Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

martes, 14 de junio de 2016

6. Valor de la lectura

 


Corona de Cristo (Euphorbia milii)

    Hay un acuerdo generalizado entre los educadores sobre que la mejor herramienta para enseñar y aprender es la palabra. Y es bien conocido que ésta puede ser expresada oralmente o por escrito. Por tanto, la palabra, en sus dos formas, oral y escrita, sigue siendo la manera más efectiva de transmitir conocimiento.
    A pesar de ello la lectura —la adquisición de las palabras escritas— no goza de buena salud en nuestro medio. Y ello se plasma en el sistema educativo: los alumnos suelen ser reacios a su práctica y, con frecuencia, los profesores no son capaces de infundir ese hábito entre sus pupilos.
    No es que no se lea. Una gran parte de la población dedica buena parte de su día a la lectura: los mensajes del teléfono móvil o la consulta de internet son prácticas habituales. Pero no sabemos si estas formas de lectura contribuyen —ni en qué medida— a aumentar el conocimiento de sus practicantes.
    En los últimos años nos llegan diversas clasificaciones —una de las más conocidas es el Informe PISA— en los que se evalúan los sistemas educativos de los países. Si nos acercamos a los planes educativos de los que quedan en mejor lugar, comprobamos que la lectura ocupa un lugar preeminente en sus planes de estudio. A título de ejemplo los estudiantes japoneses empiezan leyendo una página al día de un libro de su interés y acaban en secundaria leyendo un libro por semana.
    Pero esta lectura tiene apellidos. Finlandia, Singapur y Japón, entre otros, hablan de una lectura serena y reflexiva. No se trata solo de leer, sino de entender lo que se lee y reflexionar sobre lo leído.  Se trata de leer con sosiego para, tras comprender lo leído, poder posicionarse respecto del tema tratado. Es decir, cultivar la capacidad de análisis y de decisión frente a ellos.
    No es un tema nuevo. En 612 ya decía san Isidoro de Sevilla en su obra Sentencias “Algunos tienen capacidad intelectual, pero descuidan el interés por la lectura y desprecian en su abandono cuanto pudieron aprender. Otros, por el contrario, tienen deseos de saber, pero se lo impide la torpeza de su inteligencia, los cuales, no obstante, por la lectura asidua llegan a entender aquello que los inteligentes no conocieron por desidia. El ingenio se desarrolla con el tiempo, si no por disposición natural, al menos por la constante lectura. Pues, aunque haya torpeza de juicio, la lectura frecuente acrece la inteligencia”.
    Deberíamos reflexionar sobre cuál debe ser nuestra posición —y la del sistema educativo— frente a la lectura. La imposición de su práctica parece no funcionar. Ahora que hemos aprendido que la emoción juega un papel importante en la capacidad de aprendizaje, quizás tengamos que aprender a introducir la emoción en la lectura. Aunque no parezca tarea fácil.

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