Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

sábado, 7 de abril de 2018

42. Hedonismo


 Barba de viejo (Urospermum picroides)

Se puede definir el hedonismo como una doctrina moral —una teoría— que establece el placer como fin y fundamento de la vida. Según ella la actitud vital adecuada sería aquella basada en la tendencia a la búsqueda del placer y el bienestar en todos los ámbitos de la vida.

Como todas las definiciones, ésta también adolece de una cierta simplicidad. Habría que perfilar algunos de los conceptos que se vierten en ella, especialmente lo que entendemos por placer.

Aunque la mayoría de los humanos tenemos vinculada la palabra placer al placer sensual-sexual, la teoría de la que hablamos le da un significado más amplio: para ella el placer consistiría en la satisfacción de nuestros deseos.

Ahora bien, estos deseos pueden ser básicamente de dos tipos:  el placer sensible, físico o inferior, y el placer espiritual, o superior. Por otro lado, los deseos pueden ser de índole individual —la búsqueda del placer personal— o de tipo colectivo — el placer, el bienestar y la utilidad social—. Este afinar en los conceptos ha dado lugar a diferentes corrientes dentro de esta teoría.

Esta doctrina, que tiene más de 2.000 años de antigüedad, fue muy denostada en el pasado. Tanto para la religión —venimos a un valle de lágrimas— como para la sociedad —la vida debe estar basada en el sacrificio— la búsqueda del placer era criticada y el término hedonista tenia connotaciones negativas.

En los últimos años han surgido corrientes en la psicología social que han insistido en lo contrario. Propugnan que debemos disfrutar de la vida, y que todos los placeres deben ser satisfechos, teniendo como único límite el respeto a los demás. Los deseos deben ser saciados sin restricciones que coarten nuestro derecho a ser felices.

Esta vinculación —satisfacción de los deseos igual a felicidad— ha arraigado en todas las facetas de la vida. Cuando no se tiene algo se lo desea y se está convencido de que la consecución de lo deseado aumentará el nivel de felicidad. Y esto será así en la mayoría de los casos, y durante todo el tiempo.

Sin embargo, la misma corriente psicológica que impulsa a poner en práctica esta teoría —el hedonismo— aclara que esto tiene sus limites. Que la permanente satisfacción de los deseos no necesariamente incrementa de forma estable la felicidad. Es lo que han dado en llamar “principio de adaptación hedónica”. Pero esta aparente contradicción será objeto de otro artículo.

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