Hay acuerdo general en que la musculatura corporal puede desarrollarse, dentro de unos límites, a base de realizar ejercicios con ella. Decenas de miles de jóvenes, y no tan jóvenes, acuden a los gimnasios a potenciar su musculatura. Y otros tantos realizan ejercicio físico para mantener o mejorar su salud. Y aunque muchos fracasan en el intento —con frecuencia por falta de constancia—, los que persisten en el empeño consiguen mejoras por todos reconocidas.
El acuerdo no es tan amplio en lo que se refiere a cualidades, facultades o predisposiciones del espíritu. Se acepta que muchas de ellas son modificables en cierta manera, y prueba de ello son la multitud de profesionales, cursos, conferencias y libros dedicados a temas como disminuir el estrés, mejorar la memoria, aumentar la atención, etc. Estas actividades gozan de un cierto acuerdo en cuanto a su eficacia, si bien muy lejos del que se tiene en relación con los resultados del esfuerzo físico.
La inteligencia es la facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad. Y, al igual que para otras facultades, también se han desarrollado métodos para mejorarla.
En los textos de autoayuda sobre este tema se mencionan cinco claves para fortalecer la inteligencia: orden, constancia, voluntad, motivación y capacidad de observación. Sin embargo, es de creencia común que estas cinco cualidades nada tienen que ver con la inteligencia, que se suele considerar como una condición ajena y superior, que se tiene o no se tiene, de forma absoluta.
La experiencia acumulada permite comprobar que la utilización de estos métodos mejora las capacidades que se contienen en la definición de inteligencia reseñada arriba.
El orden es un buen aliado de la inteligencia. No se trata de ser maniáticos de la organización, pero una cierta sistemática en la vida permite ganar tiempo y facilita la realización de las actuaciones ya referidas.
La constancia —perseverancia en el propósito— es precisa para la consecución de aquello que se desea conseguir. Y para todo ello se necesita voluntad, la facultad que permite decidir y ordenar el comportamiento. Y es evidente que si no hay un claro deseo de mejorar —motivación—, no será posible realizar aquellas acciones encaminadas a la mejora.
Por último, se menciona como fundamental la capacidad de observación. Si no se mira al entorno con curiosidad y detenimiento, difícilmente se podrá formar una idea adecuada de la realidad circundante.
Todas estas prácticas requieren esfuerzo. Y corren tiempos en los que no hay mucho deseo de emplear el vigor del ánimo para conseguir algo —mejorar la inteligencia— poco valorado por la mayoría.

