Ojo de buey (Glebionis coronaria)
Aunque pueda parecer mentira todavía existen. Los estafadores tradicionales del pasado siglo aún consiguen engañar a algunos. Y aunque el cambio de los modos de vida ha disminuido drásticamente su número, aún es posible ver por algunas calles y plazas a los trileros, los del timo de la estampita, los del décimo premiado y tantos otros.
En aquellos años se creía que la adquisición de un mayor nivel de educación acabaría con ellos. Que la gente aprendería definitivamente que nadie da, como se decía entonces, «duros a peseta» o, con la moneda actual, «nadie da euros a céntimos». Pero la llegada de las nuevas tecnologías vino a demostrarnos que estábamos en un error. Parecía que, a pesar del mayor nivel educativo, todavía quedaban algunos incautos que, movidos por su ambición, seguían cayendo en las redes de estos delincuentes que se iban adaptado a los nuevos tiempos.
En los últimos años del pasado siglo y los primeros de este, con el auge de internet, aparecieron nuevas formas de explotar la ambición de algunos. Con esta tecnología aparecieron nuevos timos que seguían basados en esa pulsión eterna que mueve a los humanos: la ambición.
Entonces se hicieron famosos los décimos premiados en Nigeria, que necesitaban nuestra ayuda para poder cobrarlos en el extranjero, las viudas tanzanas que necesitaban nuestra colaboración para poder sacar sus diamantes de su país, etc. A ello se unieron las empresas que necesitaban desprenderse de unos supuestos stocks de alta tecnología a precios increíblemente baratos, o empresas que nos darían bonos o dinero si enviábamos determinado mensaje a nuestros contactos, etc. Y muchos siguieron picando, convencidos de que las propuestas eran un chollo que aprovechar y que los demás eran los tontos y ellos los listos.
A los estafados no les importaba que los mensajes que recibían estuvieran escritos en un lamentable español, que las autoridades advirtieran hasta la saciedad que no se debían compartir las claves, que los bancos nunca piden nuestros datos, etc. A pesar de la abundante información disponible, ya no sabemos si es la ambición, la estupidez o qué otra razón hace que las victimas sigan convencidas de que esta vez el mensaje sí es verdad y continúan cayendo en la trampa.
En la dos últimas décadas las cosas han cambiado radicalmente. El perfeccionamiento de las herramientas informáticas, la aparición de nuevas y espectaculares tecnologías —como la Inteligencia Artificial— y la casi permanente conexión de las personas a los móviles y a las redes han hecho cada vez más difícil diferenciar la realidad de la ficción y, por lo tanto, la verdad de la estafa. Los mensajes falsos imitan con tal perfección a los verdaderos que hoy es realmente difícil defenderse de los timadores.
Hasta hace poco, para estos temas, seguía siendo válida la afirmación de que «la ambición mata al hombre». Ahora ya no parece que sea solo la ambición la que hace picar a la gente.
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