Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

domingo, 19 de febrero de 2023

103. Empatía y acción política

 


Liciantes (Lycianthes rantonneti)

Tradicionalmente se hablaba de simpatía cuando queríamos referirnos a una cualidad que debía adornar a un líder político. Con esa palabra se hacía mención a su forma de ser, a su carácter, que lo hacían atractivo o agradable a los demás. De un tiempo a esta parte se les pide también, y sobre todo, que sean empáticos, que tengan empatía. Este vocablo, de reciente aparición en el lenguaje común, hace referencia a la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos. Como se ve, ambos conceptos hacen mención a emociones del individuo.

Aunque ambas cualidades tienen una valoración positiva por la ciudadanía, es difícil encontrarlas en una persona que se dedica a la política. Un político puede ser simpático, pero no para todo el mundo. Si pretende caer bien a todos, acabará viéndosele el plumero. Otro tanto podemos decir de la empatía. Si el político pretende ser empático corre el riesgo de acabar pareciéndose más al otro que a sí mismo. Casi sin darse cuenta, el político empático puede terminar siendo un demagogo, ya que, poniéndose en lugar de todos los otros acabará defraudándolos. Al querer ser querido por todos, el líder empático se instala en la inacción. No es posible conformar a todos.

Esto es especialmente evidente en el momento actual, donde las redes sociales condicionan el quehacer político. Tuitear mensajes que den satisfacción a todos no es posible. Los usuarios de ellas se identifican más con lo que es masivo —viral se llama ahora— que con lo que pueda ser racional. Ya hemos escrito en anterior artículo que la verdad no es una víctima colateral del debate en las redes, sino que acabar con ella es un objetivo predeterminado en numerosas ocasiones.

Hasta no hace mucho los discursos políticos pretendían transmitir poder de convicción. Mensajes dirigidos a reforzar a los convencidos y a conseguir una posibilidad de persuadir a los no convencidos. Ahora, con la exigencia de empatía, los mensajes van dirigidos solo a satisfacer los deseos de los oyentes o lectores, no a compartir la idea del bien común. 

En una sociedad cada vez más liquida —en el sentido de Zygmunt Bauman— ya casi no se habla de líderes, de carisma, de convicciones, de principios. Se está produciendo una cierta atomización de las opiniones —y por tanto de las opciones— políticas, lo que unido a la abundantísima información de las redes, está condicionando que la ciudadanía se manifieste de una forma mucho más volátil, eligiendo con frecuencia  a sus candidatos en el último momento.

En esta situación los que se dedican a la cosa pública corren el riesgo de desdibujarse y que sus propuestas cambien de un día para otro en función de la oleada de mensajes que circulen por las redes en ese momento.

1 comentario:

  1. Buena reflexión. Corremos el riesgo de supeditar los principios y los valores a las corrientes de opinión, manipulables como bien se sabe

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