Tras este breve repaso al ejercicio de la medicina en distintas culturas y épocas, permítanme que haga una mención más precisa de algunas de las enfermedades que más impactaron a Occidente en los últimos quinientos años, así como de algunos tratamientos realmente singulares que utilizaron los médicos en estos cinco siglos.
Una de las enfermedades más terribles a las que se ha tenido que enfrentar la humanidad ha sido la peste. Aunque a lo largo de los siglos ha habido varias epidemias, yo quería referirles hoy la de 1348, que acabó con la vida del 40% de la población europea, más de 25 millones de muertos.
La enfermedad atacaba a pobres y ricos, y no había forma de evitarla. Su presencia, como era habitual, se interpretó como un castigo divino a los pecados de los hombres y provocó un estado de pánico generalizado.
Como ha venido ocurriendo a lo largo de la Historia, ante una realidad tan terrible, cuyo origen no se entendía, la sociedad le echó la culpa a los de siempre: judíos, extranjeros, árabes, leprosos e incluso homosexuales. Miles de miembros de estos colectivos fueron quemados vivos en un intento vano de evitar la enfermedad.
Se organizaron procesiones por toda Europa de individuos que iban golpeándose con látigos hasta hacerse sangrar, invocando el perdón divino. Eran las procesiones de flagelantes, que alcanzaron tal número y crueldad que tuvieron que ser prohibidas por la propia Iglesia.
Ante esta tragedia los médicos aconsejaron una serie de medidas que a ellos les parecían adecuadas para el tratamiento de la enfermedad. Proponían bañarse en orina humana, colocar al enfermo cerca de vapores hediondos tales como animales muertos o beber el líquido que salía de los bubones. Pero no todo fueron rarezas: también sugirieron el aislamiento de los afectados, estableciendo la cuarentena, quemar todos los enseres de los apestados y encalar las habitaciones y casas donde hubiera muerto alguien de peste.
Para protegerse de la enfermedad los médicos recurrieron a vestirse con una amplia capa que cubría hasta las manos, guantes, botas altas, un sombrero de ala ancha y una curiosa careta que protegía su rostro y tenía un pico largo, como un ave, donde se ponían hierbas aromáticas para soportar los malos olores. A pesar de ello muchos médicos murieron contagiados.
Otra de las enfermedades míticas, conocida desde la antigüedad, ha sido la lepra. La ausencia de cura, la cronicidad del proceso y las visibles lesiones cutáneas que producía hizo que fuera muy temida, por lo que los que la padecían sufrían marginación y una clara muerte social.
En la alta Edad Media el diagnostico lo hacían los médicos y los sacerdotes. Cuando se diagnosticaba a un enfermo de lepra se le llevaba a la iglesia en procesión, se le acostaba ante el altar, se entonaban cantos funerarios, y se le vestía con el traje de San Lázaro. Si el enfermo estaba casado se disolvía su matrimonio y sus bienes pasaban a manos de sus parientes o de la Iglesia. El enfermo era expulsado de la sociedad y debía vivir en las afueras y anunciar su presencia con su ropaje y un cascabel o una carraca, para que los que no tenían la enfermedad se pudieran apartar.
El tratamiento de estos enfermos era tan ineficaz como todos los demás: se les hacían sangrías, y se aconsejaba darles caldo de víbora y carne de serpiente.
A partir del siglo XII se crearon los primeros hospitales, las llamadas leproserías. En España a las leproserías se les llamaba también gaferías. No sabemos si por este motivo se les llama gafes a los que dan mala suerte.
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