Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

martes, 9 de marzo de 2021

75. Adios a la propiedad

 


Arvejon (Lathyrus clymenum)


En los últimos años estamos observando que los hábitos de consumo de la sociedad están cambiando. Incluso en España, país en que la cultura imperante era la basada en la propiedad, las nuevas formas están penetrando a un ritmo acelerado.


En todos los sectores de edad, pero especialmente entre los mas jóvenes, se está imponiendo el tenerlo todo y no poseer nada. Las cosas ahora ya no se compran ni se guardan en casa: se alquilan. Es como si la acumulación de propiedades —para un sector creciente de la población— ya no sea un símbolo de éxito.


Esta afirmación, que puede parecer exagerada, es una realidad que se va imponiendo progresivamente. La irrupción de las plataformas digitales está cambiando el modo de acceder a multitud de bienes y servicios, y una cantidad progresivamente creciente de personas en todo el mundo practican el alquiler, suscripción o pago por acceso para poder utilizarlos.


No sabemos si esto está ocurriendo por un menor interés en la propiedad, por una mayor conciencia medio ambiental — apuesta por la economía circular, el reciclaje y la reutilización — o es debido a la necesidad, dadas las precarias condiciones económicas que una gran parte de la población padece.


En la actualidad se alquilan sobre todo viviendas y coches. Pero el fenómeno se ha extendido a más productos y servicios: ropa, oficinas, licencias de software, música, libros, herramientas de bricolaje, muebles y electrodomésticos, motos, patinetes, piscinas, terrazas, trasteros o joyas. Todo lo que podamos imaginar se puede alquilar o usar mediante una suscripción; y si aún no están disponibles, lo estarán muy pronto.


Aunque, como ya hemos dicho, la mayoría de los usuarios de esta nueva economía son los jóvenes, poco a poco la van utilizando personas de más edad. Una demostración de ello es que —en nuestro país— en los últimos tres años estas transacciones han crecido un 466%, pasando de suponer el 0,3% del PIB en 2017 al 1,4% en 2020.


Esta tendencia de convertir productos en servicios parece irreversible. Pero este cambio afecta de modo importante al modelo económico en el que nos movemos. El paso del comprar, usar y tirar, al usar mediante un alquiler tiene —según los expertos— un carácter deflacionista y puede precarizar —aún más— el mercado laboral. Y en este contexto, las empresas tradicionales tienen que hacer un enorme esfuerzo para adaptarse rápidamente a estas nuevas formas de consumo, lo que no siempre va a ser posible.


En esta nueva situación, los gobiernos deben apresurarse a regular en profundidad esta nueva economía para preservar los derechos de los ciudadanos, cuyo bienestar es la responsabilidad última de la política.

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