Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

miércoles, 29 de junio de 2016

8. Meritocracia


Pruno (Prunus cerasifera)

Meritocracia es aquel sistema de gobierno en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales. Esta definición goza de aceptación generalizada, al menos en los países occidentales. Casi todos están de acuerdo en que aquellos que gocen de autoridad lo hagan en función de unos méritos demostrables.

Esto es tan así que en la Constitución Española figura consagrado este principio en su artículo 103, en el que se establece que el acceso a la función pública se hará de acuerdo con los principios de mérito y capacidad. Como todo principio general necesita ser definido y desarrollado para pasar de ser un concepto abstracto a una realidad que conforme nuestro sistema de gobierno.

Pero es a la hora de concretar donde desaparece el consenso que expresábamos al principio. Si nos adentramos en el significado de la palabra mérito, la situación se complejiza. En su primera acepción, mérito es la acción que hace al hombre digno de premio o de castigo. En este sentido habría méritos positivos y méritos negativos. Más en línea con lo que generalmente se acepta como mérito estaría la segunda acepción: el resultado de las buenas acciones que hacen digna de aprecio a una persona. La tercera acepción —aquello que hace que tengan valor las cosas— hace más referencia a los objetos que a las personas, por lo que la dejaremos aparte.

Como vemos el mérito precisa de concreción, ya que es una palabra polisémica. Se necesita definir qué vamos a entender como mérito en cada uno de los campos en que queramos utilizarlo. Alguien debe definir qué cualidades de las personas van a ser consideradas méritos para alcanzar un puesto de responsabilidad en la sociedad. Esas cualidades deben ser públicas y aceptables por los candidatos a los puestos. Y también deben ser aceptables y aceptadas con el conjunto de la ciudadanía.

No parece tarea fácil. A veces no se tiene claro quién debe definir los méritos. Otras veces no se cree que las cualidades definidas como tales sean realmente méritos. Y con más frecuencia no se acepta que las personas elegidas en función de esos méritos los tengan en realidad.

Se necesita un consenso social sobre este tema. Y total transparencia en el proceso. Una sociedad tiene que tener la certeza de que los que la dirigen son los más capacitados para hacerlo. Y aún se está muy lejos de ello. 

domingo, 26 de junio de 2016

7. Genética y voluntad



Roble australiano (Gravilla robusta)

    En los últimos años hemos asistido a uno de los acontecimientos científicos más relevantes: el descubrimiento del genoma humano. Saber cuál es la constitución genética completa del ser humano nos ha permitido conocer la existencia de multitud de genes, de mucho de los cuales se sabe ya su función concreta. Así hemos podido conocer que hay enfermedades que están unidas a la existencia de un determinado gen y que la enfermedad no se da, o se da muy pocas veces, en aquellos individuos que no tienen ese gen. E incluso se han podido añadir o suprimir genes, evitando la enfermedad.
    De igual forma estos descubrimientos han facilitado el conocimiento de por qué se dan determinadas características en unos individuos y no en otros, Por ejemplo, el color del pelo, el de los ojos, la altura o el peso, e incluso algunas facetas menos concretas — la inteligencia, el carácter, etc.— se han vinculado a la presencia o no de determinados genes.                             Eso nos ha situado en la posición de creer que todo se reduce a la presencia o no de un determinado gen para que las cosas —también las personas— sean de una manera u otra.
    Los científicos ya han advertido de que las cosas no son tan fáciles, ya que los genes que condicionan una determinada característica no son homogéneos en todos los seres humanos — hay varias formas de un mismo gen, polimorfismos— y además los genes producen su efecto, se expresan, mediante la producción de proteínas, proteínas que se interrelacionan con otros miles de proteínas y para cuya producción se necesitan otras circunstancias concurrentes, no todas genéticamente condicionadas. Pero estas advertencias vienen en la letra chica —la que no se lee— y no en los titulares, que son los que mejor se ven.
    La creencia en que todo está genéticamente condicionado nos coloca en una situación de indefensión frente a lo que nos acontece y a lo que somos. Si nuestro carácter es insoportable, si no nos relacionamos bien, si somos obesos, si las cosas no nos salen como quisiéramos, etc., todo ello esta genéticamente condicionado, y por lo tanto nosotros no podemos hacer nada por remediarlo. Deberemos esperar hasta que la ciencia descubra algo que permita modificar el gen causante del problema.
    Esta posición no es nueva. Ya en el pasado existieron —y aún existen— los providencialistas, los firmes creyentes en la teoría de la predeterminación. Según ellos todo esta predeterminado. No tiene sentido que nos esforcemos en nada porque, de todas maneras, ocurrirá lo que tenga que ocurrir. Sin embargo, la experiencia ha demostrado que esto no siempre es así, que la voluntad del hombre puede modificar las cosas. Y hay numerosísimos ejemplos de ellos.
    Esta aparente contradicción —estamos condicionados por nuestra genética versus la voluntad puede modificar las cosas—, no es tal. Es evidente que nacemos con condicionantes genéticos. Pero nuestra actuación, regida por nuestra voluntad, puede modificar total o parcialmente esos condicionantes. Tendríamos que preguntarnos si, detrás de esa fe ciega en la genética, no se esconde nuestra pereza para, usando la voluntad, modificar aquellos aspectos de nuestra persona o de nuestra vida que deban ser cambiados.

martes, 14 de junio de 2016

6. Valor de la lectura

 


Corona de Cristo (Euphorbia milii)

    Hay un acuerdo generalizado entre los educadores sobre que la mejor herramienta para enseñar y aprender es la palabra. Y es bien conocido que ésta puede ser expresada oralmente o por escrito. Por tanto, la palabra, en sus dos formas, oral y escrita, sigue siendo la manera más efectiva de transmitir conocimiento.
    A pesar de ello la lectura —la adquisición de las palabras escritas— no goza de buena salud en nuestro medio. Y ello se plasma en el sistema educativo: los alumnos suelen ser reacios a su práctica y, con frecuencia, los profesores no son capaces de infundir ese hábito entre sus pupilos.
    No es que no se lea. Una gran parte de la población dedica buena parte de su día a la lectura: los mensajes del teléfono móvil o la consulta de internet son prácticas habituales. Pero no sabemos si estas formas de lectura contribuyen —ni en qué medida— a aumentar el conocimiento de sus practicantes.
    En los últimos años nos llegan diversas clasificaciones —una de las más conocidas es el Informe PISA— en los que se evalúan los sistemas educativos de los países. Si nos acercamos a los planes educativos de los que quedan en mejor lugar, comprobamos que la lectura ocupa un lugar preeminente en sus planes de estudio. A título de ejemplo los estudiantes japoneses empiezan leyendo una página al día de un libro de su interés y acaban en secundaria leyendo un libro por semana.
    Pero esta lectura tiene apellidos. Finlandia, Singapur y Japón, entre otros, hablan de una lectura serena y reflexiva. No se trata solo de leer, sino de entender lo que se lee y reflexionar sobre lo leído.  Se trata de leer con sosiego para, tras comprender lo leído, poder posicionarse respecto del tema tratado. Es decir, cultivar la capacidad de análisis y de decisión frente a ellos.
    No es un tema nuevo. En 612 ya decía san Isidoro de Sevilla en su obra Sentencias “Algunos tienen capacidad intelectual, pero descuidan el interés por la lectura y desprecian en su abandono cuanto pudieron aprender. Otros, por el contrario, tienen deseos de saber, pero se lo impide la torpeza de su inteligencia, los cuales, no obstante, por la lectura asidua llegan a entender aquello que los inteligentes no conocieron por desidia. El ingenio se desarrolla con el tiempo, si no por disposición natural, al menos por la constante lectura. Pues, aunque haya torpeza de juicio, la lectura frecuente acrece la inteligencia”.
    Deberíamos reflexionar sobre cuál debe ser nuestra posición —y la del sistema educativo— frente a la lectura. La imposición de su práctica parece no funcionar. Ahora que hemos aprendido que la emoción juega un papel importante en la capacidad de aprendizaje, quizás tengamos que aprender a introducir la emoción en la lectura. Aunque no parezca tarea fácil.

jueves, 9 de junio de 2016

5. Desprecio del esfuerzo

    


Pomarrosa (Syzygium jambos)

    En los tiempos que corren el esfuerzo no está de moda. Si nos atenemos al diccionario, esfuerzo es el empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades. Y a lo que se ve, no estamos para eso.
    Estamos convencidos de que podemos conseguir cualquier cosa sin esfuerzo. Nuestro entorno se ha encargado, y se encarga, de convencernos de que esto es así. La publicidad nos habla de aprender sin esfuerzo, adelgazar sin esfuerzo, hablar inglés sin esfuerzo, y tantas otras cosas. Y se nos ha repetido tanto, durante tanto tiempo, que nos hemos convencido. Para triunfar en cualquier tarea no es necesario el esfuerzo, basta con desearlo, ser habilidoso y —todo hay que decirlo—, pagar el precio estipulado para conseguirlo; aunque eso sí, sin esfuerzo.
    En el pasado, fruto de la educación cristiana, se nos repetía que todo se había de conseguir con esfuerzo, y cuanto más grande fuera el esfuerzo, mas mérito tenía lo que conseguíamos. No importaba lo duro que fuera alcanzar esa meta, ni tampoco importaba si el esfuerzo a realizar era proporcionado. Lo importante era conseguir el objetivo, aunque para ello tuviéramos que pagar un precio —esfuerzo— quizás excesivo e innecesario.
    En esos ciclos pendulares que tienes las sociedades, ahora toca lo contrario. Cuanto menos tengamos que hacer para conseguir una cosa, mejor. Los mensajes que hablan de la necesidad de trabajar –de esforzarse- para alcanzar una meta no están bien vistos. Y a los que dedican tiempo y trabajo para conseguir lo que desean se les califica de pobres gentes. Es evidente que nuestra sociedad no valora el esfuerzo como algo necesario y positivo, que hay que aplicar en su justa medida. No estamos nada dispuestos a hacer el esfuerzo adecuado —ni mucho ni poco, sino el necesario— para conseguir lo que deseamos.
    Pero la realidad es tozuda y acaba imponiéndose. Porque no es fácil perder esos kilos que nos sobran, a pesar de la dieta milagrosa —pagada generosamente—, ni se puede aprender inglés sin dedicar horas y horas al estudio, ni mucho menos encontrar nuestro futuro sin emplear de forma enérgica nuestro vigor y actividad del ánimo. Y como no conseguimos aquello que estábamos convencidos de obtener sin esfuerzo, pues nos frustramos. Y una sociedad frustrada no progresa. Así son las cosas.

jueves, 2 de junio de 2016

4. Tolerancia



Gaviotas

La palabra tolerancia goza en la actualidad de un gran predicamento.  Ser una persona tolerante ha sido y es un rasgo positivo de la personalidad y lo contrario, ser intolerante, se valora como una característica negativa que debe ser rechazada por todos. Aunque pudiera parecer que siempre fue así, no en todas las épocas esta valoración fue igual. Durante siglos la intolerancia fue arma utilizada por tirios y troyanos, llegándose a hablar incluso por la iglesia de una santa intolerancia frente a determinadas desviaciones de la fe y de las conductas. Y probablemente por ello, en este país que tanto ha sufrido la intolerancia en el pasado, resurgió el concepto tolerancia tras la transición con una fuerza inusitada.

El concepto se ha estado tomando como un todo. Partiendo de su definición —“respeto o consideración hacia las opiniones o prácticas ajenas, o hacia sus sujetos”— la cualidad se tiene o no se tiene. No se es un poco tolerante, o medio tolerante. Se es o no se es. Simplemente. Y los que lo son gozaban —gozan— de buena prensa, mientras que aquellos que opinan que determinadas opiniones o actitudes no merecen respeto o no deben tolerarse son descalificados. 

No obstante, en los últimos tiempos venimos leyendo y oyendo con frecuencia que la tolerancia va a ser “cero” para estos o aquellos aspectos. Aquí probablemente se está utilizando otra acepción de la palabra tolerancia, la que hace referencia al “margen o diferencia que se consiente en la calidad, en la medida o en el tiempo”.

    Parece pues que la tolerancia empieza a no ser considerada como una cualidad absoluta, sino relativa. Parece que ya no se trata de ser o no ser tolerantes, sino de cuanta tolerancia estamos dispuestos a aplicar a determinadas opiniones o actitudes. De cuanta diferencia entre lo que dicen o hacen los demás y lo que decimos o hacemos nosotros estamos dispuestos a aceptar. 
    Y aquí es donde empiezan los problemas. Porque las opiniones o prácticas ajenas son a veces de una calidad o de una magnitud tal que la sociedad no las puede aceptar. Y entonces no podemos ser tolerantes. Quizás en estos casos tengamos la obligación de hacer saber a nuestros conciudadanos que esas opiniones o prácticas no se pueden aceptar en una sociedad democrática.