Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 6 de abril de 2017

27. La banalidad del mal

 


Membrillo (Chaenomeles japonica)


En occidente, durante siglos, la moral —la ética en un sentido más amplio— se ha esforzado en hacernos conocer, y por tanto diferenciar, lo que es bueno y lo que es malo. En los sistemas educativos se especificaba lo que era el Bien y el Mal, y se instaba a los educandos a practicar el primero y rechazar el segundo.

Aunque no siempre fuera así, en general estas opciones se ofrecían claramente diferenciadas, de tal manera que para el observador fuera evidente que actuaciones eran correctas —buenas— y cuales no —malas—. El Bien se expresaba dotado de elementos que lo hicieran atractivo y el Mal se presentaba como carente de cualidades que pudieran ser apetecibles.

En los últimos años asistimos a un progresivo difuminado de los límites que separan estas dos opciones éticas. A diario los medios de comunicación nos familiarizan con las actuaciones más abyectas —violaciones, decapitaciones, etc.—, convirtiéndose estos hechos en algo cotidiano. Muchas de las opciones lúdicas —videojuegos, películas, series de televisión, etc.—se encargan de ofrecernos episodios frecuentes de todo tipo de actuaciones —robos, asesinatos, estafas, etc.— en las que los que practican el Mal no solo no sufren ninguna condena, sino que incluso resultan simpáticos y atractivos.

Esta aparente normalidad del Mal ya fue denunciada, entre otros, por la filósofa H. Arendt. Hace casi 60 años esta autora, en su libro titulado “Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal”, nos advirtió del terrible peligro de banalizar el Mal. En su trabajo explicaba cómo algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema en el que están incardinados sin reflexionar sobre la bondad o maldad de sus actos. Son personas en apariencia normales —incluso a veces con aspecto bondadoso— que son capaces de realizar los más tremendos crímenes porque así está establecido o así se les ha ordenado.

Pero no debemos confundirnos. Hemos de estar vigilantes. El Mal existe, aunque con frecuencia adopta formas en apariencia inocentes.


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