Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 27 de febrero de 2025

134. La ambición mata al hombre

 


Ojo de buey (Glebionis coronaria)

 

Aunque pueda parecer mentira todavía existen. Los estafadores tradicionales del pasado siglo aún consiguen engañar a algunos. Y aunque el cambio de los modos de vida ha disminuido drásticamente su número, aún es posible ver por algunas calles y plazas a los trileros, los del timo de la estampita, los del décimo premiado y tantos otros.

En aquellos años se creía que la adquisición de un mayor nivel de educación acabaría con ellos. Que la gente aprendería definitivamente que nadie da, como se decía entonces, «duros a peseta» o, con la moneda actual, «nadie da euros a céntimos». Pero la llegada de las nuevas tecnologías vino a demostrarnos que estábamos en un error. Parecía que, a pesar del mayor nivel educativo, todavía quedaban algunos incautos que, movidos por su ambición, seguían cayendo en las redes de estos delincuentes que se iban adaptado a los nuevos tiempos.

En los últimos años del pasado siglo y los primeros de este, con el auge de internet, aparecieron nuevas formas de explotar la ambición de algunos. Con esta tecnología aparecieron nuevos timos que seguían basados en esa pulsión eterna que mueve a los humanos: la ambición.

Entonces se hicieron famosos los décimos premiados en Nigeria, que necesitaban nuestra ayuda para poder cobrarlos en el extranjero, las viudas tanzanas que necesitaban nuestra colaboración para poder sacar sus diamantes de su país, etc. A ello se unieron las empresas que necesitaban desprenderse de unos supuestos stocks de alta tecnología a precios increíblemente baratos, o empresas que nos darían bonos o dinero si enviábamos determinado mensaje a nuestros contactos, etc. Y muchos siguieron picando, convencidos de que las propuestas eran un chollo que aprovechar y que los demás eran los tontos y ellos los listos.

A los estafados no les importaba que los mensajes que recibían estuvieran escritos en un lamentable español, que las autoridades advirtieran hasta la saciedad que no se debían compartir las claves, que los bancos nunca piden nuestros datos, etc. A pesar de la abundante información disponible, ya no sabemos si es la ambición, la estupidez o qué otra razón hace que las victimas sigan convencidas de que esta vez el mensaje sí es verdad y continúan cayendo en la trampa.

En la dos últimas décadas las cosas han cambiado radicalmente. El perfeccionamiento de las herramientas informáticas, la aparición de nuevas y espectaculares tecnologías —como la Inteligencia Artificial— y la casi permanente conexión de las personas a los móviles y a las redes han hecho cada vez más difícil diferenciar la realidad de la ficción y, por lo tanto, la verdad de la estafa. Los mensajes falsos imitan con tal perfección a los verdaderos que hoy es realmente difícil defenderse de los timadores.

Hasta hace poco, para estos temas, seguía siendo válida la afirmación de que «la ambición mata al hombre». Ahora ya no parece que sea solo la ambición la que hace picar a la gente.

domingo, 16 de febrero de 2025

133. Sincericidio

 


Clemátide (Clematis vitalba)


Si revisamos el diccionario de la Real Academia Española, la palabra sinceridad aparece definida como sencillez, veracidad, modo de expresarse o de comportarse libre de fingimiento. Junto a ello aparecen sus sinónimos que son: franqueza, honradez, veracidad, confianza, lealtad, naturalidad, espontaneidad, cordialidad, sencillez, simpleza, claridad, seriedad, hondura.

Todos estos conceptos gozan de una notable apreciación social. Los que se expresan con sinceridad son valorados, en la mayoría de los casos, de forma positiva por sus interlocutores. Pero no siempre es así. Las palabras expresadas con estas premisas tienen receptores. Y a veces para el receptor no es el momento adecuado, o no está en condiciones de aceptarlas sin dolor. 

Algunas personas se escudan en virtudes como la franqueza o la honestidad para pronunciar palabras impertinentes o expresar opiniones que pueden herir los sentimientos del escuchante. El que así actúa lo hace a veces de forma impulsiva, sin consciencia de los efectos que pueden producir sus palabras. Con frecuencia estas personas entienden por honestidad expresar lo primero que se les pasa por la cabeza, sin tener en cuenta que la persona a la que se dirige tiene sentimientos y emociones, y que lo que se dice puede causarle malestar o daño.

A veces, con estos comentarios, se genera un sentimiento de culpa en el interlocutor, y no se valora que quizás el mensaje no está adecuadamente formulado o no es pertinente en ese momento. Saber escoger el momento, la forma y el lugar para sacar a relucir según qué temas puede ayudar a mantener las relaciones interpersonales. No hacerlo puede llevar a lo que algunos psicólogos han dado en llamar «sincericidio».

Aunque pueda parecer una lección fácil de entender, se sigue oyendo repetidamente la frase «yo es que soy muy sincero». Y puede que el que así se expresa quizás esconda una carencia de voluntad de autocrítica, escudado en el hecho de que la sinceridad es una cualidad muy aplaudida.

¿Se puede decir la verdad sin herir los sentimientos del otro? No es tarea fácil ponderar previamente en lo que se va a decir y cómo y cuándo hacerlo. Aunque ello es posible, encontrar ese equilibrio es muy difícil para algunas personas.

La sinceridad sigue siendo una cualidad positiva, pero el cómo y cuándo utilizarla sigue siendo una tarea pendiente para muchos. 

Es posible pensar lo que se dice sin decir lo contrario a lo que se piensa.