Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

domingo, 11 de marzo de 2018

41. Medicina y Medicinas


 Bandera española (Kniphofia uvaria)

De forma simplificada entendemos como medicina al conjunto de conocimientos y técnicas aplicados a la predicción, prevención, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades humanas y, en su caso, a la rehabilitación de las secuelas que puedan producir.

La Medicina como práctica tiene decenas de siglos de antigüedad, pero en el pasado su base era muy débil cuando no inexistente, por lo que la práctica médica era con frecuencia ineficaz, si no dañina. 

En los últimos 100 años la Medicina ha incorporado a su quehacer el método científico, de tal modo que en la actualidad la práctica médica se realiza con una evidencia científica que la avala. Es decir, cuando la acción propuesta por la Medicina ha demostrado, mediante ensayos clínicos controlados, que la actuación en cuestión es mejor que nada o que otras alternativas disponibles. Y estos ensayos cuestan decenas de millones de euros.

 Este mismo método —el método científico— nos ha enseñado que la gran mayoría de las afecciones que sufre el ser humano —casi el 80%— son limitadas en el tiempo y se curan solas. Por otro lado, nos ha demostrado que cualquier producto que se use para una afección —si tiene la apariencia formal de una medicina— produce una mejoría en el 10% de los que lo toman, lo que se denomina efecto placebo.

Pero la llegada de la ciencia a la Medicina no ha acabado con procedimientos que no cuentan con respaldo científico y que están basados en la credulidad —en la fe—  de los ciudadanos. En las últimas décadas del pasado siglo han florecido apellidos para la Medicina, que nunca le hicieron falta: así, medicina homeopática, medicina alternativa, medicina herbal, medicina orgánica, medicina granular, etc.

Para reafirmarse en su concepción, estas medicinas con apellido han pretendido endosar a la Medicina apellidos, para equipararla a ellas. Así utilizan añadidos como alopática, orgánica, biológica, etc., apellidos que nada expresan ni son necesarios.

La Medicina ha demostrado que no necesita apellidos. La ciencia ha ratificado sus prácticas. Dejemos los añadidos para aquellos que aún tienen que demostrar su eficacia real con el único método válido en la actualidad: el científico.


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