Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 22 de febrero de 2018

40. Conversar


 Pato

La definición de la palabra conversar es muy parca: hablar con otro u otros. Dado que la forma más común de comunicarse las personas, de relacionarse, es mediante la conversación, este concepto nos sabe a poco. Imaginamos que la conversación es —debe ser— algo más rico y complejo.

Los expertos suelen hablar de diferentes niveles de conversación y plantean que cada uno de ellos está indicado en diferentes situaciones, así como que el grado de comunicación que se consigue es diferente según el nivel elegido.

En un primer nivel se hablaría de las cosas. Es una conversación superficial en la que se mencionan cosas que ocurren o han ocurrido —el tiempo, el futbol—, pero en la que no nos implicamos. En este nivel la comunicación es muy pobre, pero existe.

El segundo nivel, también superficial, es hablar de los otros, de los demás. Narramos lo que los demás han hecho, dicho o escrito, pero no nos posicionamos respecto a ello. Lo que llamamos cotilleo estaría en este nivel, aunque en este caso si suele haber una toma de posición respecto a los otros.

Un tercer nivel supondría hablar de nuestras ideas. Suele ser muy teórico, aunque ya nos posicionamos con respecto a la política, a la sociedad, a lo que sucede en nuestro entorno. En este nivel no involucramos a nuestro interlocutor, por lo que si éste usa el mismo nivel de conversación que nosotros, tenemos el perfecto intercambio de monólogos.

Según los teóricos de este tema, un nivel más avanzado sería el cuarto. Aquí ya no solo hablamos de los que nos sucede, sino de lo que sentimos. Confesar nuestros sentimientos nos hace vulnerables y suele requerir un grado mayor de intimidad con nuestro interlocutor. Es un nivel superior de comunicación, pero no implica necesariamente que el otro participe.

Finalmente, el nivel superior, el quinto, implicaría compartir sentimientos. Ya no solo hablamos, sino que escuchamos al otro. La conversación es bidireccional. Sería el nivel más amplio y profundo de la comunicación.

Es evidente que todos los niveles son necesarios, ya que las situaciones suelen ser muy diferentes. Pero parece que las relaciones personales que aspiren a ser más plenas y duraderas —de pareja, de amistad— deben utilizar con más frecuencia el quinto nivel.

lunes, 12 de febrero de 2018

39. Credulidad y respeto de opiniones


Koromiko (Hebe salicifolia)

    En un anterior artículo decíamos que en los últimos años estamos asistiendo al renacimiento de la fe en cosas para las que la ciencia ya había dado respuesta. Y que la tecnología había puesto a nuestro alcance datos e informaciones con nuevas cosas en las que creer, con las que saciar nuestra necesidad de creer. Y que estos nuevos crédulos —que no creyentes— estaban sostenidos por la escasa cultura científica de buena parte de la población, que les incapacitaba para discriminar lo verdadero de lo falso.

    Estos nuevos crédulos reivindican su derecho a creer en estas cosas, y a que esta creencia sea respetada por sus conciudadanos como cualquier otra creencia. Recurren a las libertades reconocidas en la Constitución para justificar esta petición, ignorando que la Carta Magna reconoce el derecho a expresarse, pero no el de que lo expresado deba ser considerado y respetado por la sociedad.

    Muchas de estas nuevas creencias se basan en el concepto acuñado recientemente de verdades paralelas o verdades alternativas —las “fake news” de los anglosajones—. Según estas personas no habría verdades, sino visiones diferentes de la realidad. Y estas visiones han encontrado en las redes sociales una amplísima red de difusión.

    Algunos de estos nuevos creyentes dicen que lo de que la tierra sea redonda no es una verdad demostrada por la ciencia. Ellos afirman que nuestro planeta es plano, y esta creencia es seguida por miles de adictos a través de las redes sociales, que difunden la incorporación de nuevos adeptos, así como los datos que —según ellos— confirman esta teoría. El hecho de que esta opinión sea compartida por miles les reafirma en su creencia, convirtiendo a la propia difusión en criterio de autoridad.

    Este derecho a creer en lo que a uno le dé la gana no aparece consagrado en ninguna ley. Y algunos creen que existe el derecho a hablar de cualquier tema sin tener ningún conocimiento que avale lo dicho, así como de que dicho discurso falso debe ser respetado, dado que todos somos iguales. 

    Pero deberíamos recordar que hay quien sabe y quien no sabe, quien tiene razón y quien no la tiene. Y aunque las redes sociales generen la ilusión de que todos los mensajes son igual de importantes porque se emiten en iguales condiciones, sabemos que no es así. El conocimiento es la base de la autoridad y no el grado de difusión.