Presentación


Durante siglos, la frontera móvil que existió entre cristianos y musulmanes en la península ibérica, hasta la salida de estos últimos en 1492, estuvo poblada de personajes singulares, conformados en función del hecho fronterizo. Uno de estos personajes fue el Alfaqueque. Su existencia se remonta al siglo XIII, y su perfil inicial figura referido ya en los textos de Alfonso X como hombres de honor, conocedores de la lengua arábiga, cuya misión básica era rescatar a los cristianos esclavos de los musulmanes. Entre sus cualidades se exigían ser verídicos, desinteresados, instruidos y expertos con la lengua árabe, humanos y benévolos, valientes, así como tener algún patrimonio que garantizara su independencia y honradez. Este empleo era electivo en junta de doce hombres buenos. Los Alfaqueques, respetados por cristianos y musulmanes, tenían paso libre a un lado y otro de la frontera dado que su labor permitía mantener un mínimo de comunicación entre los dos bandos, incluso en las circunstancias más difíciles. Estos trujamanes solucionaban numerosos problemas que surgían en la peculiar convivencia que provocaba una frontera que, en la mayoría de los casos, no tenía respaldo físico. Fueron los representantes, en un sitio y época determinada, de una figura necesaria e imperecedera: el negociador discreto que permite el encuentro entre posiciones aparentemente irreconciliables. En los tiempos que corren la presencia de los Alfaqueques se hace especialmente necesaria.

sábado, 7 de diciembre de 2019

65. La España vacía I


Scabiosa cinerea  (Scabiosa cynerea)

En los últimos meses hay numerosas actividades en torno a lo que se ha dado en llamar la “España vaciada”. Se hace mención, sobre todo, a los ya muy numerosos pueblos que, especialmente en la meseta, pero no exclusivamente, se están quedando sin habitantes.

Las acciones pretenden motivar a las administraciones públicas para que inicien actuaciones que favorezcan la permanencia de las gentes en sus pueblos de origen y no emigren a ciudades más importantes de la zona o de la periferia del país.

Vaciar es dejar vacío algo. El verbo sugiere un cierto componente exterior a lo vaciado. Es como si ese algo no se vaciara a sí mismo o por si mismo, sino que algo o alguien lo vaciara. Como si un agente externo provocara el vacío. Y así es cuando nos referimos a objetos.

Pero un pueblo no es un objeto, sino algo mucho más complejo. Por ello el verbo vaciar —salvo que medie la violencia— es difícilmente aplicable a un pueblo. En circunstancias normales, en la disminución de la población de un lugar no podemos hablar de ningún agente externo que lo vacíe. El lugar se queda vacío porque sus gentes se marchan, no porque nadie los saque de allí. Por tanto, quizás fuera más oportuno hablar de la España despoblada y no vaciada o vacía.

Sirvan estas disquisiciones para plantear un serio problema de difícil solución. El fenómeno de la despoblación ha sido bien estudiado, y son muchas y variadas las razones por las que las gentes dejan su lugar de origen. La falta de expectativas laborales, la carencia de escuelas, de servicios sociales y sanitarios, etc. se mencionan entre los más comunes y significativos. 

El fenómeno de la despoblación no es nuevo, se ha dado de forma permanente a lo largo de la historia. Dejando la guerra aparte —la terrible desplazadora—, cuando las circunstancias sociales y, sobre todo, económicas han cambiado, las gentes se han movido en busca de mejores expectativas para su vida. Y el éxodo siempre ha empezado por los jóvenes, los que más esperan ganar con el cambio y menor arraigo tienen.

La despoblación de estos lugares de España había comenzado hace muchos años, pero el fenómeno se ha agudizado en los últimos 20-30 años, de forma tal que en la actualidad el 59% —casi el 60%— de los 8.115 municipios españoles tienen menos de 1.000 habitantes, el 46,8% menos de 500 y el 12,8% menos de 100 habitantes.

¿Es posible detener este proceso? Invitamos al lector a reflexionar sobre ello.

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