Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

miércoles, 20 de diciembre de 2023

116. El oficio de sanar a lo largo de la Historia. 6

 

Corona de Cristo (Euphorbia milii)

No menor en importancia que las dos anteriores fue la sífilis, que alcanzó una gran importancia en el siglo XVI y ha sido frecuente hasta mediados del siglo XX. Como ustedes saben es una enfermedad de transmisión sexual, que ha afectado a millones de personas, ricos y pobres — incluidos algunos papas—, provocando miles de muertos.

 Como era una enfermedad aparentemente nueva, nadie quería cargar con el muerto de ser el causante de su origen. Así que recibió los nombres de morbo hispano, morbo itálico, morbo gálico o morbo germánico, entre otros.

Como con todos los males incurables, los curanderos se hicieron de oro con el tratamiento de estos pacientes. 

Además de los recursos habituales, es decir, las sangrías, los baños de vapor y los purgantes, los médicos utilizaron con profusión el mercurio, que se administraba de diversas formas. El mercurio tiene una alta toxicidad y sus efectos eran muy espectaculares: tras su ingestión el enfermo rompía a sudar y salivaba en grandes cantidades, llegando a producir hasta un litro de saliva.

Calculen ustedes que ahora se desaconseja la toma de atún y pez de espada por los niños y embarazadas por su contenido en mercurio, y la cantidad máxima detectada en estos peces es 100 veces inferior a la dosis que se solía administrar a los enfermos de sífilis.

Entre los sifilíticos ilustres recientes les citaré, entre otros, al compositor Donizetti, al pintor Van Gogh y el mafioso Al Capone. El mercurio para la sífilis se estuvo utilizando hasta mediados del siglo XX, en que Fleming descubre la penicilina.

Ya más cerca de nuestro tiempo, en el siglo XVII se hizo muy frecuente una enfermedad que provocaba unas fiebres cada tres o cuatro días, las llamadas fiebres tercianas, cuartanas o fiebres intermitentes, que con frecuencia acababan en la muerte. Hablamos del paludismo o malaria.

Imagino que ustedes ya saben cómo se trataba esta enfermedad… ¿No lo saben? … Pues como siempre, con sangrías y purgantes.

En 1638 Felipe IV envió como virrey del Perú al cuarto conde de Chinchón, que hizo el viaje acompañado de su esposa. Al poco de llegar, la condesa contrajo la malaria. El preocupado conde consultó a los más reputados médicos, que no hallaban solución. En esto, el confesor de la duquesa le informó que los indios trataban a sus enfermos de malaria con unos polvos obtenidos de la corteza de un árbol llamado quina. 

El conde consiguió los dichos polvos y, por si acaso, los probó antes en unos enfermos de tercianas que había en el hospital. Los enfermos mejoraron y entonces se utilizaron en la condesa, que también mejoró. A su regreso a España el virrey se trajo el producto y su uso se difundió por toda Europa, donde fueron ampliamente prescritos como “los polvos de la condesa”.

El producto se usó también con el papa Inocencio X, enfermo de paludismo a la sazón, que al curar emitió una cédula dando instrucciones para su uso y cediendo el monopolio de su venta a los jesuitas, pasando a llamarse desde entonces “corteza o polvos de los jesuitas”. 

Hasta el denostado tabaco no siempre fue rechazado por la Medicina. Desde su llegada de América, el tabaco se difundió por toda Europa y los médicos lo utilizaron para tratar diversas enfermedades, tales como el asma, mordeduras de animales, infecciones urinarias o trastornos intestinales. Por ello, al tabaco se le denominó “hierba santa”. 

Sin embargo, esto no debió gustar a la Iglesia, ya que en 1621 el papa Urbano VIII dictó una bula excomulgando a todos aquellos que usasen una substancia, y cito textualmente, “tan degradante para el alma como para el cuerpo”.


lunes, 11 de diciembre de 2023

115. El oficio de sanar a lo largo de la Historia. 5

 


Anémona arbustiva (Carpenteria califórnica)

Tras este breve repaso al ejercicio de la medicina en distintas culturas y épocas, permítanme que haga una mención más precisa de algunas de las enfermedades que más impactaron a Occidente en los últimos quinientos años, así como de algunos tratamientos realmente singulares que utilizaron los médicos en estos cinco siglos.

Una de las enfermedades más terribles a las que se ha tenido que enfrentar la humanidad ha sido la peste. Aunque a lo largo de los siglos ha habido varias epidemias, yo quería referirles hoy la de 1348, que acabó con la vida del 40% de la población europea, más de 25 millones de muertos.

La enfermedad atacaba a pobres y ricos, y no había forma de evitarla. Su presencia, como era habitual, se interpretó como un castigo divino a los pecados de los hombres y provocó un estado de pánico generalizado.

Como ha venido ocurriendo a lo largo de la Historia, ante una realidad tan terrible, cuyo origen no se entendía, la sociedad le echó la culpa a los de siempre: judíos, extranjeros, árabes, leprosos e incluso homosexuales. Miles de miembros de estos colectivos fueron quemados vivos en un intento vano de evitar la enfermedad.

Se organizaron procesiones por toda Europa de individuos que iban golpeándose con látigos hasta hacerse sangrar, invocando el perdón divino. Eran las procesiones de flagelantes, que alcanzaron tal número y crueldad que tuvieron que ser prohibidas por la propia Iglesia.

Ante esta tragedia los médicos aconsejaron una serie de medidas que a ellos les parecían adecuadas para el tratamiento de la enfermedad. Proponían bañarse en orina humana, colocar al enfermo cerca de vapores hediondos tales como animales muertos o beber el líquido que salía de los bubones. Pero no todo fueron rarezas: también sugirieron el aislamiento de los afectados, estableciendo la cuarentena, quemar todos los enseres de los apestados y encalar las habitaciones y casas donde hubiera muerto alguien de peste.

Para protegerse de la enfermedad los médicos recurrieron a vestirse con una amplia capa que cubría hasta las manos, guantes, botas altas, un sombrero de ala ancha y una curiosa careta que protegía su rostro y tenía un pico largo, como un ave, donde se ponían hierbas aromáticas para soportar los malos olores. A pesar de ello muchos médicos murieron contagiados.

Otra de las enfermedades míticas, conocida desde la antigüedad, ha sido la lepra. La ausencia de cura, la cronicidad del proceso y las visibles lesiones cutáneas que producía hizo que fuera muy temida, por lo que los que la padecían sufrían marginación y una clara muerte social. 

En la alta Edad Media el diagnostico lo hacían los médicos y los sacerdotes. Cuando se diagnosticaba a un enfermo de lepra se le llevaba a la iglesia en procesión, se le acostaba ante el altar, se entonaban cantos funerarios, y se le vestía con el traje de San Lázaro. Si el enfermo estaba casado se disolvía su matrimonio y sus bienes pasaban a manos de sus parientes o de la Iglesia. El enfermo era expulsado de la sociedad y debía vivir en las afueras y anunciar su presencia con su ropaje y un cascabel o una carraca, para que los que no tenían la enfermedad se pudieran apartar.

El tratamiento de estos enfermos era tan ineficaz como todos los demás: se les hacían sangrías, y se aconsejaba darles caldo de víbora y carne de serpiente. 

A partir del siglo XII se crearon los primeros hospitales, las llamadas leproserías. En España a las leproserías se les llamaba también gaferías. No sabemos si por este motivo se les llama gafes a los que dan mala suerte.