Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 21 de julio de 2016

10. El lenguaje como instrumento de libertad


Nenufar (Nymphaea candida)

 

En los tiempos que corren se afirma con frecuencia que el lenguaje se está empobreciendo. Y parece que es así. Las encuestas internacionales sobre los niveles de educación inciden en la dificultad de los alumnos de algunos países —entre los que se encuentra España—para entender lo que leen o escuchan y para expresarse correctamente. Se apuntan múltiples razones entre las que los expertos destacan el escaso nivel de lectura y la incidencia de las nuevas tecnologías, proclives a utilizar pocas palabras y muchas de ellas abreviadas.

El gusto por conocer el significado de las palabras, por usar vocablos que permitan introducir matices en la comunicación, por enriquecer el vocabulario, se considera un divertimento de ociosos, cuando no directamente una forma como otra cualquiera de perder el tiempo.

Sin embargo, el ser humano es un ser sociable que se ve obligado a interactuar con otros seres humanos. Esta relación se produce a través del lenguaje y a lo largo de toda la vida. En el seno familiar, donde el vínculo está tan matizado por el amor, la riqueza del lenguaje no es tan importante. Pero en cuanto salimos a la sociedad la conexión con los otros se intensifica y ya no está tan protegida por el sentimiento. En las relaciones sociales se hace especialmente relevante la necesidad de entender lo que escuchamos y expresar lo que queremos decir. En el contacto con los demás la emoción no siempre juega un papel positivo, muy al contrario, a veces enturbia el mensaje, y el uso de las palabras adecuadas se hace más necesario que nunca.

Conocer con precisión lo que se nos dice y analizar adecuadamente los contenidos que nos llegan nos permitirá tomar decisiones informadas. Y el individuo que toma decisiones informadas goza de mayor libertad que el que actúa solo instintivamente. Poder expresar correctamente nuestras opiniones y decisiones, hacernos entender por nuestros interlocutores, nos ayudará a ser más libres. Por eso no podemos entender la riqueza del lenguaje como ejercicio para diletantes. El conocimiento del lenguaje es un auténtico instrumento de libertad.

viernes, 8 de julio de 2016

9. Hablar y escuchar



Cardo de María (Silybum marianum)

    Ya hemos dicho en anterior ocasión que el lenguaje es la forma más elevada de comunicación entre humanos. Para que exista comunicación es necesario —al menos— uno que hable y otro que escuche.
    En relación a estas dos funciones —hablar y escuchar— el comportamiento de las personas es muy dispar. Aunque hay toda una gama de variedades, de forma básica los seres humanos presentan dos tipologías bien diferenciadas a este respecto: los que tienen sobre todo necesidad de hablar y los que fundamentalmente necesitan ser escuchadas. Aunque estas dos necesidades a veces coinciden en el mismo individuo, no es lo normal. Lo habitual es que una de las dos sea la que predomine en una u otra persona.
    Las que sienten sobre todo la necesidad de hablar solo necesitan que haya un oyente. La posición o actitud del oidor respecto al contenido de lo que se habla no es especialmente relevante. Es evidente que el hablante necesita que su interlocutor esté, aunque lo haga en una actitud pasiva. No necesita de su complicidad. Lo que importa es hablar y tener quién oiga. Finalizado el parlamento, el orador queda tranquilo, se ha desahogado.
    Pero los que necesitan ser escuchados lo tienen más difícil. No les es suficiente con tener un oyente que, en actitud más o menos pasiva, oiga su parlamento. Como ya hemos comentado en otro artículo, escuchar requiere una actividad por parte del oyente, un esfuerzo hacia el que habla, debe prestar atención a lo que le dice —debe ser escuchante, no solo oyente— y el orador tiene que tener constancia de que su interlocutor le está dirigiendo la atención que ser escuchado supone. Y esto es mucho más complicado de conseguir.
    Por eso los primeros —los que necesitan hablar— lo tiene más fácil que los segundos —los que necesitan ser escuchados—. Si usted querido lector es del grupo primero tendrá más oportunidades de sentirse bien. Si es de los segundos no le arriendo las ganancias.