Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 25 de enero de 2018

38. Potenciar la inteligencia


 Atracción de Feria

Hay acuerdo general en que la musculatura corporal puede desarrollarse, dentro de unos límites, a base de realizar ejercicios con ella. Decenas de miles de jóvenes, y no tan jóvenes, acuden a los gimnasios a potenciar su musculatura. Y otros tantos realizan ejercicio físico para mantener o mejorar su salud. Y aunque muchos fracasan en el intento —con frecuencia por falta de constancia—, los que persisten en el empeño consiguen mejoras por todos reconocidas.

El acuerdo no es tan amplio en lo que se refiere a cualidades, facultades o predisposiciones del espíritu. Se acepta que muchas de ellas son modificables en cierta manera, y prueba de ello son la multitud de profesionales, cursos, conferencias y libros dedicados a temas como disminuir el estrés, mejorar la memoria, aumentar la atención, etc. Estas actividades gozan de un cierto acuerdo en cuanto a su eficacia, si bien muy lejos del que se tiene en relación con los resultados del esfuerzo físico.

La inteligencia es la facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad. Y, al igual que para otras facultades, también se han desarrollado métodos para mejorarla.

En los textos de autoayuda sobre este tema se mencionan cinco claves para fortalecer la inteligencia:  orden, constancia, voluntad, motivación y capacidad de observación. Sin embargo, es de creencia común que estas cinco cualidades nada tienen que ver con la inteligencia, que se suele considerar como una condición ajena y superior, que se tiene o no se tiene, de forma absoluta.

La experiencia acumulada permite comprobar que la utilización de estos métodos mejora las capacidades que se contienen en la definición de inteligencia reseñada arriba.

El orden es un buen aliado de la inteligencia. No se trata de ser maniáticos de la organización, pero una cierta sistemática en la vida permite ganar tiempo y facilita la realización de las actuaciones ya referidas.

La constancia —perseverancia en el propósito— es precisa para la consecución de aquello que se desea conseguir. Y para todo ello se necesita voluntad, la facultad que permite decidir y ordenar el comportamiento. Y es evidente que si no hay un claro deseo de mejorar —motivación—, no será posible realizar aquellas acciones encaminadas a la mejora.

Por último, se menciona como fundamental la capacidad de observación. Si no se mira al entorno con curiosidad y detenimiento, difícilmente se podrá formar una idea adecuada de la realidad circundante.

Todas estas prácticas requieren esfuerzo. Y corren tiempos en los que no hay mucho deseo de emplear el vigor del ánimo para conseguir algo —mejorar la inteligencia— poco valorado por la mayoría.


jueves, 11 de enero de 2018

37. Crencia y credulidad


 Magnolia (Magnolia grandiflora)

No decimos nada nuevo si afirmamos que el ser humano, en general, necesita creer en algo. Y el objeto de su creencia ha sido múltiple a lo largo de la historia. Ha habido creyentes en muchas y variadas cosas, incluidas las creencias que podríamos llamar sobrenaturales. Véase si no las numerosas religiones que existen en el mundo.

El ámbito de las creencias, las cosas en las que los hombres creían, en las que tenían fe, se ha ido reduciendo poco a poco según la ciencia se iba desarrollando. Parte de las cosas que pensábamos como ciertas o sobrenaturales han dejado de serlo al conocer —a través de la ciencia— que tenían una explicación que hasta entonces desconocíamos.

Sin embargo, en los últimos años estamos asistiendo al renacimiento de la fe en cosas para las que la ciencia ya había dado respuesta, o había establecido el método para encontrarlas. Estamos asistiendo a un lento ocaso de los creyentes —el que cree, especialmente el que profesa una religión— y a un resurgimiento de los crédulos —los que creen ligera o fácilmente— como en épocas pretéritas.

La tecnología ha puesto a nuestro alcance datos e informaciones, que nos llegan masivamente y a diario, con nuevas cosas en las que creer, con las que saciar nuestra necesidad de creer. Y, lamentablemente, buena parte de los receptores carece de la cultura científica suficiente para discriminar la verdad de la mentira.

La ciencia hace más de 100 años que estableció un método, el científico, para estudiar y conocer la realidad en la que vivimos. Los científicos —en casi todas las disciplinas y en todo el mundo— realizan un trabajo diario y silencioso que no suele encontrarse en las páginas populares de internet, sino en las revistas especializadas, de las que beben otros científicos. 

Sin embargo, aunque el hombre común suele desconocer la existencia de este trabajo, se beneficia de sus hallazgos. No conoce bien lo que hacen, pero sabe que sus resultados —en la mayoría de los casos— son fiables, y hace uso de ellos. Desde los antibióticos hasta los modernos sistemas de frenada o conducción segura de los coches, todo es fruto del trabajo de personas —científicos— que realizan su trabajo con un método —el científico—de manera callada, y con frecuencia con escasas dotaciones económicas.

Esta pasión por saber de los científicos, que hace avanzar el mundo en el que vivimos, no es compartida por la mayoría de ciudadanos, que suelen mostrar una pereza intelectual que dificulta su crecimiento intelectual.

Y cambiar esto no es fácil. La ciencia suele estar poco accesible y los que acceden a ella son gente predispuesta a adquirir dichos conocimientos. Y necesitamos que la ciudadanía mejore su cultura científica para que pueda acceder a esos conocimientos científicos. Como escribió en 1877 un autor inglés, “Cada hombre sencillo que intercambia opiniones cada día en la taberna de su pueblo puede contribuir a aniquilar o mantener con vida las fatales supersticiones que paralizan a su especie”.

Pero para que el hombre sencillo sea capaz de combatir la credulidad se hace necesaria la existencia de buenos divulgadores de la ciencia y practicantes del pensamiento racional y escéptico, ya sean periodistas, filósofos, profesores, etc. Deben ponerse a disposición de los ciudadanos de a pie los conocimientos científicos y hacerlos entendibles por el hombre de la calle.