfeccionar la comprensión de nuestro entorno.

Quizás sea el momento de plantearnos si nuestra manera de manejar el lenguaje enriquece o empobrece las relaciones interpersonales, así como la comprensión de otras realidades ajenas a nosotros.

jueves, 7 de septiembre de 2017

32. Delincuentes


Gaviota

Aunque no sea estrictamente necesario, quizás sea oportuno recordar que delincuente es el que comete delitos, y que delito es el quebrantamiento de la ley. En un estado de derecho solo se debe considerar delincuente a aquel que ha sido juzgado y condenado en firme por la violación de la ley.

Es evidente que no todos los delitos tienen la misma gravedad y, en consecuencia, no todos reciben el mismo trato penal ni —por parte de la sociedad— el mismo grado de rechazo social. En la mente de todos están aquellos delitos que despiertan en la ciudadanía el más alto grado de escándalo, por lo que no consideramos necesarios abundar en ellos.

Es cierto que la sensibilidad social no siempre va pareja a la intensidad del delito ni al rigor que aplica la ley. En ocasiones la pena impuesta por la justicia se considera insuficiente para el tipo de delito cometido, siendo muy infrecuente que se opine lo contrario.

Pero hay un área donde la sensibilidad social parece ser escasa y ésta es la de los delitos económicos. Si exceptuamos los casos de corrupción de algunos políticos —que sí escandalizan, y mucho, con toda la razón—, los delitos cometidos en esta área por particulares gozan de poca atención y menor repercusión. Empresarios, banqueros, constructores, etc., son condenados por cohecho, soborno, estafa, etc., sin que la sociedad exprese de forma clara su preocupación por ello. 

Pero si hay un tipo de delito económico que parece gozar de bula social es el delito fiscal, el que se produce contra toda la comunidad, ya que somos todos los afectados. Artistas, cantantes, deportistas, etc. condenados en firme por delito fiscal —es decir delincuentes— continúan gozando del favor —y a veces del fervor— del público, sin que perciban en ningún momento el rechazo que la sociedad debería expresarles. 

Quizás tendríamos que reflexionar sobre este tema, dado que la sociedad de la que hablamos la constituimos usted y yo, entre otros.