Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

sábado, 20 de octubre de 2018

50. Inteligencia ejecutiva


 Arbol del pica-pica (Lagunaria patersonia)

El autor de la teoría de las inteligencias —Howard Gardner— establece que hay doce tipos de inteligencia y, a pesar de su amplitud, no menciona entre ellas la que podemos denominar inteligencia ejecutiva, la que interviene en la toma de decisiones. Pero parece evidente que a la hora de decidir la inteligencia debe jugar un papel, ya que unas decisiones son acertadas y otras no.

La toma de decisiones es un asunto muy serio, que es motivo de numerosos estudios por parte de psicólogos, neurólogos y sociólogos y constituye el objeto de incontables cursos. Se trata de averiguar cuales son las razones que nos mueven a hacer una cosa u otra, con objeto de encontrar el mejor método para tomar la decisión adecuada.

Se sabe ya que a la hora de elegir actúan dos tipos de fuerzas, aparentemente contrapuestas. Por un lado, están las que podríamos llamar racionales, que se basan en los hechos y en las probabilidades, facetas aparentemente objetivables. Por otra parte, están las fuerzas llamadas no racionales, que tienen en cuenta aspectos peor conocidos y difíciles de analizar como son las emociones, la intuición, el miedo o el deseo, condiciones estas de difícil medida y control.

Dada la existencia de estas dos fuerzas, la ciencia se emplea a fondo en ver como interactúan, y de qué manera nuestra inteligencia actúa para solucionar las claras contradicciones que a veces se suscitan entre lo racional y lo emotivo o intuitivo. Además, el análisis de las diferentes variables, racionales o no racionales, se basa en la medida de grados: poco, regular, mucho, etc. Pero al final tenemos que optar entre una u otra opción, es decir todos los grados se han de transformar en dos: si o no.

Según el filósofo José Antonio Marina de esto se ocupa la llamada inteligencia ejecutiva, que es la encargada de combinar toda la información disponible —racional o irracional— para tomar la mejor decisión, encaminada a conseguir la máxima satisfacción y felicidad. Según el autor la inteligencia ejecutiva no separa argumentos racionales e irracionales. La memoria, los recuerdos, los hechos y las probabilidades adquieren tanto peso como la imaginación, el deseo o el miedo. Todos estos elementos permiten entrever un posible futuro que es el que desencadena una decisión determinada. 

Otros autores opinan que la razón actúa como un filtro. Según éstos, utilizaríamos la lógica para descartar las peores alternativas y seleccionar unas pocas entre las que finalmente tomar una decisión. Así, la decisión final no la tomaría la razón sino la emoción, la intuición. 

De una u otra forma parece ser que las decisiones no se toman solo con la cabeza —la razón—, sino también con el corazón — las emociones, los sentimientos—. Quizás por ello tienen tanto éxito los populismos de toda laya que proliferan en nuestros días.


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