Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

72. Maradona y CRISPR-Cas-9


Arbol del Jade (Crassula ovata)

De forma resumida, una escala de valores es una relación ordenada y jerarquizada —clasificada de más a menos importante— de cualidades positivas o negativas, que las personas asignamos a otras personas, a las cosas y a los hechos. Si nos referimos a personas, los valores son las cualidades morales inherentes al ser humano, tales como responsabilidad, compromiso, honestidad, lealtad, amor, solidaridad, etc. Así, una escala de valores es la relación de características morales que son importantes para cada sujeto en particular.

En cuanto a las cosas también podemos hablar de escala de valores. Una cosa puede ser considerada buena si cumple su función, o si cuesta mucho dinero, o si es divertida, etc. Según nuestra escala de valores así nos comportamos, practicando o dando valor a aquellas características de las personas, cosas o hechos que, según nuestra escala, tienen más valor. 

Esto mismo se puede aplicar a las sociedades. Como agrupaciones de personas, las sociedades también tienen sus escalas de valores y, en función de ellas, dan valor a las personas, cosas o hechos. Las sociedades suelen medir —aunque no exclusivamente— los valores en grados de admiración o de retribución económica que perciben las personas o que se pagan por las cosas o hechos que la sociedad valora más alto.

Sobre Maradona nada nuevo vamos a decir. Este futbolista, de vida poco edificante, fue calificado por la prensa especializada como el mejor jugador de la historia, y por algunos de sus seguidores como “Dios”. En sus quince años de jugador —generosísimamente retribuidos por la sociedad— hizo pasar a sus seguidores numerosas horas de satisfacción al verle maniobrar en el campo. 

Con motivo de su reciente fallecimiento, los medios hablaron de que el mundo estaba de luto por su fallecimiento y han sido incontables los testimonios de condolencia y dolor mostrados, declarándose en su país natal —Argentina— tres días de luto nacional, contándose más de un millón de personas las que visitaron su capilla ardiente.

Sobre CRISPR-Cas-9 quizás haya algo más que decir. Es una técnica que, si bien había sido ya descrita en 2003 por el español Francisco Martínez Mojica, fue descubierta recientemente por las bioquímicas Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, científicas perfectamente desconocidas por el ciudadano medio, a pesar de que obtuvieron el Premio Nobel de Química de 2020.

  Sin entrar en detalles, que serían quizás complejos para este blog, esta técnica es una herramienta biológica que permite modificar el genoma de cualquier ser vivo con una alta precisión y de forma relativamente sencilla y económica. 

Este enorme descubrimiento permitirá —ya ha permitido en algunos casos—, curar enfermedades de origen genético, sustituyendo el gen defectuoso por uno sano. Las potencialidades de la técnica son inmensas. A título de ejemplo, es la que ha permitido crear algunas de las vacunas contra el COVID-19, las llamadas de “ARNm”, vacunas que permitirán salvar centenares de miles de vidas.

Afortunadamente, las doctoras Charpentier y Doudna siguen vivas. Pero estamos convencidos de que el día en que inevitablemente fallezcan, los millones de humanos beneficiados con su técnica ni se enteraran de ello y, por supuesto, el mundo no se pondrá de luto.

Esta es la escala de valores de nuestra sociedad, en la que parece que nos sentimos cómodos, ya que no nos esforzamos mucho por cambiarla.

 

martes, 1 de diciembre de 2020

71. Fresa Antonescu


 

—Esta es la parada, señorita— dijo el conductor del autobús mirando ligeramente a su derecha —Esto es Lepe.

—Gracias— musitó Fresa Antonescu en un más que aceptable español.

Se levantó de su asiento, bajó, y se puso al lado del autobús, junto al conductor, que sacaba las maletas.

—¿La suya es la roja? — preguntó el conductor, contemplándola por primera vez de pie.

Ahora podía verla con detalle. Al subir al autobús tuvo una fugaz visión, especialmente de sus ojos, pero ahora podía contemplarla en todo su esplendor. Tendría sobre 20-22 años, de estatura mediana tirando a alta, con un cuerpo esbelto en que las curvas de su anatomía quedaban apenas cubiertas por unos ajustados leggins y un top que realzaba su busto. Una hermosa melena rubia se derramaba sobre sus hombros, enmarcando un perfecto ovalo de cara. Pero lo que impactaba de ella eran sus ojos. Grandes, rodeados por unas hermosas pestañas que dejaban ver unos ojos grises, casi blancos, que atravesaban como una aguja al que la miraba.

—Sí— dijo la chica, inclinándose para recoger su maleta —¿Dónde me dijo que estaba el hotel?

—Siga la carretera y en el segundo semáforo, a la izquierda. Es un hotel pequeño, pero está muy bien y tiene buen precio.

La joven inició su camino tirando de su maleta. En esta ocasión no fue el conductor el único hombre que la miró. Su forma de andar, casi felina, remarcaba sus formas, que oscilaban rítmicamente al andar. El conductor, pensativo, se preguntaba donde había visto antes esos ojos.


El hotel tenía buen aspecto. El recepcionista estaba sentado en una butaca y se levantó al llegar ella.

—Buenas tardes, querría una habitación— la joven no atendió a la inquisitiva mirada que le dirigía él. 

Mientras repasaba el pasaporte el hombre la volvió a mirar.

—Así que rumana, Fresa Antonescu. Que nombre más curioso para una chica rumana —dijo deseoso de entablar una conversación.

Fresa no consideró responder al hombre. Le pareció innecesario decirle a aquel señor que su madre había estado trabajando en Lepe hacía muchos años y que quedó enamorada de esta tierra. Había estado dos años recogiendo fresa y le gustó el nombre para su hija: Fresa.

—Si, efectivamente, es raro—dijo recogiendo el pasaporte —Me dice cuál es mi habitación.

Fresa subió a su habitación y se dio una ducha. Estaba cansada tras las más de 36 horas de viaje en autobús desde Bucarest a Madrid y de Madrid a Lepe. Pero por fin había llegado.

Su madre siempre había sido reacia a hablarle de su padre. Cuando niña, a sus preguntas respondía invariablemente:

—Tu padre está en el cielo.

Ya en la adolescencia amplió la respuesta, pero poco más.

— Tu padre murió antes de nacer tú, y está enterrado en España, en Lepe. 

A sus quejas de lo poco explicita que era respondía.

—Fue una época muy dolorosa para mí, que prefiero no recordar. Respeta mi silencio como yo te respeto a ti.


Aunque ya la tarde estaba cayendo, Fresa se vistió para salir con la intención de dar una vuelta por el pueblo. Se sentó en el borde de la cama para abrocharse los zapatos y no pudo evitar la tentación de recostarse.

Las relaciones con su madre fueron siempre buenas. Alina —así se llamaba— era una mujer bondadosa, amable, con un punto permanente de tristeza en sus ojos, cuya espectacular belleza —que había empezado a declinar— había heredado su hija. Al regresar a Rumanía puso una tienda con los ahorros que trajo y allí nació y educó a su hija.

El recuerdo de su madre llenó sus ojos de lágrimas y con ese recuerdo se durmió.


Eran pasadas las 11 cuando Fresa bajó a la recepción del hotel. Había dormido como un tronco y tenía hambre.

—Donde puedo desayunar— preguntó al recepcionista, que la miraba insistentemente.

—En esta época no damos desayunos, solo en verano. Aquí al lado, en el cruce, tiene usted varios bares donde podrá desayunar. Perdone que me inmiscuya, pero usted no ha venido a trabajar en la fresa ¿verdad? En esta época apenas quedan, y además usted no tiene pinta de temporera— concluyó.

—No, vengo de turismo. ¿Sabe usted donde está el cementerio?

La pregunta descolocó al chaval, que le explicó dónde encontrarlo.

—Ayer vino usted en autobús, ¿no es cierto? Pues justo enfrente de la estación de autobuses está el cementerio.

Fresa salió, y tras tomar un café y un donut en un bar de la esquina, se dirigió hacia el cementerio. Tenía la vaga esperanza de encontrar la tumba de su padre, pero de pronto cayó en que su madre, por extraño que pareciera, nunca le dijo el nombre de su progenitor.

—Bueno, no creo que tenga problemas, no habrá muchos rumanos enterrados aquí— se dijo.

Traspasó la reja que daba entrada al camposanto y pronto se dio cuenta de lo arduo de su tarea. Numerosas filas de nichos y tumbas se alineaban en una amplia superficie. Se cargó de paciencia y empezó a mirar los nombres. Llevaría una hora leyendo lapidas cuando los fatigados ojos se le iluminaron: Bazyl Gomulka leyó en una lápida en la pared. Pronto se dio cuenta de que aquel no podía ser su padre, el difunto era polaco y había muerto seis años antes.

Desesperaba ya cuando una mujer, que limpiaba una tumba le preguntó.

—¿Que anda buscando señorita?

—La tumba de un hombre rumano, no se su nombre— respondió como avergonzada.

—¿Rumano? No me suena. Yo llevo muchos años limpiando estas tumbas y no recuerdo haber visto a ningún rumano. Polaco si hay uno, en aquella calle— dijo señalando el lugar que ya había visitado Fresa.

—Si, ya lo he visto, gracias— la joven parecía perdida.

—¿Cuándo falleció? Los nichos antiguos los vacía el ayuntamiento y los lleva al osario. Debería preguntar usted en el Ayuntamiento. Allí le darán noticas.

Tras agradecer a la mujer su consejo, Fresa cogió el camino del hotel. Con la búsqueda y la conversación se había hecho tarde para su hábito de comer. 

Paró en uno de los bares del cruce y comió una ensalada y un filete. Al terminar preguntó al camarero donde se encontraba el ayuntamiento.

—Subiendo por esta calle llega usted a una plaza cuadrada, Allí está el ayuntamiento. Pero a estas horas ya está cerrado, solo abre por las mañanas.

Dado que el día no daba más de sí para sus propósitos regresó al hotel. La larga siesta le ayudó a reponer fuerzas y a ordenar algo sus ideas.


Su madre se había esmerado en su educación. Fue al liceo y después a la Universidad, donde obtuvo un grado en Historia. En todos esos años su madre mantuvo su viudedad con absoluto respeto al difunto. Salía poco y nunca con hombres. La tienda ocupaba sus días y su hija colmaba aparentemente toda su capacidad de amar. Los ingresos de la tienda parecían suficientes para el moderado estilo de vida que llevaban madre e hija.

Originaria su madre de una lejana zona del país, las dos tuvieron muy poco contacto con el resto de la familia. Solo acudieron algunos parientes en dos ocasiones, una para la comunión de Fresa y otra para el entierro de Alina.

—Ha sido una terrible desgracia— había musitado su tío el día del entierro — Tan joven y encontrar una muerte así.

Un día aciago de noviembre su madre se había enfrentado a un atracador que, a última hora de la tarde, pretendió llevarse el dinero de la caja. Tras un forcejeo, el individuo asestó una puñalada a Alina, de la que no sobrevivió.

Fue una dura perdida para Fresa. Habían estado muy unidas y ahora se enfrentaba a la soledad. Pasados unos meses y arreglados los asuntos en Rumanía, Fresa recordó las palabras de su madre y decidió conocer donde había empezado todo. Y allí estaba, en Lepe, buscando la tumba de un padre del que lo desconocía todo, hasta el nombre.


Fresa se detuvo ante el semáforo en rojo. Veía pasar los coches —muy rápidos para una vía urbana le parecían a ella— cuando oyó un brusco frenazo. Ante la joven un todo terreno negro se había detenido y con él todos los vehículos que venían detrás. La cara del conductor —un hombre de mediana edad, bien parecido— aparecía demudada, como si se hubiera puesto bruscamente enfermo. Los cláxones de los coches que le seguían elevaron su protesta ante la brusca detención y esto parece que hizo reaccionar al conductor que, sin apartar la vista de Fresa, arrancó y se perdió en la carretera.

La joven prosiguió su camino, no sin pensar en lo que le habría pasado al conductor, en qué habría visto para parar de esa manera. Enfiló la calle arriba, que según le habían dicho le llevaría a la plaza donde estaba el Ayuntamiento.

Durante el recorrido volvió de nuevo a experimentar esa sensación, entre agradable y molesta, que notaba cuando comprobaba las reacciones que su paso despertaba, y no solo en los hombres. Su aspecto físico y su forma de andar hacia que los varones se volvieran a su paso y las mujeres la miraran de reojo, cuchicheando entre ellas.

La administrativa que la atendió amablemente le explicó que la información que solicitaba no estaba disponible en ese momento.

—¿Dice usted que hará unos 20 o 22 años? No será difícil encontrarlo, ya que aquí no mueren apenas extranjeros, pero esos libros están en el archivo general y tengo que buscarlos. Yo creo que mañana a última hora de la mañana quizás le pueda decir algo—dijo con su mejor sonrisa.

Realizada la gestión salió del ayuntamiento a la plaza, donde el sol ya calentaba el pavimento. Al torcer a la izquierda para tomar la calle de vuelta tuvo la sensación de que alguien la estaba mirando. Miro hacia la cafetería que había en la esquina y, de entre los varios ocupantes de las sillas, observó a un hombre maduro que la miraba fijamente. Tuvo la sensación de que lo había visto anteriormente, pero no era probable: apenas llevaba allí dos días y no había hablado con nadie, salvo el conductor y el recepcionista. Pero algo le resultaba familiar.

Ante la mirada frontal de la joven el hombre desvió la mirada y continuó leyendo el periódico que tenía entre las manos.

Fresa bajo hasta el hotel dispuesta a cambiarse de ropa y darse un paseo por la playa, y si acaso darse un baño.

—¡Perdone! —dijo en voz alta para llamar la atención del recepcionista que dormitaba en una butaca.

—¡Ah, señorita Antonescu! ¡Ya de vuelta! — se le notaban las ganas de hablar —Esta mañana estuvo aquí don Raúl, y preguntó por usted.

—¿Don Raúl? —Fresa puso un gesto de extrañeza —¿Quién es don Raúl? —pregunto más con enfado que con curiosidad.

—El dueño del hotel— respondió el joven con cara de admiración —bueno no solo de este hotel, tiene varios aquí en la costa. Y muchas tierras. Es un hombre muy rico —la cara de admiración subía de tono.

Fresa no salía de su perplejidad. ¿Qué le importaba al propietario quien era ella? Y con qué derecho se inmiscuía en su vida.

—¿Y que quería ese señor? — dijo visiblemente molesta.

—Nada, solo miró su ficha y se marchó.

Sin disimular su enfado, Fresa le dijo al joven que llamara un taxi para llevarla a la playa y subió a su habitación. No quería que aquel estúpido incidente le aguara la tarde. Al desnudarse para ponerse el bikini no pudo evitar mirarse al espejo. Se sentía segura de su belleza y contemplar su reflejo le producía una sensación agradable. Pudo observar una vez más sus esbeltas piernas, en cuyo muslo derecho tenía una pequeña mancha de color rojo vinoso, en forma de estrella, que se mantenía igual desde niña.

—Tu padre tiene una igual en el hombro izquierdo — le había dicho su madre en alguna ocasión —pero la mancha de él es algo más grande.


Terminó de vestirse y, tras calzarse unos ajustados jeans, bajó al hall, donde ya esperaba el taxi. 

En el viaje a la playa aprovechó para tirarle de la lengua al taxista, que no necesitó mucho para explayarse.

—Si señora, don Raúl Méndez es un hombre muy rico, pero no quisiera verme yo en su pellejo. Tiene de todo, pero le falta una mujer y unos hijos. ¿Para que quiere todo lo que tiene si no tiene quien lo herede? — el hombre estaba en su salsa — Desde lo de doña Trinidad vive solo en la finca, con los mismos servidores, desde hace más de 20 años.

Fresa no pudo resistirse y preguntó.

—¿Desde lo de doña Trinidad?

—¡Ah! Se me olvidaba que es usted de fuera. Doña Trinidad era, bueno es todavía, la mujer de don Raúl. Era una mujer de bandera, pero desde lo del accidente se volvió loca y desde entonces no se ha recuperado.

El taxi había llegado a la playa y la conversación llegó a su fin. Fresa abonó la carrera y se dirigió a la orilla del mar. Tras contemplar la hermosa playa se decidió y, tras quedarse en bikini, se zambulló en las frescas aguas, a dónde la siguieron más de una mirada curiosa.

Salió del agua y se sentó en una de las mesas que había en el paseo marítimo. Estaba todavía secándose el pelo cuando un hombre se acercó a ella.

—Perdone mi atrevimiento señorita, pero yo conocí a su madre.

Fresa quedó petrificada. El hombre que se dirigía a ella rondaba los 50, era bien parecido, tenía una aún tersa piel morena en su cara y esbozaba una sonrisa tímida, como avergonzada.

—¿Cómo? — solo alcanzó a balbucear la joven —¿Cómo ha dicho?

—No sabía cómo hacerlo, perdóneme, pero necesitaba hablar con usted. Yo conocí a su madre, Alina.

Los ojos de Fresa no podían expresar mayor sorpresa. Con las manos aún envueltas en la toalla con la que se secaba el pelo, se sentía anonadada. De pronto reconoció al hombre del todoterreno negro y al del periódico de la plaza.

—Su madre estuvo trabajando para mi durante su estancia en Lepe, y su marido también. Primero en la fresa y luego en La Trinidad.

El hermoso rostro de Fresa había perdido su color y su extrema blancura casi se confundía con la de sus ojos. Miraba al hombre sin saber que contestar. Un torbellino de sensaciones y promesas de recuerdos se agolpaban en su mente.

—Perdóneme de nuevo, no me he presentado, Raúl Méndez —dijo alargándole la mano que ella, torpemente, sacó de la toalla y la estrechó débilmente —¿Qué desea tomar?

Fresa susurró «un agua» y, disculpándose, preguntó al camarero.

—¿El baño, por favor?

Necesitaba estar a solas. Ya en la soledad del baño se sintió más segura. Mil y una preguntas se agolparon en su boca, pero aquel hombre era un perfecto desconocido. No podía actuar como si nada, pero por otro lado era la oportunidad de conocer las respuestas a las preguntas que le habían impulsado a recorrer los miles de kilómetros que le separaban de aquel lugar. Tenía que tomar una decisión y pronto. No iba a llevarse toda la tarde encerrada en el baño. Decidió hablar con aquel hombre y así poder conocer algo de la estancia de su madre en Lepe y, sobre todo, de su padre. Tras vestirse salió a la terraza.

—Discúlpeme usted también, me ha cogido tan de sorpresa que me he quedado sin palabras. Me alegro de que haya decidido hablarme. Tengo muchas preguntas que hacerle sobre mi madre y sobre mi padre, al que no conocí.

Raúl Méndez torció levemente el gesto.

—Efectivamente su padre, Anastas — pareció dudar un momento— Apostolov. Sí, Anastas Apostolov se llamaba. Un buen hombre.

Fresa iba a empezar su andanada de preguntas cuando el todoterreno negro paró junto a la mesa. De él bajo un hombre joven.

—Don Raúl — dudó ante la presencia de Fresa —me dijo usted que a las cinco lo recogiera.

—Si, Antonio. Permíteme que te presente a Fresa Antonescu.

El joven le tendió la mano. Por la forma de mirarla Fresa intuyó que no era una sorpresa para él su presencia. Tras corresponder al saludo del joven la chica de dirigió de nuevo a Raúl.

—¿Entonces…?

Raúl no le dio tiempo a plantear la pregunta.

—Tenía previsto que nos acercáramos a La Trinidad. Le he hablado de usted a Mariano, el encargado. Ya está muy mayor y también conoció a su madre. Le ha hecho mucha ilusión poder saludarla. Espero que no le importe acompañarme. Antonio nos llevará — añadió para despejar la sombra de desconfianza que creyó leer en sus ojos.

Fresa se dejó llevar. No sabía lo que le estaba sucediendo, pero aquel hombre ejercía sobre ella una influencia que no podía, no quería, soslayar. Su presencia le inspiraba, contra toda lógica, seguridad. Lo acababa de conocer y lo iba a acompañar a su finca, junto a otro perfecto desconocido. Y ello no le generaba inquietud, sino todo lo contrario. Es como si se fuese a descorrer una cortina cuya existencia la había desasosegado en el pasado y que ahora iba a desvelar sus misterios.

Subió al coche y enfilaron la carretera. Raúl y Fresa, en el asiento de atrás, iniciaron una conversación en la cual él iba desgranado, con una memoria prodigiosa, todos los acontecimientos de la llegada de su madre al pueblo, de su primer empleo como recogedora de fresa, de cómo había conocido a su marido, de la boda, de su decisión de traérselos a su finca y darles un empleo estable a los dos.

Fresa disfrutaba con toda aquella inundación de datos que colmaban sus ganas de conocer. La realidad que le contaba Raúl iba saciando su deseo de saber, y la imagen de su madre joven iba adquiriendo una corporeidad por ella ignorada. La Alina que ella conoció, con ese punto permanente de tristeza, contrastaba con aquella Alina que salía de la boca de Raúl, toda llena de vida y alegría.

En un recodo el camino apareció la hermosa finca a la que se dirigían. Tras ayudarle a bajar, Raúl le propuso.

—Vamos a ver a Mariano. No me perdonaría que retrasara ni un minuto tu presencia.

Era la primera vez que la tuteaba, y Fresa se sintió cómoda con aquel trato.

—Perdona que te tutee. No puedo evitar al verte pensar que nos conocemos desde hace ya mucho tiempo. No te importa, ¿verdad?

La joven asintió con su hermosa cabeza, dejando caer sus cabellos rubios sobre su rostro.

Se dirigieron hacia una habitación cercana, donde un anciano estaba sentado en una mecedora.

—¡Mira quien está aquí, Mariano, la hija de Alina!

El anciano la miro y sus ojos se llenaron de lágrimas. Sus manos temblonas se dirigieron a ella y Fresa se acercó a cogérselas. El las llevo a su boca y las besó con amor, regándolas con su llanto.

—Ya está Mariano —dijo Raúl— no llores. ¿A que es su vivo retrato?

El anciano no dejaba de llorar. Entre sollozos murmuró.

—Es igual que ella —corroboró —yo quería mucho a su madre, señorita. Ella fue siempre muy buena conmigo y también me quería mucho. Su madre de usted y su marido han sido lo mejor que ha pasado por esta casa.

Fresa creyó llegado el momento de preguntar por su padre.

—¿Cómo murió mi padre? — preguntó al vacío, sin dirigir su mirada a ninguno de los presentes.

Un espeso silencio se adueñó de la habitación. Los sollozos del anciano se hicieron más evidentes, a la par que soltaba sus manos.

—¡Ten piedad señor! —musitó el anciano entre sollozo y sollozo.

Raúl pareció dudar. Miró alternativamente al anciano y a Fresa, sin decidirse a hablar. Tras unos instantes que se hicieron eternos se decidió.

—Lo de Anastas fue una terrible desgracia. Regresábamos mi mujer y yo de una cacería y al bajar Trinidad la escopeta del coche se le cayó al suelo, con tan mala fortuna que la escopeta se disparó y alcanzó de lleno a Anastas. Murió en el acto. Fue una horrible calamidad —¿No es cierto, Mariano? —interrogó al anciano, que lo miró fijamente.

—¿No es cierto, Mariano? —repitió Raúl la pregunta. 

El anciano asintió mirando con sus ojos llorosos a Fresa.

—Tras el accidente Trinidad ya no fue la misma — añadió Raúl con cara afectada — entró en una profunda depresión de la que nunca se recuperó. De hecho, los últimos años los ha pasado ingresada en una clínica psiquiátrica de Madrid, donde la visito periódicamente. Prácticamente no se relaciona con su entorno.

Raúl inició la salida de la habitación donde pasaba su vida Mariano. Fresa se acercó a besar al anciano como despedida y éste, inundado de nuevo en lágrimas, le agarró una mano y, acercándose a su cara, le susurró.

—Fue ella, se volvió loca.


Mientras acompañaba a Raúl, Fresa se preguntaba que habría querido decir el anciano. Era evidente que había sido Trinidad la autora involuntaria de la muerte de su padre, y que se había vuelto loca. Eso ya lo había dicho Raúl. Quizás la edad enturbiaba su mente y repetía lo dicho por su patrón. Pronto las palabras de Raúl le hicieron volver a la realidad.

—Tomaremos un café y seguiremos charlando, si te parece — apuntó el anfitrión.

Fresa ocupó la silla que le ofrecía aquel hombre que, en cierto modo, la tenía subyugada. No entendía lo que estaba pasando, solo sabía que se encontraba a gusto en aquella casa, oyendo a aquel hombre la narración de la anhelada parte de su pasado que desconocía.

—Dos cafés — dijo a la empleada que acudió a su llamada —¿para ti con leche Fresa?

La joven asintió. No sabía, no podía, hacer otra cosa. Un tumulto de ideas se le amontonaban en su cerebro, sin que fuera capaz de analizarlas con tranquilidad. Las tres horas que llevaba con Raúl habían inundado su mente, llenándola de añoranzas, recuerdos, sensaciones todas placenteras e inquietantes a la vez.

La empleada se acercó a la mesa y, al inclinarse para depositar los cafés, derramó el humeante líquido sobre el torso de Raúl, que dio un salto y exhaló un grito de dolor. La empleada se deshizo en disculpas y Raúl intentaba consolarla a la par que se quitaba rápidamente la camisa para despegar el ardiente tejido de su piel.

El torso de él quedó al desnudo y Fresa palideció. Raúl se sintió avergonzado. A pesar de que con su edad aún mantenía una forma magnífica, pensó que a los ojos de ella aquello resultaría ridículo.

Pero Fresa ya no estaba allí. Sus bellos ojos grises, casi blancos, no se apartaban del hombro izquierdo de aquel hombre que lucía una curiosa mancha de color rojo vinoso, con forma de estrella.

sábado, 21 de noviembre de 2020

70. Agnogénesis

 


Arbol del coral (Erythrina caffra)


En ocasiones anteriores hemos escrito sobre el conocimiento y sobre la importancia de diferenciar conocimiento de opinión. De hecho, hay toda una disciplina, la epistemología, que se encarga de estudiar la teoría y fundamentos del conocimiento científico.

La ignorancia es la falta de conocimiento y, tradicionalmente, esta se ha atribuido a la falta de interés o incapacidad de la persona para aprender lo que puede y debe saberse. 

Sin embargo, en los últimos tiempos ha surgido un nuevo tipo de ignorancia, que es aquella inducida culturalmente. Sería un desconocimiento o duda que se provoca artificialmente. No es que el individuo no acceda al conocimiento, sino que su entorno —su ambiente cultural— siembra dudas generalizadas sobre el conocimiento científico, publicando trabajos científicos —pagados o rechazados como erróneos por la comunidad científica— que ponen en duda lo afirmado por la ciencia, con la idea de que el ciudadano le de la misma credibilidad a todo.

El tema es de tal trascendencia que se ha acuñado un término para designarlo: agnotología —también agnatología—. Este concepto —contrario a la epistemología— define al estudio de la ignorancia o duda inducida culturalmente, en especial a la provocada por la publicación de datos científicos erróneos, inexactos o engañosos.

El concepto fue utilizado por primera vez en 1995 por el profesor Proctor de la Universidad de Stanford (USA). En las décadas precedentes la investigación científica había demostrada fehacientemente que el tabaco era el causante de numerosas enfermedades, especialmente el cáncer de pulmón. La industria tabaquera estadounidense, al ver el peligro que corría su negocio, pagó a algunos científicos para que realizaran estudios que demostraran que el tabaco no era dañino para la salud. La publicación de esos estudios sembró la duda entre muchos ciudadanos, generando un desconocimiento que ha durado hasta los años finales del siglo XX. Esto dio motivo al profesor norteamericano para estudiar el fenómeno y acuñar el término.

Según Proctor, esta ignorancia se origina de forma activa en la sociedad a través de fuentes con intereses particulares, que de forma deliberada contribuyen al desprestigio del conocimiento científico. Estas actuaciones generan desconocimiento, a pesar de la abundancia de información.

A esta tecnología de la desinformación, a la generación de ignorancia inducida, es a lo que se ha llamado agnogénesis. Esta técnica permite la persistencia de creencias tales como la falsedad de la teoría de la evolución o la duda sobre la forma de la tierra, por poner dos ejemplos simples. Estas actividades persiguen negar la credibilidad de las fuentes científicas —por muy solventes que sean—, e incluso negar los propios hechos.

Esta generación intencionada de ignorancia, promovida muchas veces por corporaciones o políticos, necesita la colaboración de expertos en comunicación, periodistas y medios de comunicación que, de forma voluntaria o comprados, consiguen confundir a los ciudadanos.

Ya hemos comentado en alguna ocasión que un ciudadano ignorante es fácilmente manipulable. Siempre se dijo que la información era poder. Pero parece que los poderosos de todo tipo han aprendido que la ignorancia de los ciudadanos también es poder para ellos. Y por ello invierten gran cantidad de recursos en la agnogénesis, o sea, en la creación de ignorancia.


jueves, 13 de febrero de 2020

68. Mil doscientas palabras


 Cardillo (Scolymus hispanicus)

El español es un idioma muy rico, pero parece que cada vez se usan menos vocablos. Nos cuentan los estudiosos del tema que la mayor parte de los menores de 30 años solo utilizan habitualmente más que 1.200 palabras. Y hay también algunos que mantienen que esas son suficientes para relacionarse en el mundo actual.

Las palabras nos sirven para describir la realidad. Y la realidad tiene muchos matices que han de ser detallados para entenderla. El mundo de los hechos, y no digamos el de las emociones, necesitan términos que lo expresen. Y el pensamiento, complejo per se, reclama palabras para expresar su riqueza. Y parece difícil comunicar todas estas cosas con tan pocas palabras.

Algún autor ha planteado que las nuevas generaciones se están quedando sin léxico —sin palabras— con las que expresarse correctamente, con las que transmitir adecuadamente su realidad, con las que narrar sus posibilidades y apetencias, que le sirvan para expresar su actitud ante el mundo.

En los últimos años ha habido un cierto descredito del aprendizaje y la memoria. Se nos ha repetido que no es necesario retener nada, que todo estaba en los libros y ahora en internet. Por ello, se concluye, no es necesario prestar atención; cuando se necesita la información es suficiente con recurrir a medios externos. Por ello se considera suficiente retener cuatro ideas en la cabeza. Pero es necesario tener claves con las que entender lo que nos llega por estos nuevos medios, y para ello hay que recordar y entender determinados términos, en definitiva, usar palabras.

Los estudiosos del fenómeno apuntan la posibilidad de que quizás contribuya a este desinterés por el aprendizaje el hecho de que la cultura y la educación han dejado de ser ascensores sociales, es decir, que contribuyen poco a la mejora del nivel del individuo en la sociedad.

Sin embargo, seguimos necesitando palabras que nos permitan designar sentimientos, roles laborales o apetencias personales o profesionales. Aprender nuevas palabras ensancha nuestra visión del mundo y nos permite comprender conceptos con los que convivimos a diario. Necesitamos poder realizar la adecuada combinación de términos para iluminar y enriquecer nuestras mentes.

Sin duda es difícil progresar en la sociedad actual. Pero aún lo es más para aquellos que no saben expresarse adecuadamente. 


jueves, 9 de enero de 2020

67. La vista y el oído nos engañarán


 Solano de flor azul (Lycianthes ratonnetii)

En los últimos meses estamos recibiendo videos en los que una conocida figura pública nos comenta o nos informa de algo que resulta más o menos creíble. Un político, actor u otro personaje conocido, de pie o sentado, en la intimidad de su despacho o casa o ante un publico escuchante nos dice cosas que, naturalmente, nosotros aceptamos como dichas por la persona que estamos viendo en la pantalla. Pero resulta que no es así.

Las llamadas deepfake —mentiras en román paladino— no llevan mas de dos años entre nosotros. Como ya comentamos en un anterior articulo, las noticias falsas se han convertido en una realidad diaria que afecta a personas, organismos, entidades y gobiernos, de tal manera que se han convertido en un serio problema para poder tomar decisiones basadas en la realidad, en lo que ocurre de verdad. Pero ahora las cosas se nos complican.

Hasta casi hoy —la tecnología lleva pocos meses en el mercado— una cosa era lo que se escribía sobre algo o alguien y otra lo que ese alguien, a través de su boca, nos contaba. Pero llegó la tecnología a facilitarnos —y complicarnos — la vida. Alguien se ha inventado la GAN —Generative Adversarial Networks, Redes Generativas Antagónicas— mediante la cual un ordenador —red informática— se inventa una mentira e intenta convencer a otro ordenador —otra red— de que la mentira es verdad. La segunda red estudia la mentira y decide si cree que es verdad o mentira, y en que criterios se ha basado para inclinarse por una cosa u otra. Así la primera red informática va aprendiendo a mejorar la apariencia de verdad de la mentira hasta convencer a la segunda red de que su mentira es verdad.

Aunque les parezca muy complicado, de forma resumida esta técnica es la que permite que veamos la perfecta imagen de un político diciendo con su voz cosas que él nunca ha dicho, o veamos a una conocida actriz protagonizando una película porno en la que ella nunca ha intervenido. Supongo que ya han recibido alguno de estos videos indistinguibles de la realidad.

Aunque la tecnología está casi recién nacida, ya hay GAN especializadas en múltiples facetas, de indudable interés para la ciencia. Pero también las hay expertas en imitar facciones o voces, consiguiendo resultados prácticamente indistinguibles de la realidad. No es difícil imaginar lo que se puede hacer —ya se está haciendo— con esta arma, pero las suplantaciones de personas ya empiezan a ser comunes.

Nuestros sentidos pronto nos engañarán. Si antes era obligado reflexionar sobre la veracidad de lo que recibíamos y contrastar sus contenidos antes de opinar o compartirlos, ahora se hace vital. Tendremos que aprender a verificar lo que nos parecía evidente.