Margarita africana (Osteospermum ecklonis)
A lo largo de la evolución de nuestra especie, lo que nos hizo definitivamente humanos fue la adquisición del raciocinio. Compartimos con el resto de los animales los instintos, y modernamente se dice que algunos animales tiene la capacidad de sentir, de tener emociones. Pero la razón sigue siendo un atributo exclusivo del ser humano.
En un determinado momento de nuestra evolución apareció la consciencia de nosotros mismos y en ese momento dejamos de ser solo animales y nos convertimos en seres humanos. A partir de aquí adquirimos la capacidad de conocernos a nosotros mismos, de tener conocimiento reflexivo de las cosas, de reconocer la realidad que nos circunda y aprendimos a relacionarnos con ella.
La llegada de la consciencia nos permitió elegir. Y el poder elegir nos hizo libres. Ya no estábamos obligados por el instinto a hacer algo como los demás animales. Ya podíamos analizar las cosas y optar por una u otra en función de esa nueva cualidad que habíamos adquirido, o sea, de la razón. También aparecieron los sentimientos y las emociones, estupendo complemento de la razón, que aportaron elementos de juicio para analizar y tomar decisiones.
La razón como elemento definitorio del ser humano alcanzó su máximo esplendor en el siglo XVIII, llamado por la posteridad como Siglo de la Razón o Siglo de las Luces. En esos años tuvo un amplio desarrollo el concepto de que la llegada de la consciencia nos hizo libres y la idea de que el conocimiento de la naturaleza —nosotros incluidos—solo era posible por medio de la razón.
Aunque esta concepción de la razón ha durado siglos, en la actualidad nos estamos encontrando con un progresivo descrédito de la razón. Los medios de comunicación de masas y un progresivo numero de gurús de la sicología hacen una defensa a ultranza de lo emocional frente a la reflexión racional. Y basados exclusivamente en los sentimientos, numerosos ciudadanos se sienten llamados por ideas y planteamientos que no se explican por la razón, pensamientos mágicos que no soportan un análisis racional.
Estos ciudadanos confunden las ideas con las creencias, están convencidos de que el raciocinio es una idea más, una creencia más. Y por lo tanto tan valido es usar una como otra.
Lamentablemente, han olvidado que el raciocinio es la esencia del ser humano.
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