Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 27 de octubre de 2022

97. Libertad y razón

 

Margarita africana (Osteospermum ecklonis)


A lo largo de la evolución de nuestra especie, lo que nos hizo definitivamente humanos fue la adquisición del raciocinio. Compartimos con el resto de los animales los instintos, y modernamente se dice que algunos animales tiene la capacidad de sentir, de tener emociones. Pero la razón sigue siendo un atributo exclusivo del ser humano.

En un determinado momento de nuestra evolución apareció la consciencia de nosotros mismos y en ese momento dejamos de ser solo animales y nos convertimos en seres humanos. A partir de aquí adquirimos la capacidad de conocernos a nosotros mismos, de tener conocimiento reflexivo de las cosas, de reconocer la realidad que nos circunda y aprendimos a relacionarnos con ella.

 La llegada de la consciencia nos permitió elegir. Y el poder elegir nos hizo libres. Ya no estábamos obligados por el instinto a hacer algo como los demás animales. Ya podíamos analizar las cosas y optar por una u otra en función de esa nueva cualidad que habíamos adquirido, o sea, de la razón. También aparecieron los sentimientos y las emociones, estupendo complemento de la razón, que aportaron elementos de juicio para analizar y tomar decisiones.

La razón como elemento definitorio del ser humano alcanzó su máximo esplendor en el siglo XVIII, llamado por la posteridad como Siglo de la Razón o Siglo de las Luces. En esos años tuvo un amplio desarrollo el concepto de que la llegada de la consciencia nos hizo libres y la idea de que el conocimiento de la naturaleza —nosotros incluidos—solo era posible por medio de la razón.

Aunque esta concepción de la razón ha durado siglos, en la actualidad nos estamos encontrando con un progresivo descrédito de la razón. Los medios de comunicación de masas y un progresivo numero de gurús de la sicología hacen una defensa a ultranza de lo emocional frente a la reflexión racional. Y basados exclusivamente en los sentimientos, numerosos ciudadanos se sienten llamados por ideas y planteamientos que no se explican por la razón, pensamientos mágicos que no soportan un análisis racional.

Estos ciudadanos confunden las ideas con las creencias, están convencidos de que el raciocinio es una idea más, una creencia más. Y por lo tanto tan valido es usar una como otra. 

Lamentablemente, han olvidado que el raciocinio es la esencia del ser humano.

lunes, 17 de octubre de 2022

96. Neuromarketing

 


Hibiscus (Hibiscus syriacus)

En el pasado se utilizaba mucho un refrán que dice “el buen paño en el arca se vende”. Este dicho nos indicaba que los productos de buena calidad se vendían solos, que no necesitaban ser expuestos, ni voceados a gritos ni anunciados. Incluso el uso del refrán iba acompañado de una cierta sensación de desconfianza hacia aquellas mercancías que se publicitaban y se pregonaban en exceso. 

Todos sabemos que esta afirmación no es verdad desde hace muchos años. A partir de los años cincuenta del pasado siglo se puso de manifiesto que aquel que quería vender algo debía dar a conocer su producto. Esto desarrolló una nueva disciplina, el marketing, donde se estudiaba cómo mostrar los productos para conseguir que fueran atractivos para los potenciales clientes. Y para dar a conocer los productos nació la publicidad que se define como “tipo de comunicación audio y/o visual del marketing que emplea mensajes patrocinados e impersonales para promocionar o vender un producto, marca o servicio”.

Esta concepción impersonal ha sido ampliamente superada por el desarrollo de las neurociencias. El estudio de las diversas reacciones que producen en nuestro cerebro los mensajes de todo tipo que nos llegan al ver, oir, tocar o usar un producto o servicio, ha permitido adaptar los mensajes al individuo concreto, y con ello personalizar los mensajes en función de las distintas características del sujeto comprador.

Ahora las empresas conocen con una alta precisión qué es lo que motiva al potencial cliente. Y ello ha permitido comprobar que el 95% de las decisiones de compra se hacen basadas en emociones surgidas del subconsciente. Por ello se han diseñado un conjunto de técnicas de marketing que, apoyadas en estudios y pruebas científicas, analizan el comportamiento objetivo de los compradores y con ello elaboran estrategias más efectivas en las que se apela a los sentimientos y a ciertas conductas del subconsciente para aumentar las ventas. Es lo que se llama neuromarketing.

Los colores, los mensajes, la posición del producto en los anaqueles, los recorridos por los establecimientos, los cambios periódicos de posición, etc. son todas decisiones tomadas por los vendedores basadas en las emociones que todo ello suscita en el potencial cliente.

El sistema capitalista se basa en la soberanía del consumidor. Se supone que el ciudadano, tras conocer las características del producto, es libre de adquirirlo o no, es soberano.

¿Lo es en realidad?


sábado, 1 de octubre de 2022

95. Boomers


 Espumilla (Arctotheca calendula)



Probablemente la mayoría de mis improbables lectores no saben el significado de este neologismo —palabra nueva— creado por los jóvenes de hoy para referirse a las personas nacidas entre 1945 y 1965. Es decir, los que actualmente tienen entre 57 y 77 años.

Dentro de los numerosos anglicismos que se usan —millenials, centenials, etc.— boomer hace referencia a la generación del llamado baby boom, nombrada así por la explosión de natalidad que siguió a la finalización de la segunda guerra mundial.

Nunca fueron fáciles las relaciones entre los jóvenes y sus mayores, pero hasta no hace muchos años las generaciones hablaban el mismo lenguaje. Padres e hijos entendían lo que se decían, aunque era evidente que la mayoría de las veces no compartían las opiniones ni los planteamientos.

La tecnología ha modificado el lenguaje y ha separado a las generaciones hasta el punto de que, a veces, no se entienden cuando hablan. No se trata ya de que los términos sean distintos —que con frecuencia lo son—, sino que estos no significan lo mismo e incluso significan cosas opuestas según la edad del hablante. Se expresan las palabras unos a otros, pero no se comparten los significados. 

Las distintas generaciones —no solo boomers y jóvenes, también la generación intermedia— han dejado de compartir los mitos, el sentido de la historia y de la sociedad. Así, palabras como autoridad, disciplina, virtud, ética, etc. se han vuelto palabras opacas, porque para una generación quizás han dejado de tener significado.

Hoy los mayores ven con desagrado como los mas jóvenes les acusan de estar quedándose obsoletos, de no entender su lenguaje. Y observan como los jóvenes tampoco entienden el suyo. Muchos inicios de conversación se zanjan por parte de la ultima generación con un “ok, boomer” —equivalente al “vale viejo”—, ante la imposibilidad de comunicarse con padres, profesores, jefes, etc.

Esta escasa comunicación intergeneracional —a veces incluso incomunicación— tiene graves consecuencias. Estamos condenados a vivir en comunidad y para formar parte de una comunidad es necesario comunicarse. Y la comunicación se realiza hablando unos con otros. Pero parece que hoy es más fácil hablar con una pantalla que con otra persona.

Habrá que hacer algo.