Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

miércoles, 14 de febrero de 2024

119. El oficio de sanar a lo largo de la Historia. 9

 

Clavo verde (Pittosporum Tobira)

He dejado para el final una de las terapias más curiosas que he encontrado en el repaso que les he presentado a lo largo de las últimas entradas: los polvos de momia.

Imagino que alguno de ustedes utiliza para sus manualidades un tinte, muy común, que es el Betún de Judea. Lo que ya no sé es si ustedes conocen el origen de su denominación y su relación con las momias egipcias.

Les cuento. En las orillas del Mar Muerto, en Judea, hace más de 2.000 años que los médicos griegos recogían un producto oscuro, untuoso, llamado bitumen, un derivado del petróleo, que utilizaban para tratar diversas enfermedades. Este medicamento llegó hasta la Edad Media, figurando en los anaqueles de las farmacias con el nombre de bitumen o Betún de Judea.

Su uso intensivo hizo que, por el siglo XVI, se agotara el producto en su estado natural, y como entonces no se tenía la tecnología para extraer petróleo, los boticarios de entonces se plantearon con que sustituirlo, recurriendo a diversos productos.

Suponemos que alguno de ellos llegaría al conocimiento de la existencia de las momias egipcias, cuya carne tenía un color muy parecido al producto en falta. Y convencido de que el color de las momias era debido a que los cuerpos estaban impregnados de betún, pensaron en utilizarlas como sustituto.

Ni cortos ni perezosos empezaron a utilizar momias trituradas para sustituir al escaso bitumen. No había problemas en el abastecimiento porque en Egipto aparecían decenas de miles de momias, que empezaron a ser importadas por los atrevidos boticarios. 

El polvo de momia era recetado para tratar numerosas afecciones: tos, infecciones urinarias, histeria, dolores de huesos, diarrea, dolores de cabeza e incluso epilepsia. Para colmo Paracelso, un prestigioso médico suizo del siglo XVI, dio en decir que la ingestión de polvo de momia traspasaría al que lo comiera el espíritu y la fuerza del fallecido.

Esto terminó de lanzar a este producto farmacéutico a la fama. El rey Francisco I de Francia viajaba siempre con un bote de polvos de momia y su nuera, Catalina de Médici, mandó una expedición a Egipto en busca de momias de calidad.

Pero claro, el éxito llevaba aparejado el problema. Fue tal la cantidad de polvo de momia que se consumió que las momias empezaron a escasear, de tal manera que los proveedores de momias egipcias tuvieron que buscar de nuevo alternativas. Y surgió toda una industria de embalsamamiento, de momificación, pero ya de cadáveres más cercanos. Así los comerciantes momificaron cadáveres de esclavos, ajusticiados, muertos anónimos, borrachos fallecidos en las calles y, los menos escrupulosos, incluso de animales.

Algunos médicos empezaron a criticar el uso de este producto y poco a poco las teorías de Paracelso fueron cayendo en el olvido. Ya a finales del siglo XIX, el polvo de momia desapareció de las boticas. Pero, aunque pueda parecer asombroso, todavía en la edición de 1909 del famoso Manual Merck figuraba el polvo de momia como una opción terapéutica.

Como ustedes saben y pueden ver, el mundo de la medicina no ha conocido el método científico hasta muy recientemente. Aunque los principios del método fueron definidos conceptualmente en el siglo XVII, su aplicación al campo de la medicina no se realizó hasta finales del siglo XIX, y sobre todo en el siglo XX.

Hoy sabemos que la medicina no es cuestión de fe o de creencias, sino de ciencia. Pero el ser humano es contumaz en sus errores y, en la actualidad, siguen proliferando nuevas formas de enfocar la curación de las enfermedades, ajenas a la ciencia, que traducen la necesidad que algunas personas tienen de creer, para todo, en lo sobrenatural.

2 comentarios:

  1. Muy interesante, mi querido Maestro y Sabio Kalikatres Sapientísimo. Tu discípulo, este pekeño saltamontes que suscribe reconoce no conocer esta historia, aunque sí he oido hablar del betún de Judea y del polvo de momia. Y tambien reconoce una vez más la mucha muchísima eficacia y eficiencia del efecto placebo, el maravilloso efecto placebo. Todo sea por aliviar al dolorido.

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  2. Qué interesante su lectura.Saludos desde la Siberia española.

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