Cresta de gallo (Celosía argentea)
En el último tercio del siglo XX, y después de un largo recorrido, para las sociedades occidentales la posibilidad de expresarse con libertad en cualquiera de los campos del saber humano se mostró como irrenunciable. La libertad de expresión se convirtió en un bien indiscutible y la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos estuvieron de acuerdo con ello y, como corolario, en contra de cualquier tipo de censura.
Se deseaba poder debatir en libertad todas las ideas y posiciones, utilizando para ello argumentos surgidos de la razón y no de los sentimientos. El acuerdo social sobre la necesidad de la libertad de expresión era tan fuerte que unos y otros se lanzaron a exponer con palabras o con signos lo que pensaban o sentían: políticos, escritores, intelectuales y artistas compitieron en ello, llegando algunos a forzar los limites, convencidos de que incluso lo menos ortodoxo debía expresarse, ya que ello favorecería la tolerancia —y por tanto la convivencia de la sociedad— aunque para algunos pudiera ser molesto u ofensivo.
El tiempo ha pasado y han surgido algunas personas y grupos que han declarado su enfado por determinadas opiniones o hechos. Reclaman su derecho a indignarse ante ello, y piden que se limite el derecho de esos otros a expresarse, cuando lo que revelen sea ofensivo para ellos. Es decir, que determinados contenidos no puedan exteriorizarse. O sea, que se establezca algún tipo de censura para impedir la publicidad de estos.
En algunas instituciones de occidente ya se han puesto en marcha medidas para limitar el derecho a la libertad de expresión. Aunque no son muy frecuentes, sirva de muestra el hecho de que en algunos colegios de Estados Unidos no se pueden explicar determinados temas —la Teoría de la Evolución de Darwin, por ejemplo— aunque ésta esté generalmente aceptada por la ciencia.
En el momento actual tenemos en la sociedad posiciones enfrentadas frente a estos hechos. Los que exponen sus razones para no limitar la libertad de expresión, y aquellos que se siente indignados o dolidos por la expresión publica de determinados contenidos. Ante esto ¿que debemos hacer?
En estos tiempo convulsos que estamos viviendo, donde los medios —y especialmente las redes sociales—, están llenos de tensión, indignación y, a veces, ira, se hace imperativo volver a defender el uso de los argumentos frente a la fuerza de la indignación.
Este nuevo formato de blog, me resulta también muy fácil de acceder a él y poder disfrutar de todos los pensamientos que nos proporciona el autor y que nos hacen reflexionar en muchos aspectos, que yo considero muy interesantes.
ResponderEliminarDoy las gracias al autor por esta dedicación altruista, que nos permite profundizar en muchos aspectos cotidianos, pero que nos están transformando sin darnos cuenta, nuestra vida actual
Cpletsmente de acuerdo con la libertad de expresión bien argumentada,pero no cuando insulta a una persona o 8nstutucion por no estar de acuerdo con ella.
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