Buena parte de estos fugitivos de la información sobre la realidad —sobre lo que de verdad está ocurriendo en nuestro entorno—son conscientes de que la actividad política y la calle viven en dos realidades paralelas y casi especulares. Y es que seguir la actualidad a través de lo que nos llega por diversas vías, supone en muchos casos, sentirse parte del coro de una dolorosa y permanente tragedia griega de la que algunos nos prometen salir en menos de un mes si acertamos a elegir al correcto «deus ex machina», es decir, ese ser que, como en el teatro clásico griego aparecía caído del cielo para resolver todos nuestros problemas en un instante
«Deus ex machina» es una expresión latina que viene a decir que un dios descenderá de la máquina para solucionar los problemas de los humanos. El término se origina en las antiguas tragedias griegas donde, en momentos culminantes de la obra que se representaba, una grua o artefacto similar —«machina»— hacia descender «del cielo» al personaje que representaba al dios de turno, que solucionaba el problema —el mal— en el que se hallaban inmersos los personajes de la obra. Modernamente el termino se ha ampliado a la cotidianeidad y se usa para referirse a un personaje o acontecimiento inesperado que aporta una solución oportuna a una situación dramática.
Ahora viene a colación lo que se ha dado en llamar «Paradoja de Epicuro» —no esta claro si este autor griego fue el que la formuló— o «Paradoja de dios y el mal”. Esta paradoja establece lo siguiente para la existencia de dios y el mal. Y se formuló en cuatro premisas. Según ella, dios para acabar con el mal tiene estas cuatro opciones:
- Si quiere y no puede, es impotente.
- Si puede y no quiere, no es bueno.
- Si ni quiere, ni puede, no sería un dios.
- y si quiere y puede, ¿por qué no acaba con él?
Para dar respuesta a esta paradoja, uno de los argumentos de más éxito que se ha utilizado es la del libre albedrio. Según esto los seres humanos somo libres y racionales y hemos sido dotados de la posibilidad de elegir entre lo bueno y lo malo, entre lo mejor y lo peor. Fruto de esta capacidad sabemos —¿o deberíamos saber? — que el mundo en que vivimos no es ni va a ser perfecto. Y que los vendedores de quimeras que nos ofrecen paraísos también saben por experiencia personal e histórica que las felicidades que nos ofrecen con frecuencia se convierten en infiernos.
Llevando estos temas a la actividad política, y por tanto a la vida en sociedad, ni el gobierno tiene atributos divinos, ni es capaz de instaurar el paraíso. Y no es cuestión de que quiera o pueda. Sencillamente, al igual que ocurre con la propia paradoja, se ha de tener en consideración la libertad humana. Si somos tan libres como para poder negar la existencia de un dios, no parece lógico que podamos invocar ciegamente a un gobierno, sea el que sea, como para aspirar a que actúe como el «deus ex machina» de las tragedias griegas y solvente todos nuestros problemas. Y la invocación de diferentes dioses conduce con frecuencia a que ninguna de sus actuaciones sea posible ni viable.
Somos todos y cada uno de nosotros, juntos y/o por separado quienes tenemos que responder a los problemas que nos afectan con eficiencia y racionalidad. Y esta consciencia debería ser el alma de la política.
Bueno sería que utilizáramos esta cualidad —el libre albedrio— para no apartarnos del todo de la realidad en la que vivimos y elegir aquellas opciones más realistas y adecuadas. Dejemos el «deus ex machina» para el teatro y no para la política.
Somos todos y cada uno de nosotros, juntos y/o por separado quienes tenemos que responder a los problemas que nos afectan con eficiencia y racionalidad. Y esta consciencia debería ser el alma de la política. ESTO LO ENCUENTRO GENIAL
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