Albejana basta o Gallinica (Lathyrus latifolius)
Las pasadas —y la presente— campañas electorales son una ocasión más para utilizar el pasado como argumento contra el adversario. Se rescatan de internet fotos, escritos, mensajes, etc. con los que desacreditar a los candidatos de las otras opciones.
Los protagonistas que sufren la reaparición de imágenes con compañías no deseadas en el momento actual, o de frases o expresiones que ahora no es conveniente que se hagan publicas, sin duda no quisieran que esto fuera así, pero internet no olvida.
A diario centenares, miles de millones de fotos, mensajes, twits, etc. engrosan la enorme barriga de internet, procedentes de todo tipo de personas, jovenes y adultos, que no sabemos si son plenamente conscientes de las eventuales repercusiones que pueden tener en su futuro esas aportaciones que hoy alegremente entregan a la voracidad de las redes.
Consciente de este problema, la Union Europea ya estableció hace unos años el llamado «derecho al olvido», mediante el cual los ciudadanos podían solicitar a los buscadores que no proporcionaran determinadas informaciones o datos cuando se solicitaran en referencia a una persona concreta.
Esta medida, que fue bienvenida, ha resultado claramente insuficiente, como no podía ser de otro modo. Se ha conseguido que, solo cuando una persona concreta se sienta perjudicada, pueda solicitar a los buscadores que algunas noticias que le afectan negativamente sean evitadas en las búsquedas que cualquier persona puede realizar. Pero todos aquellos datos proporcionados voluntariamente por los ciudadanos están —y seguirán estando— a disposición de quien quiera y sepa buscarlos.
Centenares de miles —si no millones— de potentes ordenadores, distribuidos por todo el mundo y guardados en edificios diseñados y construidos para su seguridad y permanencia, almacenan en sus memorias una buena parte de los últimos 30 años de la vida de miles de millones de ciudadanos.
Incluso los muertos siguen existiendo en internet. Salvo que sus familiares hayan borrado —tarea harto difícil, por no decir imposible— toda la información disponible de sus deudos difuntos, la brillante conferencia del profesor ya fallecido, el pasodoble que se marcó el difunto Antonio en la boda de su hijo o las nalgas desnudas que envió el ya desaparecido Luis a sus amigos una noche de farra —por poner algunos ejemplos simples—, todo ello seguirá existiendo en internet por los siglos de los siglos.
¿Será Internet la Eternidad de la que nos hablaban nuestros mayores?
.jpg)