Ya hemos comentado en anteriores artículos como el mundo en que vivimos se caracteriza, entre otras cosas, por la sobreabundancia de información, información que, con demasiada frecuencia, es falsa. Y para explicar algunas de las informaciones recibidas, un amplio número de personas recurren a disquisiciones complejas, engorrosas, confusas y, por qué no decirlo, a veces falsas, que han dado lugar a una autentica corriente de pensamiento conocida como «conspiranoia».
Ya en el siglo XIV un pensador y filosofo inglés dijo que «en igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable». Y esta expresión, también muy simple, mereció dos siglos después el calificativo de «navaja de Ockham».
Guillermo de Ockham fue un fraile franciscano que, tras formarse ampliamente en filosofía y teología, revolucionó la filosofía medieval. Basándose en la lógica como disciplina, Ockham afirmaba que las explicaciones de un hecho nunca deben multiplicar las causas sin necesidad.
Ya en el siglo XVII, en los albores de la ciencia, los estudiosos utilizaron este principio como herramienta conceptual y acuñaron el término «navaja de Ockham» pata expresar como este filosofo había «afeitado» la complejidad de la filosofía —las barbas— de Platón, ya que aplicando su principio la ciencia empezó a utilizar una metodología que simplificaba el proceso de adquisición del conocimiento.
Esta regla ha permitido el posterior desarrollo de la ciencia. Postulados tales como que no hay que plantear la existencia de entidades innecesarias para explicar un fenómeno, o que siempre hay que intentar explicar lo desconocido en términos de lo conocido han permitido llegar a la ciencia tal como la entendemos hoy día.
Ockham no niega que a veces las explicaciones complejas sean las verdaderas, ni que siempre la explicación más simple sea la auténtica. Pero de las diversas opciones que se puedan plantear, comenzar por la más simple puede acortar el camino del conocimiento.
Ante tanto conspiranoico como anda suelto, quizás habría que recordarle la afirmación de Ockham «Pluralitas non est ponenda sine necessitate (La pluralidad no se debe postular sin necesidad)».

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