Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 10 de abril de 2025

137. No son milagros, sino decisiones acertadas.

 


Hortensia (Hydrangea macrophyla)
 
    Diversas encuestas nos ponen de manifiesto que en España —parece que en otros países también— hay un importante número de ciudadanos que en la actualidad viven ajenos a la realidad política del país. Unos porque, al contemplar el panorama que aparece en los medios de comunicación convencionales, no les gusta la realidad que les ofrecen. Otros porque prefieren la inmediatez y simpleza de las informaciones que les llegan a través de las redes sociales, aunque muchas veces sean conscientes de lo ajenas a la realidad que son dichos mensajes.

Buena parte de estos fugitivos de la información sobre la realidad —sobre lo que de verdad está ocurriendo en nuestro entorno—son conscientes de que la actividad política y la calle viven en dos realidades paralelas y casi especulares. Y es que seguir la actualidad a través de lo que nos llega por diversas vías, supone en muchos casos, sentirse parte del coro de una dolorosa y permanente tragedia griega de la que algunos nos prometen salir en menos de un mes si acertamos a elegir al correcto «deus ex machina», es decir, ese ser que, como en el teatro clásico griego aparecía caído del cielo para resolver todos nuestros problemas en un instante

«Deus ex machina» es una expresión latina que viene a decir que un dios descenderá de la máquina para solucionar los problemas de los humanos. El término se origina en las antiguas tragedias griegas donde, en momentos culminantes de la obra que se representaba, una grua o artefacto similar —«machina»— hacia descender «del cielo» al personaje que representaba al dios de turno, que solucionaba el problema —el mal— en el que se hallaban inmersos los personajes de la obra. Modernamente el termino se ha ampliado a la cotidianeidad y se usa para referirse a un personaje o acontecimiento inesperado que aporta una solución oportuna a una situación dramática.

Ahora viene a colación lo que se ha dado en llamar «Paradoja de Epicuro» —no esta claro si este autor griego fue el que la formuló— o «Paradoja de dios y el mal”. Esta paradoja establece lo siguiente para la existencia de dios y el mal. Y se formuló en cuatro premisas. Según ella, dios para acabar con el mal tiene estas cuatro opciones:

Si quiere y no puede, es impotente.

- Si puede y no quiere, no es bueno.

- Si ni quiere, ni puede, no sería un dios.

- y si quiere y puede, ¿por qué no acaba con él?

Para dar respuesta a esta paradoja, uno de los argumentos de más éxito que se ha utilizado es la del libre albedrio. Según esto los seres humanos somo libres y racionales y hemos sido dotados de la posibilidad de elegir entre lo bueno y lo malo, entre lo mejor y lo peor. Fruto de esta capacidad sabemos —¿o deberíamos saber? — que el mundo en que vivimos no es ni va a ser perfecto. Y que los vendedores de quimeras que nos ofrecen paraísos también saben por experiencia personal e histórica que las felicidades que nos ofrecen con frecuencia se convierten en infiernos.

Llevando estos temas a la actividad política, y por tanto a la vida en sociedad, ni el gobierno tiene atributos divinos, ni es capaz de instaurar el paraíso. Y no es cuestión de que quiera o pueda. Sencillamente, al igual que ocurre con la propia paradoja, se ha de tener en consideración la libertad humana. Si somos tan libres como para poder negar la existencia de un dios, no parece lógico que podamos invocar ciegamente a un gobierno, sea el que sea, como para aspirar a que actúe como el «deus ex machina» de las tragedias griegas y solvente todos nuestros problemas. Y la invocación de diferentes dioses conduce con frecuencia a que ninguna de sus actuaciones sea posible ni viable. 

Somos todos y cada uno de nosotros, juntos y/o por separado quienes tenemos que responder a los problemas que nos afectan con eficiencia y racionalidad. Y esta consciencia debería ser el alma de la política.

 Bueno sería que utilizáramos esta cualidad —el libre albedrio— para no apartarnos del todo de la realidad en la que vivimos y elegir aquellas opciones más realistas y adecuadas. Dejemos el «deus ex machina» para el teatro y no para la política.