Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 23 de febrero de 2017

25. Intimidad y privacidad


Anemona arbustiva (Carpenteria Californica)

Intimidad hace referencia a un espacio espiritual de la persona que está reservada a ella sola. Privacidad nos habla de aquel ámbito de la vida privada que se tiene derecho a proteger de cualquier intromisión. O sea, dos esferas marcadas por su pertenencia al individuo y a nadie más, que deben ser preservadas y defendidas de posibles invasiones o violaciones.

Durante siglos, la inmensa mayoría de los seres humanos aspiraron a que estas esferas fueran respetadas, pero no lo pudieron conseguir. Los poderosos de cualquier laya o condición —señores, gobernantes, reyes, etc. —se sentían con el derecho de violar estos espacios, impidiendo a las personas preservarlos.

No ha sido hasta el siglo XX que el derecho a la intimidad y privacidad fue reconocido en las leyes. Esto facilitó un lento y progresivo proceso que permitió que aquellos que lo querían pudieran preservar estos ámbitos de su persona. La inviolabilidad del domicilio y de la correspondencia, la preservación del honor y el respeto a la intimidad y privacidad se convirtieron en derechos, y aquel que los violaba era considerado delincuente.

En los últimos años estos derechos han ido siendo cedidos progresivamente, muchas veces de forma voluntaria, por las personas. Primero fueron los famosos, que, en aras de su fama, aceptaron perder parcelas de su intimidad y privacidad. Más tarde se sumaron gentes normales, que aspiraban a sus 10 minutos de gloria y acudían a las televisiones a contar sus interioridades.

Ya en este siglo llegó la eclosión digital: teléfonos inteligentes, redes sociales y todo un universo alrededor de la tecnología que nos ha facilitado enormemente la existencia. Ante estos avances, de una forma inocente o por la aceptación de lo que creemos inevitable, hemos ido cediendo —cedemos a cada clic— de forma masiva parcelas cada vez más amplias de nuestra intimidad y privacidad. 

Las compañías de telefonía, los fabricantes de aplicaciones, las redes sociales, etc., saben cada vez más de nosotros, sin que seamos plenamente conscientes de ello. Hay una gran avidez por parte de todos en conocer de nosotros cuantos más datos mejor.

Las empresas quieren saber —y lo consiguen en gran medida— quiénes somos, donde vivimos, cómo nos encontramos, a donde vamos y con quien salimos, cuales son nuestros hábitos, cuanto gastamos y en qué, cuales son nuestros conocidos y un largo etcétera que haría esta lista interminable. Y nosotros, sin que con frecuencia sea estrictamente necesario para poder usar el servicio que necesitamos, permitimos que las aplicaciones accedan a toda la información que quieran —es tan rápido y cómodo el clic aceptador—, sin sopesar antes la necesidad o no de proporcionar esos datos.

Han sido siglos de lucha para conseguir preservar nuestra intimidad y privacidad, y ahora estos derechos se nos escurren entre los dedos cada vez que clicamos en permitir o en me gusta. Para este viaje no se necesitaban aquellas alforjas.  

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