Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

lunes, 20 de noviembre de 2017

35. Navidad en el siglo XXI


Crepúsculo 

La Navidad es una fiesta típicamente cristiana que se ha venido celebrando en los países occidentales desde hace varios siglos. Los historiadores nos informan de que había una fiesta pagana por esas fechas, que la Iglesia sacralizó convirtiéndola en la conmemoración del nacimiento de Jesucristo, que para las concepciones cristianas es el hijo de Dios.

La conmemoración tuvo siempre un doble componente. Por un lado, había actos religiosos vinculados a la fecha, y por otro se celebraba una fiesta, primero privada —familiar—, y luego pública, de formato diverso según los países, pero siempre de claro contenido lúdico

En Occidente, el aspecto religioso de la celebración ha ido perdiendo peso a favor del componente festivo. Parece evidente que el mundo occidental viene experimentando un lento proceso de laicización, donde el significado original de la Navidad se va diluyendo, cuando no deliberadamente ignorando.

A la par que se produce este proceso, y fruto de la globalización, algunos pueblos de otras culturas —chinos, japoneses, algunos países africanos, por no mencionar más que algunos—están incorporando la fiesta de la Navidad, aunque sin el componente religioso que lo sustenta. Así, en estos días, muchas de sus calles se adornan con luces, se hacen regalos, e incluso incorporan al aséptico —y publicitario—señor de rojo llamado Papá Noel.

Nuestro país no es ajeno a este proceso. A la inercia secularizadora —pasiva—, se ha unido en los últimos años un activo proceso por parte de algunas instancias. Centros en los que no se autoriza a montar un belén, ayuntamientos que ya no instalan portales, sustitución de las imágenes alegóricas en los adornos navideños por motivos geométricos, etc., son algunas muestras de esta tendencia. Incluso hay algún movimiento ciudadano que directamente propone cambiar el nombre a la festividad y sustituirla por otro laico, tal como Fiesta del Solsticio de Invierno.

No sabemos cómo esta aparente contradicción —celebrar el nacimiento de Jesús sin Jesús— acabará resolviéndose. La tendencia es al sincretismo. Probablemente Navidad sin Natividad será la propuesta ganadora. 

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