Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 9 de marzo de 2017

26. Dictacracias o Demoduras


Adelfa (Nerium oleander)

En lo que denominamos Occidente entendemos que las formas de gobernarse los pueblos son básicamente dos: democracia y dictadura. Y aceptamos que estos son conceptos antitéticos. La democracia es la forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos, que lo hacen bien directamente, bien por medio de sus representantes. En las sociedades democráticas la soberanía reside en el pueblo, sus miembros pueden y deben participar en la toma de decisiones y en ellas hay igualdad en los derechos, cuya relación sería largo enumerar aquí. Por el contrario, dictadura es el régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales.

La democracia se hace efectiva a través de una serie de acciones, que adoptan unas determinadas formas. Así se realizan elecciones para elegir a los gobernantes, se constituyen parlamentos que controlan la acción gubernamental, los ciudadanos pueden ejercer sus derechos en libertad, etc. El fundamento democrático —ejercicio del poder por los ciudadanos— se expresa en actos formales, que son su soporte. En democracia, las pulsiones de los gobernantes por controlar a los ciudadanos tienen el oportuno contrapeso en las actuaciones de estos para la defensa de su libertad.

En las últimas décadas han aparecido numerosos regímenes —Rusia, Turquía, Venezuela, Irán, por citar solo a algunos— que adoptan la forma democrática, pero cuyo comportamiento no se ajusta al fundamento democrático. Se mantienen determinadas formas —elecciones, parlamentos, etc.— pero se altera gravemente el ejercicio de la libertad de los ciudadanos para gobernarse. Así, se coarta la libertad de prensa y expresión, se encarcela a opositores —cuando no se les elimina físicamente—, se amañan elecciones, etc. Son estados cuyos políticos —que siguen ganando elecciones— mantienen la ficción de la democracia, pero han manipulado de tal manera el juego que el adversario nunca puede ganar. 

Esto puede confundir a algunos ciudadanos. Estos países no son democracias, a pesar de que mantengan parte de las formas democráticas. El poder real no lo ostentan sus ciudadanos, fundamento del sistema democrático. Son dictacracias o demoduras, pero no democracias.

Es difícil explicar por qué los votantes de esos países continúan eligiendo a políticos cuyas actuaciones merman sus posibilidades de gobernarse por sí mismos. Quizás la clave esté en que —cada vez más— el voto lo dirige la emoción y no la razón. Es lo que persigue la posverdad que comentábamos en anterior artículo. 

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