Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 2 de noviembre de 2017

34. Persuasion en política

 


Amapola (Papaver unbonatum)


Una de las actividades más importantes de los que se dedican a la política es intentar convencer a los ciudadanos —persuadirlos— de que él y su programa de actuación son las mejores opciones y que, por lo tanto, merecen su voto.

Tradicionalmente, y de acuerdo con la ciencia de la retórica aristotélica, la persuasión se basaba en tres pilares: la autoridad moral del que hablaba (el ethos); las evidencias que constituían el sustento material de los argumentos que se exponían (el logos), y el pathos, que era la emoción que se daba al discurso para llegar a los sentimientos de la audiencia.

Hasta no hace mucho los políticos, para persuadir a sus conciudadanos, solían hacer uso de estos tres pilares, que existían en mayor o menor medida en éllos y en su discurso, con los que pretendían ganar el favor de los votantes.

En los tiempos que corren estos pilares han sido ampliamente subvertidos, suprimiendo unos y potenciando otros. Los que hablan, con frecuencia, carecen de autoridad moral para hacerlo: están sujetos a la sospecha de actividades ilícitas o claramente implicados en ellas. La evidencia ha sido sustituida en numerosas ocasiones por mentiras —postverdad la llaman algunos, fakenews otros— que se propagan por los modernos sistemas de comunicación con tal rapidez e intensidad que se hace difícil diferenciarlas de la verdad. El recurso a las emociones, al pathos, que aparece en último lugar como refuerzo de los dos primeros pilares, se ha convertido en la única fuente de legitimidad.

En toda Europa ganan terreno los populismos, los que no se basan en el ethos ni en el logos, sino solo en el sentimiento, en la emoción, en el pathos. Los ciudadanos están más predispuestos a la pasión que al análisis, y aceptan entusiasmados las mentiras que les cuentan. Abrazan emocionados las promesas que saben que no es posible cumplir, o que en caso de que se cumplan acarrearán males mayores que los que se trata de corregir.

Adquirir autoridad moral es difícil, y mantenerla aún más. Utilizar argumentos sólidos, basados en la verdad, es cada vez más escaso y —al parecer— innecesario. Parece que la actividad política va a quedar reducida solo a estimular emociones. Y éstas, si bien son necesarias, constituyen la faceta más manipulable del proceso de persuasión. 


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