Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

jueves, 24 de octubre de 2019

62. Revolución digital


 Zanahoria silvestre (Daucus carota)

En el cambio del siglo XVIII al XIX, con la Revolución Industrial y la progresiva mecanización, los ciudadanos contemplaron asombrados como las máquinas comenzaban a desplazar a las personas de sus puestos de trabajo. Este fenómeno fue vivido por algunos como un camino negativo de la civilización, llegando unos pocos a organizarse violentamente contra lo que consideraban un retroceso de la humanidad.

Otros, conscientes de la inutilidad de tal lucha, propugnaron una Revolución Cultural simultánea que, dotando de mayor educación al hombre, permitiera un mejor encaje de estos cambios, sin que el ser humano resultara marginado.

En la actualidad estamos en otra revolución, la Revolución Digital, ante la que de nuevo han surgido temores sobre la posibilidad de que el ser humano sea sustituido —una vez más— por la maquina y, al final, no haya trabajo para la mayoría.

Si hemos de hacer caso a los sesudos analistas del futuro —si es que este análisis es posible o fiable— esto no ocurrirá, ya que las nuevas tecnologías traerán nuevas necesidades y con ello nuevas ocupaciones, por lo que el ser humano no debe preocuparse por su mañana laboral.

Pero la Revolución Digital no tiene solo esta perspectiva. De nuevo se plantea cual va a ser el lugar del hombre en este proceso. Algunos piensan —y quizás tengan parte de razón— que la llegada de los ordenadores ha hecho a la humanidad entera prisionera de sus redes, ha conseguido que la ciudadanía piense, opine, se exprese y actúe dentro del marco que establecen las máquinas.

Las redes sociales empezaron describiendo la vida real, pero su enorme desarrollo las ha convertido en las directoras de la vida, de tal manera que son ellas las que alimentan la realidad con sus modos, sus formas o sus tics. Pareciera que son los ordenadores —los llamados teléfonos inteligentes no son más que ordenadores— los que nos indicaran qué pensar y a qué parcela de toda la información que circula por la red nos está permitido acceder. Leemos, opinamos y distribuimos la supuesta información que nos llega por las redes sociales, ocupándonos casi exclusivamente de aquello que nos llega, olvidando con frecuencia otros temas que, quizás, serían de mayor interés para nosotros.

Y todo esto lo vivimos con una desenvuelta normalidad. Nos parece lo mas natural del mundo que sean las maquinas las que nos marquen qué leer, sobre qué opinar o de qué ocuparnos.


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