Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 4 de agosto de 2016

11. Todas las opiniones no son respetables


Falso azafrán (Crocus napolitanus)
  

Con el advenimiento de la democracia se ha generalizado una afirmación que requiere precisiones. Me refiero a la que dice que “todas las opiniones son respetables”. 

La democracia consagra la libertad de expresión, y en ella se incardina esta afirmación, que se acepta como verdad absoluta, sin recordar que el propio principio en que se inspira —la libertad de expresión— encuentra límites en el ordenamiento jurídico que surge de la voluntad democrática de los pueblos. 

Este derecho fundamental garantiza que cualquiera pueda expresar sus opiniones. A nadie se le pone —ni se le debe ni puede poner— una mordaza para que no diga lo que piensa. Pero algunas de esas opiniones no son aceptables por una sociedad democrática y se sanciona su formulación. Todos tienen derecho a hablar, pero lo que dicen no siempre tiene que ser respetado por sus conciudadanos, quienes pueden recurrir a las leyes —emanadas de las instituciones democráticas— para impedir que se sigan realizando determinadas manifestaciones.

Hay numerosos ejemplos en los que la justicia ha condenado a ciudadanos por el hecho de expresar ideas que no son tolerables en democracia. Piénsese en los partidarios del racismo, de la xenofobia, del genocidio, de la pederastia, de la incitación a la violencia —por poner algunos ejemplos—que no pueden expresarse sin caer en el riesgo de ser sancionados, incluso a veces con la privación de la libertad.

La constitución garantiza la libertad de expresar las opiniones, pero no afirma que todas ellas sean respetables. Hay opiniones que no solo no son respetables, sino que son condenables, y para ello la democracia se ha dotado de instituciones tales como el parlamento —que establece mediante las leyes lo que es permisible y lo que no—, y la justicia —que se encarga de aplicar a los trasgresores las leyes que emanan del parlamento—.  

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