Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

sábado, 26 de enero de 2019

54. El camino a la oclocracia


Espino albar o Majuelo (Crataegus monogyna)

En un articulo anterior decíamos que la democracia —gobierno del pueblo—puede degenerar en oclocracia —gobierno de la muchedumbre—. Y que pueblo y muchedumbre no eran la misma cosa. Pueblo sería el conjunto de ciudadanos que queda simplificado en una unidad, como cuerpo único con voluntad única. mientras que el concepto de muchedumbre —masa, multitud— no participa de esa unidad y mantiene su naturaleza múltiple.

También apuntábamos el posible mecanismo por el que la voluntad libre e informada expresada por el pueblo podría convertirse en oclocracia, es decir, cuando se desnaturaliza la voluntad general y ésta se convierte en la expresión masiva de la voluntad de unos pocos y no de la población general.

¿Y cual es este mecanismo? Utilizando la demagogia, o sea, mediante el «empleo de halagos, falsas promesas que son populares pero difíciles de cumplir y otros procedimientos similares para convencer al pueblo y convertirlo en instrumento de la propia ambición política».

La demagogia sólo tiene en cuenta de una forma superficial y burda los reales intereses del país. Para los demagogos la conquista del poder está dirigida al mantenimiento de un poder personal o de grupo, y para ello se apela a emociones irracionales mediante estrategias como la promoción de discriminaciones, fanatismos y sentimientos nacionalistas exacerbados; el fomento de miedos e inquietudes irracionales; a la creación de deseos injustificados o inalcanzables. Se busca conseguir el apoyo popular mediante el uso de la oratoria, la retórica y el control de la población. Y para ello es fundamental apropiarse —servirse—de los medios de comunicación y de los servicios de educación con el fin de utilizar la desinformación como sustento de sus propuestas. Se empieza cuestionando la legalidad de las leyes y después se pasa a la no aceptación de aquellas que no convienen a los intereses de los demagogos —al pueblo dicen los que detentan el poder— para alcanzar la oclocracia.

Desde Rousseau, ilustres pensadores han informado sobre este permanente peligro para la democracia popular. Nos han señalado el interés de los oclócratas que ejercen el poder para hacer degenerar la democracia en oclocracia, con el objetivo de mantener su poder de forma inmoral, buscando una falsa legitimidad en el sector más ignorante de la sociedad, hacia el cual vuelcan todos sus esfuerzos propagandísticos y manipuladores.

No será porque no nos han advertido. 

 

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