Jara purpúrea (Cistus purpurea)
Si atendemos al diccionario, curiosa es la persona que está inclinada a aprender lo que no conoce. Así pues la curiosidad sería la inclinación a aprender cosas que desconocemos.
Sentir curiosidad por algo puede ser un estado transitorio. Una vez satisfecha la curiosidad por ese aspecto concreto desaparece el deseo de conocer. Pero no es de esta curiosidad de la que queremos hablar hoy, sino de la curiosidad como rasgo de la personalidad, la que mantiene una permanente búsqueda de información.
En este sentido es evidente que hay personas más predispuestas a conocer cosas, a plantearse retos y a abrirse a nuevas experiencias. También los hay que no tienen la menor curiosidad, que no sienten la necesidad de implicarse en las cosas que tenemos en nuestro entorno.
La curiosidad ha sido ampliamente estudiada por los psicólogos. Según estos los beneficios de la curiosidad son numerosos. Parece que existe una relación entre la exploración de actividades nuevas y un aumento de emociones positivas y de sensaciones placenteras, afirmando algunos que facilita la lucha contra la ansiedad y la incertidumbre.
Esta cualidad como característica de la personalidad se vincula más al aprendizaje. La curiosidad por algo nos hace prestarle más atención y esto facilita que aprendamos cosas. Cuando tenemos interés por algo procesamos mejor la información que recibimos y podemos recordar lo aprendido con más facilidad.
Esta curiosidad está relacionada con el deseo de saber y de aprender y con la capacidad de resolver conflictos conceptuales. La curiosidad nos lleva a hacernos preguntas que nos incitan a marcarnos nuevos objetivos y nos ayuda a conocernos mejor. Y está demostrado que los curiosos cultivan más el pensamiento crítico, lo que los hace más flexibles y tolerantes.
Katalin Karikó, la creadora de la vacuna de ARNm contra la covid, dijo al recibir el Premio Princesa de Asturias: “Mantened la curiosidad, haceos preguntas y mantened el rumbo sin importar cuán sinuoso pueda ser el camino por delante”.
Parece pues que la ausencia de curiosidad pondría en peligro el desarrollo intelectual y el progreso social. No hay competencia humana que pueda lograrse si falta un interés mantenido.
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