Aunque en puridad anomia es ausencia de leyes, aquí nos vamos a referir más a la segunda acepción, o sea al conjunto de situaciones que se derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación.
Está generalmente aceptado que, al contrario de las sociedades centroeuropeas y nórdicas, los pueblos latinos —entre los que nos encontramos— son poco proclives al respeto de las normas. De hecho, se dice —jocosamente— que si Arquímedes hubiese vivido en estos países y en nuestros días hubiese formulado su famosa frase de la siguiente manera: “dadme una norma y yo os diré como esquivarla”.
Los individuos tenemos hábitos o costumbres, y como tales deben ser respetados, siempre y cuando no afecten a los de los otros individuos. Pero las sociedades tienen normas, y éstas deben ser respetadas por el conjunto de los integrantes de éstas. No se trata de sugerencias o deseos, sino de reglas de obligado cumplimiento, de tal manera que —una vez aprobadas— la comunidad se dota de instrumentos para forzar a los ciudadanos a cumplirlas y, en su caso, sancionar a los incumplidores.
Durante la dictadura, esta tendencia al incumplimiento de las normas encontraba su justificación en que éstas no habían emanado de la sociedad, sino que habían sido impuestas por un poder dictatorial y eran ajenas a la voluntad de los ciudadanos. Así se establecía la ilegitimidad de origen de la norma y los individuos se sentían autorizados a incumplirla.
Pero la dictadura finalizó hace mas de 40 años y desde entonces disfrutamos de una democracia que, a pesar de sus imperfecciones, está entre las de mayor calidad democrática del mundo. Desde hace muchos años, las normas se elaboran por administraciones democráticamente elegidas, y existen cauces legítimos para modificar aquellas que parezcan injustas o inadecuadas a los ciudadanos.
A pesar de ello, sigue existiendo entre nosotros una marcada tendencia a incumplirlas. Tanto en el ámbito político como en el social hay una cierta tendencia a la anomia: parlamentos que no respetan las leyes, administraciones que ignoran sus propias reglamentaciones y —cómo no— personas que solo se sienten obligados si la norma encaja con lo que él —individualmente— entiende como justo o adecuado.
La vida en sociedad nos condiciona a todos. La convivencia se basa en la confianza en que cada uno hará lo que debe hacer, con arreglo a las reglas que entre todos nos hemos dado. Lo contrario, el no respeto de las pautas de convivencia, dificulta —si no imposibilita— la normal coexistencia.

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