Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 24 de noviembre de 2016

20. El poder de las Administraciones Públicas

 


Arbol de jade (Cotyledon orbicular)

Las administraciones públicas españolas gastan el 19% del PIB en la compra de bienes y servicios a empresas privadas. Esto ha supuesto para el conjunto de España y para el año 2015 más de 200.000 millones de euros. 

En el ejercicio legítimo de su interés, las administraciones publicas establecen las normas que deben cumplir las empresas que quieran vender sus productos y servicios a las administraciones públicas. Los concursos que se convocan exigen que las empresas cumplan determinados requisitos legales: estar dadas de alta en el registro correspondiente, estar al corriente del pago de los impuestos, no haber sido sancionadas en los años previos, etc. 

Estas exigencias, que toda empresa sabe que debe cumplir para poder contratar con las administraciones públicas, pueden —dentro de la legalidad— ser modificadas, aumentadas o disminuidas por la administración, y de hecho así ha ido ocurriendo a lo largo de los años. 

Pero hay comportamientos de algunas empresas que no se ajustan a lo que la sociedad considera justo o adecuado. Así, contrataciones temporales repetitivas del mismo trabajador, publicidad engañosa, precios y condiciones abusivas, evasión de capitales, cláusulas suelo, intereses abusivos en los préstamos, despidos de personal en plena rentabilidad de la empresa, abuso de las horas extraordinarias, discriminación de la mujer, etc., son actuaciones realizadas con frecuencia por algunas empresas, que por otro lado cumplen con la legalidad exigida por los concursos públicos.

En estos casos es legítimo preguntarse si las administraciones públicas están haciendo todo lo que pueden —dentro de la legalidad— para estimular a aquellas empresas con mayor compromiso social y desincentivar a aquellas con un comportamiento menos comprometido con el hombre. En los pliegos de condiciones de los contratos pueden —y deben— figurar aquellas condiciones sociales que deben exigirse a las empresas que quieran obtener legítimo beneficio con el dinero público.

La capacidad de contratar por valor de más de 200.000 millones de euros al año parece una razón más que suficiente para que estas administraciones amplíen las exigencias de responsabilidad social a las empresas que quieran acceder a contratos públicos. Estos criterios deben estar en consonancia con lo que se supone que la administración desea: erradicar aquellos comportamientos inadecuados —cuando no claramente ilegales—que trabajan en contra del interés general, es decir del interés de los ciudadanos. 

Esto permitiría demostrar que la acción política puede contraponerse —al menos en parte—a los poderes económicos, y no estar permanentemente subordinada a ellos.

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